Los Illuminatis (el octavo capítulo)

De acuerdo, maestro. Finalmente hemos superado la presentación de las canciones entre mí y Noah van Ouwerkerk. Ya sé que no disfrutaste leerla, pero para mí fue importante tratar de convencerte de que existe la posibilidad de que no todo el asunto no haya sido una ilusión. No creo que lo haya logrado, pero al menos quise hacer el intento. Con el viaje a los Estados Unidos para conseguir el permiso de residencia en México, me tomó casi un mes terminar el correo pasado, y me pareció obvio que la demonstración fuera molesta. Tuve que terminar el maldito correo, pero podría escribir un libro entero acerca este diálogo. Yo estaba cambalachando canciones con esta mujer como por un año, hasta que le pedí que dejara de hacerlo por medio de un haiku que puse en mi sitio de la red hace apenas un mes.

Llamé a Jonathan
No puedo aguantarlo más
No pongas más canciones por favor

Después de este Haiku, Noah solo puso dos canciones en su lista de Spotify: “Dónde está el amor?” de los Black Eyed Peas y “Mi corazón continuará” de Céline Dion. Sí, maestro, el tema de la película “El Titanic”. Comprendí su intención: “No me amas. Nunca te olvidaré. Pero de acuerdo, si quieres, todo está terminado”.

No fue mi intención que termináramos. Solo quise decirle que necesitaba más que canciones ocasionales. Luego te explicaré la razón por la que le escribí este haiku luego, maestro, pero mi tarea ahora es decirte otros asuntos. Entonces…

En la casa de mi madre, después del episodio con las drogas, me dediqué un tiempo principalmente a la búsqueda de mi coche. Tenía el número telefónico de Chaz y ya que había visto su licencia de manejar, sabía cuál era su nombre real. Esto me daba confianza. Hice un informe para la policía y mi compañía de seguros, y continué intentando contactar a Chaz con el número que tenía. Mi compañía de seguros me había provisto de un coche de alquiler de un modelo mejor que mi coche. Todo el asunto de Chaz y las drogas me costó seiscientos dólares. No es especialmente mucho. No sufrí ninguna hecatombe financiera. En general, en lo relativo a los asuntos prácticos, mi vida volvió a la normalidad.

Como lo mencionado arriba, seguí poniendo canciones en Spotify en respuesta a las canciones nuevas de Noah, pero esto sucedía en esfuerzos ocasiónales, no diario. Yo estaba confundido por todo el asunto. De hecho, estaba increíblemente decepcionado, pero “la relación” continuaba. O debo decir “interacción”, porque estaba definitivamente interactuando con algo, al menos con una lista de canciones en Spotify, si no directamente con la persona de Noah van Ouwerkerk.

Empecé a pensar más y más en las cosas que originalmente me alentaban las drogas: magia y milagros. La cuestión del Príncipe.

No olvides, maestro, que quería tomar las drogas porque Noah y su familia me habían bloqueado. Pensaba que no existía la posibilidad de contactarla, impresionarla ni explicarle nada. Hasta ahora no he tenido esta posibilidad. Recientemente encontré su perfil de LinkedIn. Hice un perfil para el sitio y le mandé una solicitud para añadirla como contacto, además de un mensaje por medio de una herramienta de chat, incluida en LinkedIn. Noah leyó mi mensaje, no me bloqueó, pero no respondió ni aceptó mi solicitud. LinkedIn solo permite un solo mensaje a las personas cuyas solicitudes de conexión no han sido aceptadas. Te confeso que el año pasado intenté dos o tres veces contactarla directamente. Te referiré de esto luego. Solo quiero decirte que, en ese tiempo, en octubre de 2019, no tenía ninguna esperanza de verla otra vez. Simplemente quería explorar lo sobrenatural. Quería hablar con ella telepáticamente, ser otra persona. Alguien joven, incluso una mujer. Cualquier persona que pudiera interactuar con Noah van Ouwerkerk serviría. Todo excepto ese monstruo de la sociedad que ella y su padre habían amenazado con denunciar a la policía: un hombre viejo.

En cualquier caso, intenté llamar a Chaz muchas veces para preguntarle por el paradero de mi coche. Quería conocer que suerte de fatalidad lo habría disuelto. Su número funcionaba, pero Chaz no contestaba. Aunque, la policía había encontrado el coche abandonado en una carretera, y pude recogerlo en un corralón. Por supuesto, después de pagar abundantes honorarios y llevarlo a un taller para su arreglo. El daño no era extremo, y opiné que el evento era una oportunidad de dejarlo como nuevo. Solo el interior tenía problemas significativos. Por cierto, en el coche encontré varias agujas hipodérmicas, un cinto, los lentes de Chaz, una linterna, un tablón de madera de un metro de largo y otras cosas que no eran mías. Supuse que Chaz no había robado el carro intencionalmente, pero tal vez había vivido su propia aventura con las drogas, lo cual evidenciaría que aquel güey no era un demonio malvado de otra dimensión, sino un drogado patético como yo. Este hecho sería interesante por sí mismo, porque no yo podía negar los patrones que había visto. Aparentemente, Chaz era una fuerza del infierno solamente cuando formaba parte de mis experiencias

Después de una semana o dos, a finales de octubre de 2019, Melinda me marcó por el teléfono de Chaz. Al parecer aún no tenía su propio teléfono. No sé porque me llamó. Trató de explicarme lo que había pasado con mi coche. De hecho, su explicación no me importaba. Sin duda, absolutamente nada de lo que me dijera sería verdad. No tenía que escuchar su explicación. Pero por lo menos me dio la oportunidad de interactuar con ellos otra vez y descifrar toda la mierda que había sucedido.

Al cabo de unos días me encontré a Chaz y a Melinda en un hotel, no me acuerdo del nombre. Creo que eraExtended Stay, pero no estoy seguro. Melinda había estado mensajeándose conmigo sin que Chaz lo supiera. Él estaba en la ducha cuando llegué. Tengo que admitir que Melinda ya no parecía la mujer “no joven pero no fea” que te describí en el otro correo, maestro. Parecía la vieja del motociclista de una Harley Davidson. Su piel parecía de arpillera. Su pelo, lana de acero. Y sus dientes, estaban amarillos y podridos como el Muero de los Lamentos. También su voz sonaba como una persona que había fumado todos los cigarros del mundo y bebido güisque por demasiadas vidas.

Chaz salió de la ducha y él también, a pesar de su baño, parecía tener mala salud. Al principio me pareció que incluso no podía pensar con claridad. Sus ojos tenían una mirada distante. Chaz me aclaró que Melinda estaba probablemente un poco “dopesick”, lo que significaba que no tenía cristal y que probablemente necesitaba meterse un poco de esto o pronto su condición empeoraría. Chaz, por otro lado, parecía mejorarse con el tiempo. Los invité a almorzar por mi cuenta. Al colgar en el cuarto, invité Melinda a pasar tiempo conmigo en otro hotel, sin drogas ni sexo, solo para conocerla a ella mejor, y para ganar una perspectiva diferente del evento de principios de mes. Obviamente todos pensarían que quería llevarla a una cueva para tener sexo con ella. Por supuesto. ¿Por qué no? Después de todo, soy un hombre. En cada caso, Melinda aceptó mi invitación.

Estábamos cerca del centro de Scottsdale, una área pintoresca y llena de turistas y varios restaurantes evocadores, entonces no fue difícil encontrar un agradable restaurante italiano para comer. Melinda era totalmente asquerosa. Pidió todo en el menú. No comió nada. Pero esta vez no estuvo diciendo constantemente que no tendrá sexo con nadie. Por mi parte, en serio, no tenía ningún deseo de tener sexo con ella ni de tomarla como novia. Quería escuchar su historia y posiblemente ayudarle. Aunque, su truco con el menú probablemente fue un juego típico de las mujeres, para probar cuanto yo estaba dispuesto a aguantar de ella con el objeto de determinar cuánto yo la quería. No me impresionó para nada.

Por otro lado, mi conversación con Chaz fue muy agradable. Le pregunté cuánto tiempo había estado viviendo en hoteles. Me respondió que un mes. No mucho tiempo. No era una vida permanente para él. Además, le pregunté cuánto tiempo quería continuar en este tipo de la vida. Me dijo: “ha sido mucho peor”.

Por su parte, Chaz me preguntó acerca mi vida, mis planes, de lo que yo quería hacer en la vida. Le dije que no tenía ninguna idea. Estaba todavía asimilando todo el desmadre en Israel y no tenía planes por el futuro. En ese tiempo no había decido volverme poeta para describir toda la mierda que era mi vida. Chaz me sugirió ofrecerme como voluntario en alguna organización benéfica.

En un momento dado Melinda fue al baño, y Chaz me preguntó por qué quería pasar tiempo con Melinda. Ella le había dicho que yo solo quería conocerla, que posiblemente intentaría ayudarle un poco. Tenía en mente comprarle un teléfono o algo. Chaz me advirtió que Melinda se había llevado a sí misma a su situación, y que sería importante que no le permitiera ser una trampa para mí. Me dijo: “sabes lo que está pasando aquí, ¿verdad?” Le aseguré que entendía la situación.

Créeme, maestro, entendí la situación, y la entiendo ahora más que entonces: Satán robará tu dinero, centavo por centavo, y tu tiempo minuto por minuto, solamente un poco cada vez. Solo necesita una mujer para lograr todo. Nunca se cansa. Ninguna cantidad es demasiado pequeña. Incluso aquí en México donde tengo más dinero que en los Estados Unidos. No tengo un amigo que no me necesite para obtener algo.

Después de la comida, regresamos al hotel por las cosas de Melinda y poder cambiarnos de alojamiento. Chaz todavía era muy gracioso. No tenía un lugar para dormir, pero no me pidió nada. Cuando llegamos al hotel, me ayudó a llevar las cosas de Melinda al coche. Tenía cuatro cajas enormes. Era todo lo que poseía en el mundo. Sí, Chaz me había preguntado si entendía la situación: yo había heredado una mujer. No podía decir mucho. No tenía Melinda otro lugar para dejar sus cosas. ¿Qué iba yo a saber? Le dije a Melinda que tenía que encontrar otro lugar para pasado mañana, pero en mi mente ya podía vislumbrar que había problemas en la mañana.

Dejamos a Chaz en una esquina cualquiera, frente a un Seven Eleven para que pudiera esperar a alguien que pasara por él.  Melinda y yo nos fuimos en coche a un Best Buy para que hacerle un regalo: un teléfono barato con un flamante mes de minutos y datos. Ella estaba muy sorprendida y agradecida. Todo me costó ciento cincuenta dólares. No mucho. En la tienda se comportó de manera muy extraña. Nerviosa. Sí, maestro, tenía indiscutiblemente el dopesick. Desapareció en el baño por un tiempo largo. Me preocupaba que los empleados creyeran que Melinda era una ladrona. Tuve que sacarla del baño para que pudiera escoger su número telefónico y aceptar su teléfono.

Más tarde, manejamos a su hotel favorito, de cuyo nombre no me acuerdo. Afortunadamente no era muy caro. Aunque era una mujer, nada con Melinda era caro. ¡Un milagro! Inmediatamente después de llegar al cuarto, Melinda me dijo: “Quiero drogarme. No tienes que tomar nada, pero lo necesito. El problema es que solo tengo un poco”.

En ese entonces, maestro, hice algo que no puedo explicar. Solo imaginaba que conversaríamos durante la noche y veríamos televisión. Pero no salió como eso en absoluto. Le dije a ella: “claro, Melinda, supongo que puedo tomar una calada. Además, puedo comprarte algo más para que puedes vender algo y conseguir un poco dinero”. Aparentemente, algo en mi alma quería explorar el mundo de drogas. ¡Qué imbécil!

Al cabo de fumar su poca cantidad de cristal, nos dimos a la tarea de conseguir más drogas. En el camino pude finalmente escuchar su historia. En primer lugar, su apellido era Molnar. Melinda Molnar. Aparentemente, sus antepasados eran de Hungría. En un correo anterior la describí como un miembro de una Sociedad de Padres de Familia de una escuela de clase media. Esto casi era verdad. Era la esposa de un líder de estudios bíblicos en una iglesia bautista. Como se había divorciado, la iglesia era muy cruel con ella. Al parecer, su esposo era importante en la comunidad. Confía en mí, maestro, conozco esta historia demasiado bien. No te olvides de Harold van Ouwerkerk, el rico empresario. Puedo contarte de nuevo sobre la reacción que tuvo la comunidad de la sinagoga ante mi situación con este “distinguido” y “reputado” holandés. Probablemente lo haré en otro correo junto con dos o tres experiencias personales que me han convencido de que no hay ningún espíritu de Dios en la mayoría de las iglesias y sinagogas del mundo.

 Melinda sobrevivió como cantinera trabajando en varios bares hasta que se quebró la espalda durante las preparaciones de un concierto. En su recuperación se volvió adicta a los opiáceos, y el resto de su historia fue un descenso a la vida de las calles. Cuando hablaba de su vida, Melinda se enorgullecía mucho por haber dejado los opiáceos. Aparentemente, en algún lugar del camino encontró el gusto por las metanfetaminas, que todavía no había conseguido dejar.

También me contó de la vez en que cuatro cabrones la echaron en una camioneta para violarla. Este evento fue para ella la fuente de su estrés postraumático. Me prometió que nunca había trabajado como prostituta. No sabía si creerle. Para mí, la tentación de ganar dinero fácil habría sido muy fuerte en tales circunstancias. Posiblemente quería impresionarme. O a lo mejor tenía vergüenza acerca del sexo en general. No supe mucho de esta mujer. Por otro lado, posiblemente, a consecuencia de su violación, sentía un odio genuino al sexo o a los hombres… o ambos. Al final, mi impresión de Melinda fue de que ella era de verdad una persona con debilidades extremas y seguramente una persona muy desesperante, pero de un buen carácter.

Le pregunté por Chaz y su novia Rebecca. Me dijo que no sabía nada de ella porque Chaz había encontrado a una chica llamada Haley, quien se había separado de su esposo con una cantidad de dinero de él y había estado pasando su tiempo en los hoteles con los traficantes. Haley vivía con dos hombres negros, el traficante Ron y un hombre viejo, que llamaré El Intermediario. De hecho, el nombre del viejo era en inglés “Mr. Middleman”, alguien que conecta clientes con traficantes, básicamente un intermediario. Hasta donde yo sé, El Intermediario no intercedía entre traficantes y clientes. Probablemente después te diré por qué le di este apodo.

Melinda expresó curiosidad por esta chica de Chaz. Le pregunte si era guapa.

Ella se encogió de hombros: “No sé. Tiene buen cuerpo”, respondió.

De hecho, maestro, al siguiente mes de mi encuentro con Melinda, en noviembre de 2019, escribí un poema sobre Haley que contiene la estrofa:

La memoria de los mil rizos de la morena
Lamiendo el oxígeno de la circundante atmósfera
Como titilantes lenguas de chocolate flama
Invoca un retrato de la perfecta dama
Como un marco para los ojos de una mujer abierta
Que revelan el alma de una mentirosa

Pero ese cuento te lo detallaré después.

Finalmente lleguemos a su traficante. Ron era un güey negro de onda muy sincera y agradable. A la primera mirada supe que podía hacerme su amigo. Nos encontraremos con él en el estacionamiento de un Motel Six. Sí, maestro, en mi país hay aparentemente una población entera que constantemente va de Motel Six en Motel Six. Ocasionalmente rompen con la tradicional mudanza para alojarse en un Extended Stay. Algunos de ellos hasta tenían licencia de manejo. Pero ya he comentado mucho de este fenómeno en otro correo.

No entremos a la habitación donde estaban Ron y El Intermediario. Ron nos encontró en el estacionamiento del hotel. Hacía un poco de frío, pero Melinda quería hablar sobre cualquier cosa con Haley. Aparentemente las chicas habían tenido una discusión y Haley tiró algo de ropa de Melinda. Después, las chicas hicieron las paces y yo tuve la oportunidad de ver a Haley por primera vez. Sí, era una mujer bonita, y tenía un buen cuerpo. Solo la vi por unos minutos. Tuvimos que salir porque no era una buena idea vernos en un estacionamiento frío durante mucho tiempo con drogas en los bolsillos. Nos despedimos y Melinda y yo regresamos a nuestro cuarto.

En cuanto entramos al cuarto nos pusimos a fumar cristal de manera fulminante. Yo me senté en el sofá y Melinda fue al baño para darse una ducha. Yo estaba considerablemente drogado, y ahí, solito, empecé a intentar cambiar mi cuerpo por mi mente. Miré mis brazos para imaginarlos sin pelo. No me gusta mi pelo. Tengo demasiado pelo en todas partes, excepto en mi cabeza. También intenté imaginar que tenía el abdomen de Bruce Lee en lugar de mi panza. No quería ser como un Hulk. La imagen de un héroe asiático de las artes marciales era mi modelo. Quizá algo afeminado, pero fuerte, limpio y obviamente joven. Tal novio seguramente impresionaría a Noah. Ahora que lo pienso, no sé porque no intenté hacerme más alto. Noah es muy alta. Creo que, por la diferencia de edad entre nosotros, yo necesariamente sería algo así como un padre para ella, de la misma manera que ella podría ser una madre para mí, por su altura. Me gusta su altura.

¿Entiendes, maestro? Estos ejercicios mentales tenían la base de que la realidad era un producto de las percepciones de los hombres. O sea, el producto de la mente de Dios, quien altera la realidad según nuestros pedidos. Sin embargo, yo soy un cristiano (uno que odia las iglesias y a la mayoría de los cristianos). Ya sé bien que la realidad no es solo una percepción. La duda aquí es, ¿Qué puede pedir un cristiano a cambio de la realidad de Dios? Por ejemplo, Jesús simplemente le dijo al paralítico: “Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa”. Es decir, la manera en que una persona pide no es tan importante. Es un asunto de fe en la voluntad de Dios. Si quieres cambiar la realidad, por ejemplo, tú quieres cambiar tu cuerpo y no puedes, según el Príncipe, porque no tienes suficiente fe. Según el Único, no tienes suficiente fe o el Padre simplemente no quiere cambiar tu cuerpo. Por lo tanto, no pude cambiar mi cuerpo. Mi panza aún estaba allí.

Mientras estaba sentado en el sofá, intentando cambiar mentalmente la forma de mi cuerpo, Melinda salió del baño para maquillarse frente al espejo. Hasta donde yo supe, yo solo había estado sentado en el sofá con los ojos enfocados en mis brazos y en mi panza. Pero Melinda me dijo: “Te lastimarás si sigues haciéndolo”.

No supe a qué se refería. Yo simplemente estaba sentado.  ¿Se habrá dado cuenta de lo que estaba pensando?

No te olvides, maestro, de que la telepatía era la otra superpotencia que yo estaba buscando. Como Noah me había bloqueado, mi única oportunidad para comunicarme con ella era a través de un sueño o algún otro tipo de comunicación sobrenatural, como la telepatía.

Después Melinda me dijo: “puedo leer tu mente”.

“¿En serio? Acabo de pensar en esto”, le dije.

“Ya lo sé”, respondió.

“¿Puedes probármelo?”, le pedí con mucha curiosidad.

“Sí, pero para poderte demostrar cómo lo hago tienes que dejar de molestarme. Vamos afuera a fumar”.

De nuevo, afuera del hotel, mientras fumábamos, le pedí otra vez que me enseñara cómo era que podía leer mi mente. Ella solo se quejó diciendo: “¡no funciona así! Tienes que dejarme hacerlo a mi modo”.

Después se puso a hablar de varios temas incoherentes. Pude notar que la desesperaba mucho con mi insistencia. Yo estaba bastante drogado, pero todo el asunto de “leer la mente” me había parecido un truco de Melinda. Pensé que en realidad no sabía cómo hacerlo y que nada más se hacía la interesante. Regresamos al cuarto y comenzó a rezongar de inmediato.

Se comportó tal como es habitual en ella. Se encabronó mucho y empezó a quejarse de todo. Yo estaba, según ella, demasiado cerca, lo cual le parecía muy raro e incluso espeluznante.

Tenga en cuenta, maestro, que yo tan solo estaba sentado en el maldito sofá. Al final, me recomendó que saliera del hotel para caminar y dejarla en paz. Estuve de acuerdo. Para mí, esta era la oportunidad de experimentar el mundo por mi cuenta e intentar cambiar mi cuerpo. No me di cuenta de que Melinda intentaba deshacerse de mí.

Mira, maestro, en aquel momento ya tenía la sospecha de que probablemente nunca había podido cambiar mi cuerpo, porque Melinda me había visto en todo momento como el viejo Jonathan Bailey y no como el joven Jonathan Bailey con cuerpo de Bruce Lee. Pero los extranjeros en la calle no me conocían ni sabían qué esperar de mi aspecto. Entonces, posiblemente ellos verían lo que yo visualizaba en mi mente. Sí, maestro, esta idea de modificar la percepción correspondía más al camino de un hechicero que al de un hombre de Dios. Estaba contento de salir de la habitación y poder experimentar sin la molesta presencia de Melinda.

Aunque tampoco en la calle pude cambiar mi cuerpo, la gente allí me miró de manera extraña. Esto me recordó la noche en que esperaba a mi madre en el restaurante, con las dos chicas que me trataron como mujer hasta que les dije que me llamaba Jonathan. Es decir, no podía cambiar mi aspecto según mis percepciones, pero no estaba seguro de que los otros me verían como yo me veía. El ejercicio era interesante. Estaba sorprendido por lo difícil que era determinar la naturaleza de la realidad y mis percepciones. Como el Príncipe de mi legenda, siempre había otro experimento que quería probar. Nunca se me ocurrió, pero tal vez simplemente hubiera sido más fácil preguntarle a alguien en la calle: si tenía mucho pelo en el brazo o no.

Después de un rato regresé a la habitación donde estaba Melinda. Cuando llegué había otras dos personas en el cuarto. Uno era un negro que no hablaba mucho. El otro era Marcus, un latino que hablaba perfecto inglés. No sé si era mexicano o de otro país, o si era estadounidense con padres latinoamericanos. En cualquier caso, su cultura latina no era relevante en absoluto, excepto por una cosa que explicaré un poco más adelante.

Marcus tenía un estuche de cuero muy fino como de barbero, como esos en los que guardan sus tijeras y sus navajas, toda la mierda que necesitan para hacer su trabajo. Pero lo que Marcus metía allí eran sus drogas, bolsitas, básculas, etc. Todo lo que él necesitaba para llevar a cabo su oficio de dealer. Él era un hombre muy ordenado. Traía una camisa de cuello negro con pantalones caqui. Algo me dijo que tenía un acta de nacimiento y que no vivía en un Motel Six. Supuse que el hombre negro era su seguridad. Al menos en un primer momento tuve esa impresión.

En cuanto entré, Melinda me dijo, casi seductora: “Las personas que usan drogas, siempre quieren algo…” Entonces hizo una pequeña pausa, como si pudiera adivinar exactamente qué era lo que yo necesitaba. “Él es Marcus. Es mi amigo”.

El mencionado Marcus se encontraba en la mitad de algo. Minucioso y elegante, interrumpió lo que estaba haciendo y, después de los típicos saludos, me dijo: “Si quieres salir, solo ten cuidado con la puerta, que nadie vea hacia adentro”. El negro no dijo nada. Solo se quedó mirando. Marcus se dirigió a Melinda para preguntarle que qué me había dicho.

“Solo que yo podía leer su mente”, respondió.

Marcus asintió, pero no dijo nada, solo me miró.

Entonces quise saber si Marcus podía acceder a mis pensamientos. Le dije en silencio, telepáticamente:

“¿También tú puedes leer mi mente?”

Marcus solo me miró con una sonrisa, no sé si comprendiendo o simplemente siendo irónico. No dijo nada, pero me dio la sensación de que él algo entendía. Después le dije en voz alta: “No puedo quitarme el pelo de mis brazos”.

Otra vez Marcus sonrió y sacudió la cabeza, volteó hacia Melinda y le dijo que jamás había visto algo como esto.

Melinda le respondió que no entendía por qué yo no podía hacer tal cosa.

“Él es uno de ellos”, dijo Marcus.

“¿Uno de ellos? ¿Quiénes son ellos?”, quiso saber Melinda.

De pronto una voz en mi cabeza habló: “él es un judío”.

Poco después también escuché a Melinda decir que no entendía por qué eso sería importante. No sé si la escuché porque lo dijo en voz alta o simplemente porque lo escuché. Yo estaba mirando a Marcus. De cualquier manera, añadí en voz alta que era complicado.

No sé por qué escuché lo que escuché: Él es judío. Creo que la voz era de Marcus, pero no lo sé con precisión. No tengo ni una gota de sangre judía en mi cuerpo. Posiblemente tenía algo a ver que un versículo del apóstol Pablo:

Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en su interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios.

Romanos 2:28-29

Se refiere al concepto de Pablo de que los judíos son “el pueblo de Dios” y por eso, alguien que es “una persona de Dios” es “un judío” según un sentido metafórico.

O posiblemente Marcus estaba hablando de algún predecesor mío, de hace miles de años a quien yo no conocía. Pero para mí las palabras eran extrañas. Podía decir que yo era un servidor de Dios, un teísta o un cristiano, pero ¿judío? Era interesante.

Mis pensamientos volvieron al hecho de que yo no podía depilarme los brazos mentalmente.

Marcus me miró un poco, luego se dio la vuelta y se dijo a sí mismo: “Él sería una cabrona maravillosa”. Yo me quedé estupefacto. Otra vez estaba envuelto en asuntos de género. Aunque es cierto que el cuerpo perfecto que me había imaginado era más femenino que el mío, según ciertos estándares (Bruce Lee es lampiño, como suelen ser o pretender serlo las mujeres). Pero, otra vez, como cuando Chaz me vendió como una prostituta o como cuando las chicas del restaurante me trataron como a una dama, lo que decía o hacía —en este caso, el deseo de tener un cuerpo sin pelo—, era interpretado como la indefectible voz de una fémina encerrada en el grosero cuerpo de un hombre.

Sí, maestro, tengo problemas con los géneros. No soy exactamente un misógino. Amo a mi madre, a mi hija, a Chloe. De hecho, la mayoría de mis amigos son mujeres.

Sin embargo, me molesta el trato que en general da la sociedad a hombres y a mujeres. Es decir, creo que la sociedad prefiere a las mujeres sobre los hombres. Creo que antes ya había escrito sobre este tema. Y sí, maestro, supongo que puede haber una pizca de envidia en mi actitud.

No creo que esto sea especialmente raro ni dañino. De vez en cuando alguien dice: “no es justo que los hombres pueden hacer tal cosa…” o “no es justo que mujeres puedan tal otra, bla bla…”  Pienso que es normal que haya cierto tipo de envidia entre hombres y mujeres.

Es verdad que en mis correos te he mencionado algunos problemas que he tenido con las mujeres, y probablemente te contaré más de estas experiencias en el futuro, pero no me veo como misógino ni transexual.

Para mí, el hecho de que cayeran sobre mi persona tantas referencias a una transformación literal y física de género, era muy intrigante. Me parecía que mi mundo interior y mi mundo exterior estaban conectados de una manera muy amplia y clara. E incluso, algo más raro todavía, era que posiblemente Marcus sabía más sobre mí de lo que yo sabía sobre mí mismo.

Siempre he creído que soy solo un hombre con cierta comprensión de su anima, de su lado femenino. Aunado a esto, posiblemente mi mundo exterior intentaba convertirme en un transexual. No dije nada sobre su comentario hacía mí como una cabrona. Pero esto obviamente era mucho más que un solo comentario de un narcotraficante.

Por un momento apareció en mi mente la idea de que los dos querían transformarme en una mujer y que el negro en la habitación no era la seguridad de un narcotraficante, sino una estrella porno de un BBC (“Big Black Cock”) escena. Después de todo, Melinda era una amiga de Chaz. Empecé a preocuparme un poco.

También quiero comentar un poco acerca de la telepatía. Cuando oyes una voz en tu cabeza, ¿cómo sabes que no es una alucinación? Sí, maestro, quería tener el poder de la telepatía para comunicarme con Noah van Ouwerkerk. Pero, sin poder confirmar por otro medio que mi interacción con ella, ¿cómo saber si realmente podía interactuar con ella o si en cambio todo era tan solo un truco de mi mente?

Dado que estas experiencias además involucraban drogas, tenía buenas razones para dudar de mis capacidades telepáticas. Entonces sospechaba que tenía un diálogo con Noah van Ouwerkerk por medio de las canciones de Spotify, ¿recuerdas? Pero todo esto era mera especulación sin la confirmación de voces y miradas. Todo podía ser nada más que mi imaginación. Sin embargo —y a pesar de las drogas—, estaba en la habitación de un hotel hablando por mi boca y por mis pensamientos, sin tener problemas de comprensión, con un hombre que se llamaba Marcus.

Él asentía comprendiendo notoriamente lo que yo le había dicho antes. Me contestaba lógica y cordialmente: “Ya sabes, muchos de nosotros podemos hacer básicamente todo lo que queremos”.

Yo pensaba para mí y también para que Marcus me escuchara: “¿Pero cuánto tiempo?”

Marcus abrió su boca para decir: “Algunos de nosotros somos muy viejos. Vivimos mucho tiempo”.

Le preguntó a Melinda: “¿De verdad? ¿Cuánto tiempo?” Por supuesto que una mujer no podía evitar esta forma de curiosidad. De verdad que cualquier persona debería tener interés en el tema. Si una persona tuviera el poder de Dios, ¿por que moriría? Pero, al vender el alma, normalmente la mayoría no contempla la muerte. Aunque el poder de una mujer está conectado a la belleza y la juventud. Si una mujer pudiera pedir lo que desea, normalmente elegiría la belleza. La belleza eterna. Por eso Melinda no podía evitar la pregunta. Marcus no dijo nada.

Por eso le dije a Melinda: “siglos” y Marcus asintió. Pero además pensé para los dos: “pero siglos no es para siempre. ¿Qué pasa después?”.

Hubo un gran silencio en la habitación. Marcus estaba mirando a Melinda. Yo tenía la sensación de que estaban hablando telepáticamente y que no querían que yo los escuchara. De repente Melinda me dijo: “droguémonos”. Marcus le entregó una pipa llena de cristal. No pagué nada. Melinda encendió la pipa y me la dio. Me dieron más y más cristal. Marcus y el negro no tomaron nada. Solo Melinda y yo, y yo más que ella. Eventualmente no me sentí como normalmente me siento cuando tomo cristal. Me sentía muy, muy relajado. Como en un sueño.

Después el negro me dijo la única cosa que de hecho dijo durante toda la noche: “Me preocupa que vayamos a tener una sobredosis”.

En este momento pensé en Dean. Para explicar quién es este personaje tengo que contar un poco sobre la chica de fuego. Su nombre es Skyla Edwards, aunque antes se llamab Skyla Abadir, y antes Skyla Felicci, y anteriormente Skyla Bailey. Se trata de mi prima, la hija del hermano de mi padre.

Nos amamos desde que teníamos ocho años. Cuando éramos adolescentes fuimos amantes. La familia no aguantó esa “tontería” y nos separó. Ella es mi alma gemela. La he amado toda mi vida. Después de que nos separaron, por algunos años me dediqué a irme de fiesta y a drogarme, así estuve hasta que me uní al ejército. Ella se embarazó y se casó con un abogado, Paco Felicci. Después tuvo un divorcio miserable y se volvió a una stripper. No te recomiendo casarte con un abogado, maestro. Mucho menos divorciarte. No es divertido para nada. Como stripper, Skyla encontró a un millonario de Egipto, Magdi Abadir, que quería una esposa que le diera tríos con otras strippers. Pero, Paco, el abogado, le quitó a Skyla su hijo y ella se volvió depresiva. Entonces Magdi se divorció de ella. Durante esta época tuvo su tercer esposo: Dean. Dean era adicto a la heroína. No trabajaba. Tenía que aguantar el trabajo de su esposa en los table dance. Después, un día, Dean murió en el cuarto de un hotel cualquiera a causa de una sobredosis de metanfetaminas. Al final, Skyla se convirtió al cristianismo y se casó con un ingeniero de Inglaterra. Tienen dos hijas y viven en Arizona.

Sí, maestro, no quería ser la segunda baja por una sobredosis de cristal en un cuarto de un hotel por el amor de mi vida. Le dije a Melinda: “tengo suficiente ahora”. Aparentemente, este negro era de alguna manera escalofriante. Inicialmente era la seguridad. Después era una verga gigantesca que iba a follarme como a una puta. Y ahora era el heraldo de mi muerte por sobredosis.

Melinda replicó: “Creo que debes seguir adelante. Tus sueños están a punto hacerse realidad”.

“No”, le dije. “No me siento bien. Creo que quiero irme a mi casa. Mañana me regreso”.

Marcus me dijo: “Si quieres continuar, fuma esto”, y me dio una bolsita de cristal. Fue al menos un decimosexto de una onza. El frente del bolsito era claro, blanco por el cristal. Pero el reverso era negro, con el dibujo de una calavera blanca. Antes, en este correo te dije, maestro, que la cultura de Marcus no era importante excepto por una cosa: a los mexicanos les encantan las calaveras.

Probablemente en otras circunstancias habría olvidado el tema. Mi amigo George, un mexicano-estadounidense, tiene calaveras por toda su casa. Sus toallas tienen dibujos de calaveras. Su cortina de baño tiene dibujos de calaveras. Sus dispositivos de iluminación son calaveras. Tiene varias pinturas de calaveras. Además, conozco algunos mexicanos que tienen tatuajes de calaveras. Cuando estoy en México siempre veo camisetas con calaveras por todos lados. Las calaveras son simplemente una parte de la cultura latina. De nuevo, normalmente no me habría fijado en la calavera de un latino. Aunque en esta circunstancia me impresionó esa bolsita de cristal con la imagen de una calavera. Lo interpreté como un posible aviso de muerte.

Sin embargo, soy muy, muy estúpido. Salí del cuarto y manejé de un extremo al otro de la ciudad por media hora, absolutamente drogado, rumbo a la casa de mis padres. Al llegar me di cuenta de que no tenía pipa, entonces usé un popote y papel aluminio para improvisar algo que me permitiera fumar la cantidad entera. Pero Dios me ama. Por accidente puse el encendedor demasiado cerca del papel aluminio y lo quemé, provocando que todo el cristal se evaporara instantemente. Si no hubiera cometido este error, es probable que todavía estuviera volando alrededor de la novena dimensión, con Dean, el marido trágico de la chica de fuego.

Tal vez estaría mejor que ahora, o por lo menos, seguro que habría estado mejor que en el momento inmediatamente posterior. Sentado en mi recámara, con el papel aluminio chamuscado en mi mano, sustancialmente decepcionado porque no había modos de destrucción disponibles, absolutamente drogado y delirante, me fui a dormir.

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