La princesa de jade (el decimonoveno capítulo)

Hola, maestro. Para ser honesto contigo, me alegra que estemos llegando al final de la historia sobre mi último episodio con el cristal. Hay otras cosas más importantes que discutir y ya estoy cansado del tema. Espero que este correo sea corto. Creo que lo último que te conté fue cómo me escapé de aquella camioneta, gracias a que había un semáforo en rojo y a que mi chofer decidió pasar de las reglas por un segundo. Ella no me persiguió. Simplemente empecé a caminar en otra dirección y, cuando el semáforo se puso en verde, se alejó completamente de mi vida. Creo que al final admitió que su postura de “cumplimiento del deber” era ridícula. Probablemente convino en que sería peligroso depositarme enfrente de una casa cuya puerta estaba cerrada; pero ahora al menos podía decirles a sus jefes que me había escapado en una gasolinería o que simplemente me había recibido la mujer “más feliz del mundo”, mi madre, con los brazos abiertos.

Pero estaba ahí yo. Tirado en una esquina cualquiera de Scottsdale del Norte con un teléfono muerto, una tarjeta de crédito y un enorme caso de psicosis. Empecé a caminar. No sabía exactamente en dónde estaba. Como había dormido mucho en la institución donde me alojé, mi mente había sanado un poco; pero todavía tenía dificultades para razonar. Sin embargo, ya que en Scottsdale Central — durante mi primera excursión a Drogalandia — había estado buscando un cargador, esta vez, naturalmente, me encontraba haciendo lo mismo.

Pero esta vez mi cuerpo mostraba muchos más síntomas de ansiedad. Sudaba mucho y aunque es verdad que Arizona está en el desierto, ¡era noviembre! Normalmente ningún hijo de puta suda en Arizona en noviembre. También sentía dolores extraños en mi panza y a pesar de haber comido mucho en la instalación de recuperación no había cagado desde hacía al menos cuatro días. Esto me preocupaba bastante.

Básicamente deambulaba perdido. Aunque había mejorado, como te mencioné, no me sentía nada bien. No me sentía cuerdo. Por suerte, la parte de Scottsdale del Norte en la que estaba era una muy pintoresca colonia de jubilados ricos que gozaban de instalaciones médicas, campos de golf y hoteles lujosos. Scottsdale es, de hecho, uno de los lugares mejores del mundo para jugar golf.

Entonces, mientras buscaba un maldito Seven Eleven, por supuesto que pasé junto a una clínica de cáncer gastrointestinal; detrás de la cual se encontraba lo que para mí fue una visión de otro mundo. ¿Era acaso una coincidencia o era un sueño bizarro? El punto es que detrás de la clínica había un esplendoroso campo de golf repleto de estanques y cisnes, y más allá un hotel Marriott, de los buenos, que insufló mi corazón con una gigantesca e impostergable euforia. ¿Puedes imaginar el impacto que esto tuvo en mi estado mental? De verdad, maestro, contemplar tal escenario fue para mí lo que para un superviviente del Sahara —un bebedor de su propia orina por muchos meses— hubiera sido encontrarse con un oasis. ¡Salvación!

La gran ironía aquí es que todo este tiempo había podido disponer de los miles de dólares que tengo en mi cuenta bancaria o de los siete mil dólares de mi tarjeta de crédito. Llevaba mis tarjetas conmigo. Sin embargo, ahí estaba yo, huyendo de la cárcel de las instituciones mentales y errando como un vagabundo agonizante y demente. Mientras había estado buscando un cargador como un condenado, preocupado por no haber podido vaciar su estómago de cagada, hubiera podido simplemente rentar una limusina e ir a uno de los balnearios más lujosos de la ciudad favorita de los jubilados más ricos de los Estados Unidos y Canadá. La locura es una puta muy jodida, maestro.

Fue entonces que decidí hospedarme en el Marriott.

Me sorprendió que no fuera espectacularmente caro, solo 150 dólares la noche. La habitación tenía una sala de estar y un baño muy cómodo. Pude comprar un cargador en la tienda en el recibidor, así que lo primero que hice fue enchufar mi celular e intentar relajarme en la cama.

Ese tiempo que pasé solo con mis pensamientos no fue nada agradable. Estaba muy nervioso, desvariaba. Los dolores extraños en mi estómago persistían. Al poco rato mis pensamientos regresaron al coche que había rentado. Era hora de regresar al mundo de Chaz y Haley.

Chaz contestó mi llamada. Afortunadamente, no se había fugado con mi coche y estaba encantado con la idea de hospedarse en un Marriott Resort. Al poco rato llegó con Haley. Los dos estaban felices de poderse bañar y descansar en una habitación cómoda. Aunque, naturalmente, Jonathan Bailey —el exmonje loco— tenía otros planes. Esta vez apenas hablamos de filosofía. Me consumía la aterradora sensación de que la serpiente de Midgard se hubiera podido enroscar alrededor de mis intestinos con el firme propósito de ahogarme en mi propia mierda.

Intenté distraerme hablando con Haley sobre música, pero tuvimos interminables problemas para descifrar cómo usar el puto perro Spotify. Ella tenía la versión gratis y yo tenía la versión pagada. Para colmo, su teléfono era una baratija. Fue como cuando camino al hospital la canción de Tame Impala sonó una y otra vez en el coche. But if I never come back, tell my mother I’m sorry. De hecho, maestro, desde ese día no he dejado de experimentar problemas técnicos con los aparatos eléctricos. Es como si hubiera perdido la fe en que un maldito teléfono pudiera funcionar. Como es de suponer, este hecho permitió que legiones de demonios infestaran todos mis dispositivos y computadoras.

La pareja se dispuso a mirar la televisión. Disfrutaban de cualquier serie sin pensar nada en absoluto, cual dos entes banales desprovistos de toda alma. Atestiguarlo me produjo un asco profundo. Poco después, volvió a agobiarme el hecho de que no había ido a cagar en al menos cuatro días. Fue así que, no sin antes tornar los ojos con impaciencia, Chaz decidió ayudarme. Se dirigió a la tienda del hotel para conseguirme otro tipo de drogas; por supuesto, acompañado de su novia, no fuera a ser que durante su ausencia terminara por enamorarse de mi estreñimiento.

Como no había nadie en la tienda, fueron en mi coche a buscar una farmacia. Regresaron con una pequeña bolsa que contenía lo que prometía ser la panacea que estaba esperando: un enema evacuante. Usé los productos y seguí meticulosamente todas las instrucciones, pero al cabo de una hora no pasó gran cosa. Me dieron ganas de cagar y fui con ilusión, para más tarde descubrir sin alivio que mis entrañas solo vertieron copiosamente un líquido tan diáfano y cristalino como las aguas del lago Ginebra, en la campiña francesa del Évian-les-Bains. Mi ansiedad persistía.

Fui a la barra que había en el vestíbulo del hotel. Pedí un ron con coca que me produjo un poderoso efecto sedante. Por fin había encontrado un poco cordura, un poco de realidad. Una que podía beber y emborracharme con ella. Quise tomar otro, pero cuando quise pagar el primero el cantinero me insultó. ¡La cuenta era de cuarenta dólares! ¡Maestro, esto es cuatrocientos pesos por un puto y diminuto vaso de Captain Morgan que puedes comprar el Oxxo! La sensación de cordura se esfumó por completo. ¿Cómo era posible? ¡El precio de una noche en el hotel era el mismo que el de cuatro bebidas en el bar! Regresé a la habitación con renovadas angustias. Mi refugio de realidad se había transformado en otro espejismo.

No pude evitar llamarle a mi madre. Le conté todo. Le pregunté por su regreso. Le dije que necesitaba vivir en entorno cómodo. (No supe decirle que extrañaba no haber nacido, estar en su vientre.) A través del teléfono, una sólida y resplandeciente voz que provenía del ser que me había dado a luz desde lo profundo de sus genitales me preguntó muchas cosas. Habló con claridad reconfortante. Me recomendó que fuera con Chloe. Estuve de acuerdo con ella.

Le llamé a Chloe. ¿Te acuerdas de ella, maestro? La mencioné en mis correos anteriores. Es la mejor amiga de mi hija y es muy importante para mí. A veces la veo como a una segunda hija, y a veces incluso como a una amiga muy cercana. Mi apodo para ella es X-23. ¿Has visto la película Logan? Es una película sobre un superhéroe, The Wolverine. ¿Lo conoces? En español le dicen “El Glotón” o “El Guepardo”. Las traducciones son una mierda. El caso es que es un superhéroe muy importante en los cómics y en las películas. Creo que hay diez películas sobre este personaje, interpretado por Hugh Jackman.

En la película ya es viejo y sus poderes para sanarse son débiles, por lo que el metal irrompible que hay en sus huesos lo está matando. Todos sus amigos están muertos y no tiene ninguna esperanza en el futuro. La gente lo ve como a un superhéroe autodestructivo y enfermo. Sin embargo, por alguna razón, en este estado de existencia se esfuerza por cumplir con la misión de cuidar a una niña que es como él, con los mismos poderes de autosanación y con el mismo metal irrompible en sus huesos. Parece ser que fue creada con su ADN y modificada mediante los mismos métodos a los que él fue sometido. Es como su hija, pero no exactamente. Como él en su juventud, también ella es muy violenta. Puedes ver que es mi Chloe, mi X-23, el nombre que en la película le dieron a la niña los científicos que la crearon.

Lo digo porque Chloe es una joven mujer con un temperamento muy volátil. Creció con su papá y su madrastra porque su madre, una cristiana, tenía problemas mentales. Peleaba constantemente con su viejo y sufría de depresión. Por cierto, es probablemente la mujer más hermosa que he visto con mis propios ojos. Su papá es un sargento retirado que aparentemente tiene predilección por las mujeres asiáticas. Su esposa actual es filipina y la madre de Chloe es coreana.

Entiendo al sargento, maestro. El pelo negro y la blanca piel de algunas asiáticas me resulta tan tentador como un postre divino. Quizás esta sea la razón por la que creo que las mexicanas son tan hermosas. Solo cambia la piel clara por una más acaramelada y tienes la misma exquisitez. Vi a Chloe por primera vez cuando ella tenía nueve años. Ya de adolescente era muy obvio que sería una belleza legendaria.

Siempre me cautivaron las tinieblas que oprimían a su alma. Y, como era la mejor amiga de mi hija, me prometí adoptarla. En todo momento la animé a que mejorara su relación con su padre, quien de hecho era muy similar a mí en muchos aspectos. En mi vida, especialmente en mi juventud, tuve los mismos demonios que la habitaban. Amo a esta muchacha desde siempre y para siempre, maestro. Sobre la legitimidad de este amor, puedo presumir que su padre nunca ha tenido que llamar a la policía para protegerla de mí.

Pensé mucho en ella cuando dejé Israel para regresar a los Estados Unidos. Incluso escribí un poema para que los dos recordáramos lo importante que ella es para mí. Uno que me asegurara que los dos supiéramos que nunca la abandonaría. Además, quería celebrar el no ser parte de ninguna pinche iglesia, ya que seguramente los religiosos del mundo censurarían nuestra amistad. El nombre que le di en el poema fue el de La princesa de jade, otro apodo con el que la llamo.

El caso, maestro, es que le llamé a Chloe, tal como mi madre me había recomendado. Como es natural, la muchacha se quejó de mis niñerías. ¡El viaje desde su departamento en Tempe hasta Scottsdale del Norte le costaría mucha gasolina! Le dije que yo simplemente no podía manejar, que tenía severos problemas, que necesitaba su ayuda, que podía pagarle cada litro de su tanque y cada segundo de su tiempo…

La princesa vino para rescatarme. No sin antes advertirme que me costaría caro.

Chaz y Haley no estuvieron muy felices con mi decisión, pero su reacción estuvo investida de una dignidad inesperada. Creo que Chaz estaba verdaderamente sorprendido. Ya antes, varias veces, me había dicho que yo no tenía a dónde ir. Pensaba que me tenía controlado y sin escapatoria, puesto que durante todo el episodio del Marriott Chaz fue mi niñero y celador. Con resignación y quizá con la esperanza de pasar más días en aquel Xanadú arizoniano, sobrellevó mi ansiedad e intentó aliviarla valiéndose de cualquier método que tuviera a su alcance. Y, sin embargo, cuando supo que mi deseo era de irme de allí, lo aceptó sin chistar.  Solamente me pidió prestado el coche por unas horas, prometió llevarlo después hasta Tempe, al departamento de Chloe.

Cuando mi X-23 vino por mí y por fin pude entrar en su camioneta, prácticamente me evisceró con sus uñas de adamantium. Mientras manejaba, por cinco minutos salió de sí y a los gritos me preguntó que qué putas estaba haciendo con mi vida. Tuve que admitir que merecía su rabia, por lo que estoicamente me limité a guardar silencio. Con todo y la vergüenza y la enorme sensación de alivio que me embargaba, te confieso, maestro, me sentí amado. Amado como por una madre. Tan pronto como lo creí prudente, solo le dije que mis padres regresarían a Arizona en unos días y que necesitaría de una cama hasta que pudiera regresar a su casa. Me dijo que yo podría dormir en la cama de Chase, su novio, seguramente porque él solía dormir con ella cuando no peleaban. Además de Chase, en el departamento vivía una amiga, una hermosa adolescente llamada Jordan, como el río.

Al entrar en su departamento, nos recibió una hornaza de mariguana. Ahí estaban Chase, Jordan y Jay, un amigo en común. Estaban mirando la serie de The Office. ¿La conoces? Se me olvida que tú no ves ninguna puta serie. Es una comedia con un actor famoso que se llama Steve Carrell. Ahí interpreta a un jefe que trabaja en la oficina de una compañía de papel. Chase y Jay me ofrecieron fumar de su porro.

Maestro, necesitaba algo para mi ansiedad. Acepté de inmediato. Echaba de menos la paz que el ron y la coca me proveyeron en aquel bonito hotel. Desafortunadamente, el humo de la marihuana no llevó al mismo lugar. Los personajes de la serie empezaron a discutir mi situación. Hablaban de mis pecados y de mi fracaso al intentar alcanzar la iluminación. Estaban visiblemente preocupados. Para nadie era una comedia.

No podía concentrarme en la trama ni tampoco podía comportarme como un adulto cuerdo. Les dije que tenía que irme a la cama. Antes, quise asegurarme de que X-23 supiera que yo estaba bien. Con una sonrisa le dije que solo necesitaba dormir y relajarme. Desaparecí sin otro deseo que ser sepultado en mi cama. Al poco rato Chloe me llevó un vaso de agua. Después me aventó a sus dos gatos en mi cama. Me dijo que me sentiría mejor. Y tenía razón, maestro. Intuitivamente había encontrado una cura para mi esquizofrenia. No fue la mariguana. Fueron los gatitos.

Maestro, podría decirte mucho más de mis experiencias en el departamento de la princesa de jade y su novio y Jordan, su compañera de habitación. Y especialmente de Jay, el amigo mariguano. Estos personajes y mis experiencias con ellos podrían dar material para una novela completa. Pero tengo que progresar con el final de este maldito cuento, por lo que ahora solo quiero contarte que el segundo milagro que experimenté es del total dominio de las heces. He hablado mucho sobre mierda, así que mereces una explicación.

Llegué al grado de no poder relajarme en absoluto porque constantemente me acosaba la preocupación de morir a falta de excretar una mierda considerable. A los tres días tuve que ir con un médico. Antes Chaz y Haley me dieron mi coche en el estancamiento de los departamentos de Chloe. No recuerdo muchos detalles de esto. De la pareja solo quiero decir que, después de todo, me dejó con la idea de que los dos eran unos campeones de la amistad. Mi mayor vergüenza es la de haberlos sometido a mi locura. Y mi deseo primordial es el poder compartir con los dos las frutas de un mundo perfecto. Podría escribirte un libro sobre esto también, maestro. Pero tengo que retomar el hilo de esta historia.

Entonces, ahí estaba yo, maestro, con las llaves de mi coche, sentado en el sofá de mi X-23, sin ser capaz de abandonar mi terror a ser engullido por mi incapacidad de cagar. Gracias a Dios tenía seguro médico, por lo que podía visitar al médico que quisiera. Así que fui.

En el despacho del médico me sometieron a todas las pruebas que te puedas imaginar, incluyendo un TAC (Tomografía Axial Computarizada). Tuve que esperar en estado de pánico sobrenatural por los resultados. Después de una eternidad regresó el doctor con su diagnóstico. Para mí fue como un niño que no podía confesar una situación increíble. Y me dijo su diagnóstico: “señor Bailey, no hay heces en su cuerpo”.

Para mí esto fue un milagro, un signo. El médico me dijo que yo era el único individuo de la tierra que no estaba lleno de mierda.

Maestro, estos son mis dos milagros. Vi cómo el tiempo se detenía. En mi correo anterior te describí las visiones. Además, un doctor me dijo que no había rastro de heces en mi cuerpo, cuando no había ido a cagar en al menos una semana. Incluso hoy esto significa algo para mí. En medio de todo este maremágnum de drogas y esquizofrenia, Dios me había dado un mensaje. Me dijo que no estaba lleno de mierda.

Mañana continúo el cuento, amigo. Duerme bien.

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