El otro Jonathan (el vigésimo segundo capítulo)

Hola, maestro. Supe que finalmente has abierto tu estudio de yoga. ¡Me emociona mucho! Probablemente asistiré a tus sesiones los martes. No lo sé. No he practicado yoga desde hace mucho tiempo. Necesito retomar el ritmo.

Me mudé a mi nuevo departamento. Tiene una maravillosa vista del Expiatorio. Es espectacular. Además, te cuento que vi a Mayra hoy. No a Mayra Flores, la escort. Me refiero a Mayra Arroyo, mi exnovia que conoces bien. Puta madre, maestro. ¡Verga! Fue muy estresante, pero amo profundamente a esa perra. Te voy a contar más de esto por Zoom o quizás el sábado, navegando en un lago de tequila.

Pero okay, por ahora solamente quiero escribir otro correo sobre mis experiencias en México. Este no tendrá nada que ver con los mexicanos o con el país. De hecho, después de mis aventuras con Carolina, no tenía ganas de hacer nada. Lo cual era estupendo, porque aunque hubiera querido, nadie podía hacer nada en el verano de 2020 por la histeria de COVID. Durante ese tiempo, alternativamente me sentaba a escribir en mi departamento de Zapopan o hablaba con mi familia o mis amigos de diferentes partes del mundo. Sí, me sentía solo en el depa. De hecho, la experiencia me recordó mi año en Israel. Probablemente por eso pensaba mucho en Israel y por ende en la chica electroquímica.

Maestro, a lo largo de los dos últimos años intenté contactarla de varias maneras, sobre todo al poco tiempo de haber regresado de Israel —probablemente pensarás que soy un acosador—. Me hice diferentes cuentas en Facebook para mandarle mensajes. Nunca respondió.

También le mandé mensajes a su hermana Levia. Me sugirió que buscara ayuda psicológica. Su comentario me resultó demasiado obvio. Fue como si el buen samaritano le hubiera dicho al judío herido que fuera al médico. No voy a negar que algunos años de terapia podrían ayudarme, quizá tanto como unas horas de conversación con el objeto de mi trauma. Mi único problema era que, para ella, naturalmente, era preferible que yo sufriera de años de terapia antes de persuadir a su hermana Noah de tener una conversación con un maldito pervertido como yo.

Tampoco es que les haya mandado millones de mensajes, solo algunos privados de vez en cuando. Nunca me respondieron. Esta vez no se esforzaron en bloquearme, probablemente porque ya antes había intentado evitar sus bloqueos con la creación de cuentas diferentes. Simplemente me trataron con total indiferencia, y funcionó.

Me di cuenta de que no tenía ningún sentido seguir intentando. No tenía ninguna posibilidad de recibir una respuesta. Decidí solo escribir para mí en mi mundo personal e interior de mi blog y Facebook. Si alguien quisiera comentarme algo, bien, y si no, yo aceptaría esa realidad.

Si bien los meses del verano de 2020 fueron difíciles, me dediqué a analizar mi vida y los acontecimientos de 2019.

Había estudiado ruso, árabe y hebreo —los idiomas de Israel—, además de mi maestría en judaísmo en la universidad. Por alguna razón, decidí visitar por primera vez la tierra de Jesús después de brindar veinte años de servicio en el ejército, herido de TEPT durante los dos últimos. Por obvias razones, mi estado psicológico, a mi llegada a Tierra Santa, me impedía tolerar que alguien me acusara de ser una amenaza para las mujeres.

Aquel año en Israel fue terrible. No tenía a nadie con quien hablar y mis intentos de relacionarme con las personas acabaron en una acusación que me señalaba como una amenaza para las mujeres. Irónicamente, esta vino de una familia cristiana, mis presuntos hermanos de fe. Mi respuesta fue amar a Noah —para quien supuestamente yo era una amenaza— de una manera indescriptible e irracional.

A mi regreso a los Estados Unidos volví a las drogas y visité al mismísimo diablo en el infierno. Su nombre era Chaz. Un personaje que con mi ayuda emprendió un esfuerzo colosal por derrumbar la cordura que me quedaba. Casi lo logra.

Para mí, todos de estos eventos desafortunados no tenían otro propósito que alejarme de Israel. Todo me parecía ser un plan perfecto del demonio. Además, como te escribí en mi correo anterior, mi solución de irme a México resultó ser un paraíso lleno de tentaciones accesibles. Era un gringo con bastantes dólares rodeado de legiones de mexicanas deliciosas.

Sentía que mi vida era como la novela del Fausto. Yo era un Daniel Brown cualquiera, como en el cuento de Juan José Arreola que me recomendaste. Mi historia era un arquetipo. Por cierto, maestro, ¿te acuerdas de lo que te escribí sobre El Único y el Príncipe? El dogma del Príncipe es que la realidad es lo que imaginas, mientras que el dogma de El Único es que la realidad es una historia escrita por Dios. Mi vida era definitivamente un cuento con muchos mensajes.

Hablemos ahora sobre el fenómeno que yo denomino: mi amor por la chica electroquímica. Ya te he escrito acerca de mi estrecha relación con Chloe —mi X-23, una chica de la edad de mi hija—, además, claro, de todos mis esfuerzos por contactar a Noah. También te he mencionado ya de mi amor por la chica de fuego, algo así como un alma gemela que tengo, a pesar de que ella está casada y tiene dos hijas y ha habido lapsos muy largos —décadas—, en los que no he cruzado palabra con ella.

Noah parece ser una mezcla de ambas: es joven y lejana. ¿Será ella una chica de fuego II? ¿O una X-23 II? Esto no parece ser muy romántico, maestro. Aunque, desde una perspectiva diferente, puedo decirte he sido diseñado para enamorarme de una mujer joven y ausente. Para mi corazón, amar obsesivamente a Noah van Ouwerkerk es algo casi natural.

Si a mi condición previa le sumas el colapso emocional de TEPT que tuve cuando Harold llamó a la policía y la catástrofe que trajo consigo el cristal, el resultado solamente puede ser mi actual relación con la chica electroquímica. El romance entre un soñador y una quimera. De hecho, me atrevo a decir que todo lo referente a ella fue obra de Dios. Ahora te explico.

Creo que sin este amor —tan absoluto como irracional— de mi parte hacia esta adolescente casi desconocida, habría olvidado Israel. Es verdad que a causa de ella tampoco he podido sentirme cómodo en México, y tampoco he podido hacer nada para aliviar mi incomodidad. Por eso intenté varias veces comunicarme —sin fortuna— con la señorita van Ouwerkerk. Ya que mis experiencias me habían entrenado para amarla, tenía que averiguar si toda esta historia tenía un propósito o un porqué.

Los meses de frustración que pasé intentando resolver el misterio de Noah van Ouwerkerk produjeron otra cosa. ¿Por qué había sido tan importante para esos cristianos en Israel olvidarme e ignorarme? ¿Cuál era su poderosa razón para no permitirme una oportunidad de sanar mis heridas entre hermanos? Se supone que los cristianos deben amar a sus enemigos, ¿verdad? Tienen que perdonarlos. Pero los Ouwerkerk no tenían ningún interés en escuchar ni una palabra de mí.

Fue así que en el verano de 2020, después de varios intentos por contactar a la chica como cualquier acosador, decidí hablar con su hermano, Jonathan, sobre la oportunidad de conversar con Noah. Lo conocí en la casa de Harold, en la misma fiesta en la que conocí a Noah. El tipo era extremamente afeminado. Sospeché que era gay. Vivía en los Países Bajos, a diferencia del resto de la familia que vivía en Israel. Estudiaba psicología en la universidad. Era un hijo extraño para un religioso como Harold.

Quiero enfatizar que no me consta que Jonathan sea gay. Solamente lo supongo por su afeminación y por el hecho de que parecía separado del resto de la familia. No sé prácticamente nada de este grupo de holandeses, pero me dio la impresión de que Jonathan podría ser diferente a su familia de religiosos, quienes no toleraban que un hombre viejo hablara con una adolescente.

Fue fácil encontrarlo en Facebook. No me había bloqueado y no había hablado con él antes, por lo que no decidió ignorarme. Le mandé un mensaje y respondió. Debo decirte que nuestra correspondencia no me hizo sentir en la presencia del Espíritu Santo.

Le dije que había estado intentando contactar a su hermana y que posiblemente ella no usaba la aplicación de Facebook Messenger porque no me respondía. Él me dijo que de hecho Noah sí usaba la aplicación pero que no me quería contestar. Le dije que yo quería contactar a su hermana. Me preguntó que por qué, le dije que quería hablar sobre cosas relacionadas a mi salida de Israel y otras que estaba pensando.

Maestro, contarle todo lo que me había sucedido desde que conocí a su hermana habría sido imposible. Era simplemente demasiado. No obstante, me ofreció arreglar una mediación. Supuse que no podría hablar con ella personalmente, pero sí llevar mis mensajes y traer los de ella. De esta manera podría tener una conversación con Noah.

Le dije a Jonathan que era muy importante para mí contactarla por un tiempo —no sabía cuánto—  y en un entorno en el que ella pudiera estar completamente cómoda y ser honesta conmigo. Normalmente las personas no pueden ser honestas consigo mismas e imaginé que si su hermano escuchaba a cada una de sus palabras, ella me diría cualquier cosa. Era básicamente la misma situación de 2019 cuando su padre le dio el teléfono con el imperativo de deshacerse del monje acosador.

Me escuchó pero no pude convencerlo de que me ayudara a hablar con su hermana. Al final sólo le pedí que le dijera que lo había contactado y que quería hablar con ella. No quiso. Pude notar que mi persona despertaba cierta animosidad entre los Ouwerkerk. Seguramente, ahora toda la familia iba a opinar sobre mi acercamiento con Jonathan. Después de todo, el monje acosador intentaba causar problemas de nuevo. ¿Cómo podría ser posible que Jonathan no le dijera nada a nadie? ¿O puede ser que Jonathan fuera directamente con Harold u otros miembros de la familia, pero no con Noah? ¿Qué tipo de familia loca es esta?

Me di cuenta de que estaba hablando con un enemigo. Me frustré. Le dije que no me parecía obvio que fuera a ayudarme. Después le mandé una copia de un ensayo de mi autoría que trataba sobre los moralistas religiosos que se oponen. Tenía por título Los perros del infierno. Por mensaje privado de Facebook le escribí: “El Señor te retribuirá conforme a tus hechos”, una frase que el apóstol Pablo solía decirle a sus enemigos. Fue el fin del la conversación.

Estaba destrozado. Por supuesto, los Ouwerkerk suponían que yo quería hablar con Noah porque necesitara violar con urgencia su adolescente y holandesa vagina.

Hundido en un abismo de decepción que engullía todo mi cuerpo, mi vida transcurrió en Zapopan durante la época de COVID. Y, maestro, estaba en México, el lugar que el diablo quería que definitivamente fuera mi hogar. Era obvio que si hubiera querido buscar mujeres, drogas y aventuras, bien habría podido encontrarlas sin dificultad —especialmente en las playas—; pero no quería nada de eso.

Mi vida en México continuó sin que yo pudiera comprender cuál había sido el significado de mis viajes a Israel o el de mi amor a la chica electroquímica. Lo peor era que el presentimiento que tenía de que había un destino para mí afuera de México y con otra gente me iba abandonando poco a poco.

Sí, las cuestiones sobre la naturaleza de la realidad y de mi propia locura también persistían.

Después de mi conversación con Jonathan tuve que preguntarme si había un cristiano en el mundo que pudiera comportarse como un verdadero cristiano. Te he dicho muchas veces, maestro, que los Ouwerkerk son pilares de la comunidad religiosa; pero no había recibido nada de ellos aparte de sus reportes a la policía, su falta de perdón y su falta de voluntad para ayudar a un desconocido, o a un enemigo.

Esto se convirtió en un nuevo aspecto acerca de mi deseo de contactar a la chica electroquímica o su familia: quería ver el espíritu del amor en ellos. Un amor real. No sólo un amor sexual o familiar, sino el amor hacia un desconocido asqueroso que necesitaba ayuda.

Con esto en mente, luego de unas semanas contacté a Jonathan otra vez. Le dije que estaba interesado en su oferta de mediar la conversación entre Noah y yo. Su respuesta fue que esa oferta no estaba más en la mesa.

Esta vez Jonathan parecía estar molesto. Me recordó que le había mandado el ensayo sobre los religiosos moralistas. Se quejó de lo que él interpretaba como un maltrato. Le pregunté si quería una disculpa. Y también le dije que su comportamiento ahora me parecía un poco vengativo, pero si quería una disculpa podía dársela sin problema.

Me dijo que podría ayudarme con cualquier cosa que no fuera contactar a su hermana. Nos pusimos a hablar de otra cosa —ahora no recuerdo de qué—, igual le pedí que me ayudara con aquello y también me rechazó. Le su reclamé su incongruencia, que me mintiera tan descaradamente. Él ahora estaba muy frustrado conmigo. Me dijo que no siempre podía conseguir lo que quería. Otra vez me di cuenta de que estaba hablando con un enemigo y de que no había ninguna razón para continuar perdiendo el tiempo con él.

Así terminó mi aventura como acosador. Nunca supe cuáles de mis canciones o poemas había leído Noah, si es que acaso hubiera leído algo. De cualquier forma continué con mi relación a distancia por medio de las canciones, tanto como pude, pero no había mucho que hacer. Otra vez volví a estar harto de todo. Necesitaba saber algo de la chica, pero ella no decía nada. Su familia me ignoraba y mi contacto con su hermano resultó ser una gran decepción.

En lo que se refiere a Noah y los Ouwerkerk todavía espero una señal de Dios. Una que me haga sentir que entre nosotros hay un espíritu de amor y perdón. Pero a la fecha no he experimentado nada de eso. En mi depa de Zapopan solamente me acompañaron mis anhelos y mis tristezas, además de la confusión de no poder interpretar satisfactoriamente mis experiencias con las drogas, mis revelaciones espirituales y el Spotify. La esperanza de que todo esto tuviera algo que ver con un camino de curación y perdón, ligado con Israel o con el amoroso espíritu de Dios, me abandonaba poco a poco.

Sí, maestro, aquel verano de 2020 fue deprimente. Y esto es solo una pequeña muestra de la melancolía que me acompañó por esos días. Desafortunadamente, el asunto no termina aquí. Tengo más malas noticias, pero prefiero continuar mañana porque es un evento que involucra a otra mujer, la chica de fuego. Creo que será un correo breve. Ojalá. No quiero que se convierta en otra patética historia sobre las lágrimas del monje acosador y demente que soy. El final de este cuento será interesante, te lo prometo; pero antes tenía tengo que comenzar a describirte mi nadir, mi descenso a los infiernos.

Ten buen fin de semana. Continuamos la próxima semana.

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