La cámara estrellada (el decimocuarto capítulo)

Buen día, maestro. Hoy te abordo con el final de mi historia en el ejército y con las mujeres. Al final sabrás por qué tengo TEPT. Creo que este correo será largo. Tengo que contarte acerca de mis experiencias con una teniente de mi equipo, con la Cámara Estrellada (integrada por oficiales mujeres), con una conspiración de psicólogos y, además, sobre otra experiencia encantadora con la chica de fuego.

Después de completar mi curso de espionaje, pasé de la base de Arizona a la Joint-Base Lewis-McCord, en el estado de Washington. Creo que en un correo anterior ya te hablé sobre su hospital, el que tiene muchas investigaciones acerca de suicidios y valuaciones psicológicas corruptas.

Cuando recién llegué, me sentí agotado. No podía concentrarme. No estaba durmiendo bien. Empecé a experimentar inestabilidad emocional. Mi equipo era un batallón de la 201ª Brigada de Vigilancia del Campo de la Batalla. Sí, las mujeres podían servir en estos equipos. En mi batallón solo éramos tres oficiales hombres. Los otros dos eran un capitán y un teniente, ambos casados. El resto de los doce oficiales del batallón eran mujeres, incluyendo a la comandante, la teniente coronel Deborah Ellis, la segunda, una mayor, y la oficial de operaciones, también una mayor.

Debo decir que Deborah Ellis ha sido la oficial más patética que jamás vi en mi carrera militar. Creo que me escuchó decir algún comentario contra ella en la oficina, o quizá alguien le dijo algo sobre mis opiniones. Yo tenía dificultades. A veces me sentía frustrado y me volvía más y más franco. Me volví más honesto y directo de lo recomendable. El oficial militar es por lo general un traidor que solo sirve a su propio culo. Ya te he hablado al respecto. Solo puedo suponer lo que pasó, pero no me caía bien y la perra intentaba masacrarme. No olvides, maestro, si tienes un empleado que acaba de regresar de la guerra, que ha perdido a su esposa y que, además de haber sido abusado por psicólogos, ha sido traicionado por sus primos —¡incluyendo a la mujer más querida de su vida!­­—; si este miserable ha dicho algo malo sobre ti, entonces deberás rajar su garganta sin piedad.

Inicialmente las cosas no marchaban mal. Gracias a los psicólogos, el tiempo que estudié ruso en California fue toda una terapia de shock. El divorcio en Arizona no fue precisamente un día de campo, pero tenía la actitud de comenzar de nuevo. Creía que con el tiempo podría regresar a mí mismo y que el agotamiento se iría disipando poco a poco.

Dos cosas sucedieron. Primero, el archivo de California con mi valuación psicológica apareció en Washington. Esto no debió haber ocurrido, pero pasó. Solo era una valuación sin diagnóstico ni pronóstico. Pero los humanos son como son y cuando las oficiales de mi nuevo equipo leyeron que yo era “un monstruo diabólico que odiaba a las mujeres”, empezaron los problemas. No olvides que el equipo al mando entero estaba compuesto de mujeres.

El destino me había reservado que la oficial administrativa se convirtiera en mi gran dolor de huevos. Ella era joven, tenía veintidós o veintitrés años, no lo sé. No estaba buena y, aunque inicialmente fue amable conmigo, después supe que era malvada. Nuestro batallón era su primer puesto. Tenía una amiga, teniente como ella, “la oficial de guerra química”. También era joven y fea. Los dos eran solteras y las únicas dos personas con quienes me estaba permitido tener cualquier tipo de interacción amistosa. Me explico mejor.

Mira, maestro, a resumidas cuentas, los oficiales tienen prohibido tener amigos soldados. Los oficiales juniors, tenientes y capitanes no pueden asociarse con oficiales de campo (mayores y coroneles). Tampoco pueden relacionarse con cualquier otro miembro del ejército a su cargo. En el caso concreto de mi equipo de trabajo, a los hombres no les estaba permitido entablar relación ni con la comandante, ni con la segunda, ni con la oficial de operaciones (una teniente coronel y dos mayores). Había otro teniente, soltero, pero como estaba en mi sección, como ya expliqué antes, cualquier amistad con él estaba estrictamente proscrita.

Los oficiales sí podían ser mis amigos, pero normalmente trabajaban mucho, además de que estaban casados y en general solo querían pasar el tiempo con sus familias, ya que a menudo tenían que ir a la guerra por estancias de un año. No tienen tiempo ni interés de hacer amigos. Es así que, paciente maestro, las dos chicas tenientes eran las únicas personas en el equipo a las que podía acercarme.

Pero el diablo insiste en que yo no cruce palabra con absolutamente nadie. Como te dije, yo sé cosas. El diablo quiere que todos estén ocupados, distraídos e ignorantes. Jonathan Bailey es un problema para él. Esta era su oportunidad para destruirme. Yo estaba agobiado mentalmente por el estrés de la guerra, el divorcio y todo lo sucedido con los psicólogos de California.

Fue así que decidí llamar a la teniente administrativa después del trabajo. Simplemente me sentía solo. En aquel momento no tenía ni idea de quién era ella. No hacía mucho tiempo atrás, había sido amable conmigo, pero una vez, durante una sesión de ejercicios para oficiales, hice un comentario sobre Dios y ella me miró con asco. Me dijo: “¿eres religioso?” Le dije que sí y entonces frunció el ceño y se fue.

Por aquel entonces no tenía mi perspectiva actual, maestro. No todo era blanco y negro. No todo tenía que ver con la guerra entre Dios y Satán. Hoy, si alguien me odia simplemente porque sirvo a Dios, entiendo que esto es así porque ellos sirven a Satán. Evito a semejantes personas y listo. Al menos ahora reconozco que son enemigos. O admito que no serán mis mejores amigos. Pero, por aquellos días, interpreté que a ella no le gustaban las personas religiosas. Creí que con el tiempo entendería que yo no era una persona religiosa como Harold van Ouwerkerk. Pensé que después de conocerme, ella se daría cuenta de que yo no era como las típicas personas religiosas.

Sin embargo, tampoco consideré que la oficial administrativa tendría mi archivo militar y que sería la persona en el equipo que con mayor probabilidad sabría acerca de mi mala experiencia con “los guardianes de la salud mental” en California. Como te dije antes, al principio la teniente fue amable, no creo que entonces supiera nada. Pero después las cosas comenzaron a tornarse muy raras.

Como resultado de mis problemas en California y la desolada situación en el equipo, fui con la oficial de operaciones para preguntarle si no habría problema de que un capitán de sección, como yo, hablara con una teniente de otra sección con fines personales. Su reacción fue rara. No pudo darme una respuesta. No estaba prohibido, pero algo la motivó a hacerme preguntas del tipo de: “¿por qué querrías hacer esto?”. Le aseguré que no yo no tenía ningún interés romántico con ella. Como la mayor era una mujer, no quise decirle que opinaba que la teniente era una puta muy fea. Pero sí, maestro, pasaba algo, porque la mayor no pudo comportarse de una manera “normal”, no pudo simplemente darme una respuesta sencilla.

En cada caso, decidí llamar a la teniente. Fue una pesadilla. Inmediatamente me dijo que no quería tener conversaciones personales conmigo. Le pregunté por qué, y también quise saber si conocía la política de interacción personal. No me respondió. Simplemente comenzó a frustrarse más y más. Insistió en que no le hablara. Por mi parte, no supe si no quería hablar conmigo porque era un monstruo peligroso para las mujeres, o porque ella creyera que no podía hablar con capitanes. Tampoco descartaba que el concepto de hablar con una persona religiosa fuera un asco para ella. No me dijo nada más.

No es fácil, maestro, convencer a una mujer de brindar información. Muy pronto estuvo casi gritándome: “¡Basta! ¡No entiendes que no quiero que me hables!”. Entonces le dije: “De acuerdo. Me dijiste que no hablara contigo. Supongo que lo único que puedo hacer ahora es ir con la mayor a explicarle cuán loco es ese equipo. Gracias”.

A la mañana siguiente fui con la oficial de operaciones para relatarle sobre el extraño encuentro. Al llegar a su oficina, la pesadilla continuó. Aparentemente, haberle dirigido la palabra a la teniente había sido un pecado mortal. Nadie me había dicho que estaba prohibido que un capitán hablara con una teniente. El crimen había sido hablar con ella. No sé por qué. Solo puedo suponer que fue porque yo soy un monstruoso pervertido o por alguna suposición relacionada con la valuación de California. Todo fue muy increíble para mí. Normalmente, cuando alguien habla con alguien que no desea tener una conversación, no hay necesidad de reportarlo al mando.

Pero la mayor había sido enterada y me dio la orden de no hablar más con la teniente, porque la había hecho sentir “incómoda”. Sí, maestro, en este equipo de mujeres empoderadas de mierda, cuando alguien dice que otra persona la ha hecho sentir “incómoda”, el mando publica una orden de no dirigirle la palabra otra vez. Todo lo demás queda en segundo término. ¿Puedes imaginarlo? Nadie pudo decirme si había violado alguna política, precisamente porque no había ninguna violación. La situación era ridícula. Un sueño surrealista y terrible.

Recuerdo que cuando fui teniente de mantenimiento en un batallón de artillería en Oklahoma, el segundo, un mayor (no una mayor), tenía cada lunes una junta con nosotros. Siempre nos gritaba intensivamente durante toda la hora. Era una experiencia psicodélica y miserable. De haber sabido que solo tenía que decir que el mayor me estaba haciendo “sentir incómodo”, me habría ahorrado bastante cagada sobre mi persona.

¿Puedes imaginarte ser un capitán en un equipo en el que está prohibido hablar con los tenientes? Y todo porque decidiste hablar amistosamente con alguien después de un día de trabajo. No dijiste nada grosero ni inapropiado, pero el mero hecho de buscar un amigo fue suficiente para despertar la sospecha de que no eras digno de confianza.

Después de mi conversación con la mayor, nadie quería hablar conmigo. Yo era un paria, un proscrito. No miento, maestro. Yo estaba en un equipo de mujeres rabiosamente liberadas, que tenían una evaluación psicóloga de mi persona que me describía como a una abominación. Mi estrés era increíble. Recuerdo muy bien cómo tronaron mis nervios aquella vez mientras sostenía una conversación con la mayor. No lo digo en sentido figurado. En verdad escuché un crujido desde las entrañas de mi sistema nervioso central. Desde ese momento ya no fui el mismo. Ya no podía concentrarme en nada. Absolutamente en nada que tuviera que ver con el ejército o con las mujeres. Ahora que lo pienso, maestro, muchas veces me perdí cuando manejaba alrededor de la base para hacer las tareas del equipo. Supongo que era una manera de defenderme del estrés, como una lagartija que se defiende inmóvil del águila, o una puta avestruz que cree desvanecer el peligro cuando mete su cabeza en un agujero. Definitivamente no podía funcionar. Estaba incapacitado para hacer el maldito trabajo.

Sé que no te gusta cuando uso las mismas palabras muchas veces. Hay una que describe la situación: una pesadilla, una de la que no puedes despertarte. Totalmente surreal. Como una mala película de terror. Mala por excesiva y predecible.

Intenté conseguir ayuda con los psicólogos de Washington. Si te acuerdas, el hospital en Washington tenía muchos problemas con el gobierno porque no diagnosticaban a nadie con TEPT. Obviamente, el hospital militar no era una buena fuente de socorro. De hecho, mi psiquiatra, el teniente coronel William Keppler (un cerdo que solo parecía ser un humano), era la razón por la que no había departamentos de psiquiatría forense. Mi otra psiquiatra, la doctora Juliana Ellis-Billingly, había renunciado a su puesto cuando fue objeto de varias investigaciones del congreso y del ejército, por su maltrato a los soldados. El coronel Keppler tan solo había sido transferido a un puesto insignificante. Por supuesto, como no podría ser de otra manera, encontraron sus fatalidades después de que arruinaron mi vida.

Todos los psicólogos y psiquiatras insistían en que nadie hacía nada incorrecto. Aparte de ser un monstruo, no tenía problemas. Fuera de este detalle, todo estaba bien conmigo. Mucho después, descubriría que todo era una trama de un coronel, el jefe del departamento de salud mental del hospital en Washington. Estaba forzando a los psiquiatras y a los psicólogos a protegerse de todas las investigaciones del ejército y el congreso.

Otro psicólogo a quien consulté para comparar las opiniones que había recibido, era el doctor Thomas Danner. Un demonio, ni más ni menos. Lo sé porque durante mi entrevista con él parecía opinar que mi fe religiosa era un signo de defectos mentales. En su valuación, recomendó que no debía tener una autorización de seguridad, lo que significa que mis autorizaciones para guardar información confidencial debían ser removidas.

Sin embargo, no pienses que este resultado fue racional. No pienses que dijo: “El capitán no debe tener una autorización de seguridad porque no puede concentrarse y se pierde cuando maneja en la base”. ¡Claro que no!, porque eso significaría que tendrían que admitir que tenía problemas mentales, y tendrían que separarme del servicio con beneficios. No, maestro, para nada era el caso. Dijo que, aparentemente, después de quince años de servicio, después de mi experiencia en combate y mi divorcio, simplemente yo no tenía suficiente empatía para guardar los secretos del gobierno. Necesitaban una descripción consistente con la de la doctora Heather Klempp.

También dijo que yo veía las cosas demasiado en blanco y negro. Si el cabrón me viera hoy, se daría cuenta de que ahora veo la vida infinitamente más en blanco y negro. Después de todas mis experiencias con demonios, está claro que estas empezaron a empeorar precisamente con Thomas Danner.

Sí, maestro. Jamás tuve ningún problema con la información secreta. Pero, al parecer, quitarme la autorización de seguridad era para el doctor la solución a todos mis problemas. No olvides que yo era un oficial de inteligencia militar, por lo que no tener una autorización de seguridad implicaba el fin de mi carrera en el ejército. Fue así que, tras el año en Irak con bombas y balas, el divorcio y el tratamiento recibido por las mujeres oficiales como “peligro inminente”, el ejército me trataba ahora como un traidor de los Estados Unidos. Todo por la valuación de un psicólogo que creía que ser cristiano era lo mismo que tener una enfermedad mental.

En esta situación, de completa desesperación, escribí otro correo electrónico a la chica de fuego. Fue un gran error. No recibí una respuesta. Solo le escribí que necesitaba hablar con ella.

Después de unos días recibí noticias de los psicólogos. Aparentemente, una soldada del ejército que vivía en Inglaterra —¡donde vivía mi prima!—, había escrito al departamento de seguridad para informar que tenía una amiga, mi prima, que estaba recibiendo mensajes de mi parte. Todo apuntaba a que la chica de fuego aún no quería saber nada de mí, que tenía una amiga en el ejército y que las dos habían decidido notificarles a mis psicólogos que yo estaba acosando a mi prima.

Tuve que explicarles todo acerca de mi relación con mi prima. Uno de ellos me preguntó: “después de todo, ¿por qué decidiste mandarle un correo?”.

Mi respuesta fue: “no podía creer que ella me estuviera haciendo esto”.

Mi carrera se terminó. Aunque nadie tenía una solución para mí. Con el tiempo dejé de ir al trabajo. Solo me quedaba en casa: durmiendo y jugando videojuegos, alternativamente. Nadie quería hacer nada al respecto. La situación continuó por meses.

Al final, vino la solución: un tribunal militar. No había ido a trabajar por un buen tiempo. En el ejército, la “ausencia sin autorización” es un crimen. Para prevenir el inconveniente de los soldados que quieren evitar la guerra, no asistir al trabajo es técnicamente punible con diez años de cárcel. Por supuesto, esto nunca ha pasado. Cuando un soldado no va al trabajo, si no ha desaparecido por completo, tiene la opción de recibir un castigo en lugar de ir a un tribunal militar.

Esto me pasó a mí. Me ofrecieron un castigo, pero lo rechacé porque era obvio que no podía funcionar en el trabajo. Después de que el demonio Thomas Danner destruyera mi carrera, fui con varios psicólogos privados que pagué con mi propio dinero. Inmediatamente y, sin excepción, me dieron diagnósticos de trauma. El psiquiatra privado me dio un coctel de pastillas. Si no hubieran hecho esto, me habría suicidado. Habría sido una estadística más del ilustre hospital Madigan Army Medical Center. La depresión era demasiado fuerte.

De hecho, intenté suicidarme. Me emborraché con la intención de dispararme con mi escopeta. Pero no funcionó, estaba tan borracho que no pude accionar el arma.

La situación parecía ser un ataque tan diabólico como perfecto. Especialmente el asunto de la teniente y mi prima… ¡al mismo tiempo! ¿Cuál era la probabilidad de que mi prima decidiera deshacerse de mí de esta manera, exactamente al mismo tiempo que la teniente me acusaba de ser una amenaza para las mujeres? ¿Habrá sido coincidencia? Todo el mundo me acusaba de ser el enemigo número uno de las mujeres, pero ni siquiera Sherlock Holmes ni James Bond habrían podido encontrar, en absolutamente ningún lugar, ni el más leve rastro de comportamiento sexual inapropiado u hostil hacia ninguna mujer en ningún momento. ¿Cómo habría podido ser una mera coincidencia?

Para ellos, la solución era mandarme a la cárcel porque no podía funcionar en el trabajo. Solo un artista del mal podría fabular un cuento así. Contraté a un abogado. No tenía el dinero para pagarle por hora. Solo podía pagarle una cantidad determinada por defenderme en un tribunal militar. Si le hubiera pagado por hora, él habría hecho mucho para cobrarme por casa segundo de todas esas horas. Pero como le pagué $20,000 por todo, permanentemente hacía lo mínimo necesario para obtener su dinero. Era todo lo que me quedaba después del divorcio. Pero fue suficiente para negociar mi renuncia en el ejército. Después de veinte años, me separé del servicio sin absolutamente nada. Me dieron castigo en lugar de tribunal, tomaron dos mil dólares de mi sueldo y me dieron un licenciamiento general, que significaba que me corrían sin pensión. Por lo general, los soldados que no tienen problemas de servicio consiguen licenciamientos honorables y pueden disfrutar de una jubilación tranquila. Los violadores y los asesinos reciben licenciamientos deshonorables, que equivale, casi con toda seguridad, a una condena en prisión. De acuerdo con el ejército, yo debía sentirme más que satisfecho con el acuerdo.

Cuando perdí mi trabajo, me quedaba una provisión para ocho días de antidepresivos, antipsicóticos y ansiolíticos, y ya no tenía dinero ni sueldo para comprar más. Mi mamá me recogió para llevarme a Oklahoma a vivir un año en un clóset que sobraba en su casa. Después de luchar en solitario cinco años contra el gobierno, finalmente recibí mi licenciamiento honorable, el estatus de veterano discapacitado y una jubilación médica. Muchas otras aventuras sucedieron, pero ahora no tengo tiempo para describir todo lo que pasó. De momento solo quiero terminar esta serie de correos que describen mis últimos días en el ejército y mi historia trágica con las mujeres.

Más adelante, espero mostrarte de manera detallada cómo Satán usó a los Ouwerkerk contra mí. Todo indica que tengo una historia en la que las mujeres no quieren hablar conmigo. Según yo, mandarles mensajes no tendría que ser como el Apocalipsis, pero para ellas es una violación a la decencia. Esta ha sido mi suerte, maestro, debido a que Satán supo exactamente qué botones presionar para ocasionarme un colapso mental.

También quiero que entiendas que el incidente con Noah no fue mi primer encuentro con la histeria y la locura de la humanidad. Las cosas en las noticias últimamente, el COVID-19, Donald Trump, toda la mierda de hoy en día… no es la primera vez que veo a los humanos comportándose fuera de la realidad.

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