La mamada (el décimo capítulo)

Maestro, seguramente crees que mi perspectiva del hombre como la gran abominación de la creación es demasiado extrema. Pero, como te dije en correos anteriores, tengo una historia con el ejército que me ha convencido de que mi perspectiva es muy acertada. Mira, el ejército de los Estados Unidos es de verdad una organización sin ninguna forma de ley. Solo existen las políticas y los reglamentos de los generales. Y, según estas políticas, un “comportamiento inapropiado” es un crimen. Cualquier persona, en cualquier situación, puede definir lo qué es “inapropiado”. Tuve dos eventos en mi carrera en los que descubrí los efectos que tiene este fenómeno.

El primero sucedió en el año 2005 durante mi primer año en Irak. Al principio de aquel año, mi puesto era el de comandante de guardia en una pequeña  base pequeña al norte de Bagdad, cerca de la carretera “Hershey Highway”.  Allí había habido muchos ataques de terroristas de Al Qaida. Yo solo era un teniente. Compartía mi puesto con otro oficial, el teniente John Scheidt. Yo era el comandante durante el día y él era el comandante durante la noche. Teníamos más o menos cuarenta soldados en las torres del muro, alrededor de la base y en las puertas también. Yo y John nos situábamos en el centro de mando en la puerta más grande, con unos sargentos y operarios de radio. Además, teníamos una traductora iraquí muy guapa que tenía dieciocho años.

¿Recuerdas, maestro, que había estudiado el idioma árabe? Gracias a esto pude practicar mi árabe con la traductora, así como también con los iraquíes que entraban en la puerta. Mientras me hacía buen amigo de la joven intérprete (platicábamos riendo sobre muchos temas), ella se especializaba en mamarle la verga al teniente Scheidt, sin faltar a su fe en el profeta Mahoma. Ya que era virgen pura, sus dogmas la hacían apta solo para la felación.

Naturalmente, el mando había escuchado chismes sobre esto y comenzó una investigación. Yo estaba casado y negué vehementemente todo mal comportamiento, precisamente porque no había hecho absolutamente nada. Ni siquiera había visto a la traductora en ningún lugar excepto en el centro de mando. Puesto que el sexo con iraquís estaba estrictamente prohibido, el asunto podía suponer el final de la carrera de un oficial. Inicialmente el teniente Scheidt no dijo nada, pero eventualmente confesó todo. Al final, el general quedó impresionado con la honestidad de Scheidt.

Después de la investigación, vi todos los reportes de todos los soldados a los que habían interrogado. Ninguno de ellos había entendido una sola palabra de lo que la traductora o yo habíamos dicho en nuestras conversaciones, pero en sus reportes dijeron que parecíamos tener una relación prohibida porque reíamos constantemente.

Por eso, al final, Scheidt y yo recibimos el mismo castigo, aunque a mí nunca me mamaron la verga en Irak. De todas formas, no fue mucho. Solo una carta degradante del general que refería “comportamientos inaceptables”. A él, por haber roto una regla muy importante, pero de manera honorable haber confesado su falta. A mí, porque sospechaba que había roto una regla muy significativa también, con la diferencia de que yo, tal como un desvergonzado mentiroso, no había admitido ninguna imputación.

Todo fue por culpa de los chismes esparcidos por soldados ignorantes que querían echar por tierra a un oficial. Desafortunadamente para mí, no había hecho nada y dije la verdad. De hecho, este evento fue la inspiración de las estrofas de mi poema que te mandé en el correo anterior:

Sabía cómo estaría crucificado
Desde los meses de polvo y guerra en dos mil cinco

Cuando su colega pisó el honor de su nación
Por la boca del enemigo, que dio una felación
Su cara cansada del mundo, él era demasiado feo para estar cerca de ella
Entonces la respuesta del general fue que su cara sería castigada

Sin embargo, este evento no fue absolutamente nada en comparación con el tratamiento precioso que recibí de parte del ejército después de mi segundo año en Irak. Fue entonces cuando agarré el estrés postraumático. Originalmente quise escribirte un correo sobre mis problemas con las mujeres en el ejército: el evento de 2005 y el evento de mi salida por mi TEPT. A mi salida del ejército les prometí a esos hijos de la chingada que escribiría un libro sobre todo la mierda que recibí de parte de ellos. Les dije que sus nombres estarían incluidos. Imagino que un buen recuento de todo esto requerirá más de un correo. No sé exactamente cuánto puedo relatar aquí, pero sé definitivamente que me gustaría dar los nombres del enjambre de mentirosos y criminales más apestoso que hay en el mundo: los honorables oficiales militares junto con sus distinguidos psicólogos del Western Regional Medical Command y la base militar Joint Base Lewis-McChord.

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