Los votos (el decimoquinto capítulo)

El viento sopla por donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.

Juan 3:8

Buenos días, maestro. Fue divertido ir anoche a Anzuelitos. El caldo de pescado fue tan excelente que espero que podemos encontrarnos ahí otra vez. Ojalá que pronto sea posible tomar tequila o algo similar, porque las cervezas me engordarán, sin duda.

Hoy quiero escribir sobre la víspera de Halloween de 2019, la noche que abandoné mis votos monásticos. Los correos anteriores hablan sobre los años de 2010 a 2013, los últimos que estuve en el ejército. Ahora quiero conectar estas experiencias con Israel, los Ouwerkerk, las drogas y el drama que tuve después de mi éxodo de la Tierra Santa.

Mis experiencias en el ejército tenían lecciones que no comprendía en aquel tiempo. Mi correo sobre el Único y el Príncipe describe una discusión entre dos seres sobrenaturales. El Príncipe creía que la realidad era solo el producto de nuestros sueños, mientras que el Único sostenía que la realidad había sido creada por una infinitud perfecta: Dios. Si mis experiencias en el ejército solo eran mis sueños, entonces eran una pesadilla. No quedé satisfecho con esta explicación. Busqué otro significado.

He mencionado en correos anteriores que tengo cosas que decir. Creo que tengo un enemigo que no quiere que yo le diga nada a nadie. Su plan es, después de todo, fácil de descifrar. Yo soy hombre y la mitad de la población de la tierra es femenina. Normalmente, cuando este hombre, o cualquiera que no sea un modelo de revista, quiere hablar con una mujer, es relativamente sencillo que esta se sienta vulnerable. Si el hombre sonríe mientras observa, es de imaginarse que ella pensará que está en grave peligro de ser violada. Como el resto de los humanos de la tierra son hombres, ante tal circunstancia no es difícil lograr que la otra mitad odie al hombre. El instinto los motiva a proteger a la mujer. Eso pasó en caso de mi primo Dominick y el “santo” Harold van Ouwerkerk.

En 2018 y 2019 las noticias estuvieron llenas de artículos acerca Harry Weinstein y Jeffrey Epstein. El arquetipo del hombre malvado era el centro de la atención de todo el mundo civilizado.

Es una cosa que no puedo evitar. A pesar de los asuntos de género que mencioné en mis correos anteriores y que mencionaré los que vienen, no soy transexual y no tengo ningún interés en la amputación de mi pene o en usar vestidos. Pero, aparentemente, la única manera de evitar la maldición de Satán es dejar de ser un hombre.

Hay mucha evidencia al respecto. Permíteme recapitularlo. Coqueteé con una maestra de mi escuela de ruso y me mandaron con la psicóloga. Intenté pedirle ayuda a mi prima querida y mi primo me amenazó de muerte. Investido con la reputación de ser un peligro para las mujeres, intenté hablar con una colega y me trataron como al monstruo de Frankenstein. Otra vez quise hablar con la chica de fuego e intentaron arruinar mi carrera. ¡Hablar con una mujer es un pecado imperdonable!

Ahora reconozco que toda la mierda es solo el diablo usando sus armas como Harold van Ouwerkerk para asegurar que Jonathan Bailey no habla con nadie de nada. Puedo comprar una Coca Light de la empleada en el Oxxo, pero nada más. Y las armas mas devastadoras del Satán son los religiosos. En los países musulmanes, ni siquiera mirar a una mujer puede ser un crimen. La cultura religiosa es la enemiga de comunicación. Solo puedes recibir la sabiduría de tu papa o tu esposo.

Pero en 2012 aún no sabía todo eso. Pero ya estaba al tanto de que las mujeres eran un maldito peligro. Para entonces mi identidad como oficial militar y protector de mi país, estaba arruinada. Ahora tenía que buscar otra identidad y busqué en un lugar muy ridículo: la cultura de la religión.

La decisión de volverme monje empezó con un evento muy irónico. Sí, no podía concentrarme en el trabajo. Como ya mencioné, no podía manejar en la base o en la ciudad sin perderme. Pero podía concentrarme en un mundo separado y diferente: el mundo del internet y de los videojuegos.

Ahí encontré una novia. Lo irónico fue que ella tenía veintiún años y yo cuarenta. No miento, maestro. Al mismo tiempo que tenía todos estos problemas con mujeres de mi familia y trabajo, me encontré con una estudiante de medicina en línea. Se llamaban Ana Maria Mironescu. Fuimos amigos unos meses y eventualmente nos volvimos novios. La relación romántica persistió solo unas semanas.

Mis problemas mentales empeoraron. Con el pasar del tiempo tampoco pude concentrarme o pensar en situaciones más allá del trabajo. No podía impresionarla. Tenía menos y menos que decir. Poco después de comenzar la relación con mi novia joven y hermosa, me pareció obvio que me abandonaría. Le dije que estaría de acuerdo si me dejaba, que no me enojaría ni me pondría triste. Y le dije algo más, que en ese momento sentí sinceramente: “serás la última mujer que yo amaré por siempre”.

En unos días ella se fue y yo decidí comenzar mi vida como un monje. No vivía en un monasterio y no era el tipo de monje a que las personas imaginan. De hecho, no era exactamente un monje. Solo uso la palabra porque es bien conocida para describir este tipo de servicio religioso. El mejor término es “religioso consagrado”. Hay muchos tipos: monjes (de San Benito, de la Trapa), frailes (franciscanos, dominicos), militares (templarios, hospitalarios), sociedades (jesuitas) y otros. La mayoría son católicos, pero los protestantes tienen sus variedades también.

En pocas palabras, un religioso consagrado es alguien que hace un juramento. Puede ser clérigo o laico. El juramento normalmente consiste en tomar votos (pobreza, obediencia y castidad) y respetar una serie de reglas que definen la vida del religioso consagrado. En particular, los votos de los consejos evangélicos son interpretado de maneras diferentes y hay muchas disputas entre las comunidades y las iglesias sobre quién es un religioso consagrado válido y cómo debe ser tratado por otras comunidades.

En mi caso, yo era un solitario religioso consagrado, lo que significa que no tenía una orden o monasterio, sino que mi superior religioso era mi obispo. Los católicos tienen iglesias, monasterios y órdenes ricas, y el voto de pobreza tiene una interpretación estricta y única. A menudo, el religioso consagrado no puede poseer nada. Todas sus posesiones son la propiedad de su iglesia o su orden. Esto da lugar a un fenómeno interesante: “mi Ferrari no es mío, es del Papa”. Nadie puede existir sin absolutamente nada, y la solución de los católicos es solo decir que todo le pertenece a alguien más.

Ya que como anglicano no pertenecía a una orden rica que pudiera darme un Ferrari, podía decir con toda tranquilidad que no lo hacía por el dinero. En este sentido, para los católicos no era un religioso consagrado real, al menos no como el Papa. Tampoco tenía un superior religioso, como el abad de un monasterio. Mis obispos vivían en otros estados y no solían pedirme que hiciera mucho. Por lo tanto, tampoco era un consagrado religioso válido para los cristianos. Pero en cuanto a la castidad, nadie podía criticarme. Sí, maestro, hay varios tipos de religiosos o consagrados que interpretan la castidad solo en un nivel metafórico: “soy un célibe porque estoy purificado y separado del mundo”. Yo no.

Mis votos de pobreza y obediencia eran muy generales. Además, tenía una regla: comportarme como un auténtico cristiano que además era célibe. En pocas palabras, mi vida de “monje” era la de un cristiano que evita a las mujeres.

Siempre he sido genuinamente espiritual. Cuando tomé los votos de monje no me hice más, ni cuando dejé de serlo me hice menos. Me volví monje porque estaba buscando una nueva identidad, ya que la que tenía de oficial se había ido por el desagüe. Fundamentalmente quería comenzar una vida sin mujeres. Tenía a Dios como mi único amigo.

Fui monje por ocho años. Aprendí muchas cosas. En primer lugar, aprendí que la identidad de un solitario religioso consagrado protestante no era una identidad reconocida. Nadie entiende qué es un monje, especialmente los monjes protestantes.

De hecho, hay dos tipos de anglicanos. Los que se parecen a los católicos y los que son más como los protestantes. En la época temprana de la iglesia de Inglaterra, el monarca inglés repudió al Papa como emperador de una nación extranjera. No olvides, los monjes allí cuidaban muchos Ferraris papales, por lo que el rey se apropió de la riqueza de los monasterios. Por eso a muchos anglicanos no les gusta el concepto de monjes. “Nadie puede ser más santo que los otros”, así decían.

De hecho, en general, la gente comprende bien el puesto eclesiástico: “el jefe santo” y por lo general este puesto quiere decir pastor o sacerdote. Hay otros puestos cristianos, por ejemplo, los diáconos, que no gozan de prestigio porque no ocupan un lugar directivo dentro de la Iglesia: “son líderes, pero no son jefes”. El humano es un animal tribal y solo reconocen “jefe” o “no jefe”. Por ello, en la mayoría de las iglesias no hay diáconos o no saben qué son. Imagina ahora la condición de alguien con el título: religioso consagrado solitario. Ese era yo: un invisible. Chistoso, pero triste.

Por esta razón hay muchas personas que “quieren servir a Dios” y se vuelven pastores sin poder decir una oración, menos manejar una comunidad. Para ellos solo hay cristianos (nadie) y pastores (jefes espirituales). El proceso de formación de pastores consiste en que un selecto grupo le mama la verga a los jefes de la iglesia en cuestión. Esto les otorga a los practicantes de la felación, los méritos para ingresar en un seminario donde obtendrán un acta que los acreditará como “jefes” en una iglesia. El ciclo se renueva cuando otro grupo se les acerca para mamar sus vergas con la intención antes referida.

Se supone que los parroquianos obedecen todo lo que el pastor dice, aunque frecuentemente lo ignoran. Pero eso no importa. Su ego está satisfecho: ¡es un jefe! Por eso, las personas más narcisistas que he conocido en mi vida han sido clericós. Tal vez te cuente de mis experiencias en las iglesias en otro correo. Por ahora solo quiero decir que nadie puede simplemente analizar lo que alguien dice para determinar si dice la verdad. Si el jefe con su certificado les dice que deben beber veneno o montar un cometa para poder ver a Jesús, les parecerá razonable. Nadie tiene tiempo cuestionarse nada.

Y alguien con un voto de castidad es simplemente un violador de niñas o un homosexual en el closet. Contempla mi historia, maestro:

— Quiero estudiar hebreo con tu hija.

— ¡No voy a permitir que un monstruo como tú viole a mi hija!

— Güey, soy monje. “Voto de castidad”.

— ¡Pervertido!

A finales de octubre 2019 esto era lo que traía en la cabeza. Acababan de cancelar mi visa en Israel. Los van Ouwerkerk me habían bloqueado e ignorado como es prudente hacer con un pervertido. Tenía una romance con una lista de canciones de Spotify. Experimentaba con drogas que me permitían tener conversaciones telepáticas con los Iluminatti. Me estaba volviendo loco. Estaba leyendo montañas de artículos en las noticias sobre Jeffrey Epstein y Harvey Weinstein. Ser hombre, más que nunca, era un crimen. Mientras tanto, los servidores de Satán estaban vendiéndome como una puta e intentaban violarme con serpientes de negro en hoteles. Los van Ouwerkerk me dejaron claro que no hay ningún socorro en ninguna iglesia.

Y, maestro, los protestantes no son una organización monolítica como la Iglesia Católica. Durante los ocho años que fui monje en varias iglesias de varias denominaciones, el ser reconocido como monje fue un tema a sí mismo. Con todo esto en mi mente, me di cuenta de que la idea de ser un monje era algo ridículamente inútil. Simplemente le mandé un mensaje de texto a mi obispo anterior:

Dejo mis votos. No soy monje ahora. Ojalá que estás bien. Feliz Halloween.

“El viento que sopla por donde quiere” es la verdadera iglesia, maestro. En las comunidades de religiosos no encontrarás mucho de esto, de aquello que es “es nacido del Espíritu”. De hecho, el depredador más peligroso es el que aparenta ser completamente benigno.  La serpiente venenosa que se ve como lombriz, es el mayor peligro. Asimismo, quien tiene la consigna de cuidar al extranjero y amar a sus enemigos, quizá parecería ser un buen amigo. Pero este mismo hombre, si no obedece sus mandamientos, es de verdad una cobra ponzoñosa. Por eso, maestro, los mayores servidores de Satán están en las iglesias. Dios nos guarde de ellas.

No podía continuar siendo monje. Por mí, los Ouwerkerk pueden quedarse con toda su “Iglesia” de hipócritas distraídos y ignorantes de mierda.

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