La otra Carolina (el vigésimo primero capítulo)

De acuerdo, maestro, es tiempo de hablar de México. Será básicamente la historia de cómo alguien intenta continuar con su vida después de todo ha colapsado. Mi vida en Israel acabó con una reacción de estrés. Una excursión al mundo de las drogas que trajo consigo una búsqueda espiritual. Legué al punto de darme cuenta de que iba a morirme e intenté regresar al mundo de los vivos, pero no pude regresar a mi estado anterior. La locura no me había abandonado del todo y, por si algo me faltara, todos mis delirios estaban enredados con los hilos de una historia de amor hacia una muchacha que no conocía y que tampoco podía contactar.

Había viajado mucho en mi vida. No tenía conexiones a lo largo de mi vida entera como amigos de la primaria y universidad. Además, estaba divorciado. No tenía una familia nuclear conmigo desde hace varias décadas. De hecho, mi hija estaba con su novio en Alemania al otro lado del mundo. Gracias a Dios, con el tiempo hemos podido sanar muchas cosas en nuestra relación. El problema con Alia es que para ella lo más importante siempre ha sido su independencia. Más importante que cualquier otra cosa. Su padre, por ejemplo, puede ser su padre; pero, según ella, eso no le da ningún derecho de involucrarse la vida de su hija. Ir a Alemania para estar con ella fue imposible.

Por otro lado, en Arizona tenía a Chloe, pero ella vivía una vida de típica estudiante universitaria con novios y amigos de ambos géneros jóvenes y hermosos. No sentía que tuviera un lugar con ella. Y finalmente, mi madre, que vivía la vida de una vieja jubilada en Scottsdale, Arizona, mirando noticias en la televisión cada día y trabajando en el jardín. En pocas palabras, después de las experiencias con las canciones de Noah y las drogas con Chaz y Haley, no sentía que tuviera conexión con nadie.

Solo tenía a mi amigo George. Como yo, él estaba divorciado y se había retirado del ejército con TEPT. Tenía obligaciones financieras que cuidar, pero quería viajar cuando estuviera listo. En primer lugar quería ir al mundo hispánico, recorrer España y América del Sur. Yo quería acompañarlo. Por eso me pareció que era una buena idea aprender español. Fue ahí que apareció la idea de viajar a México. Me quedaba cerca y además tenía una tía en Guadalajara. No tenía ni idea de qué era lo que tenía que aprender de todas las experiencias que había tenido. La chica electroquímica me tenía bloqueado. Fue entonces que llegué a México en enero de 2020 solo con la intención de encontrarle algún sentido a mi vida.

Te digo, maestro, México es una cosa extraña. Más aún ante los ojos de un esquizofrénico. El primer lugar donde me alojé fue un hostal en la calle López Cotilla, cerca de la Estación Juárez. Y ahí se hospedaron también seis jóvenes y hermosas paramédicas australianas que estaban estudiando en México. ¡Y una tenía interés de mí! No sé por qué. Me había cortado el pelo y había perdido quince kilogramos desde el cristal, pero de ninguna manera era un joven atleta que estuviera a la onda. Probablemente ella solo quería tener aventuras lejos de su hogar. Por mi parte, todo me ponía nervioso y todo el asunto de las chicas guapas de ultramar me resultaba excesivo. Intenté evitarlas, y creo que por eso me gané su odio.

Una paramédica de Sudáfrica llegó tal vez una semana después de las otras. Ella es la única con quien todavía hablo, aunque no con frecuencia. De hecho, regresó a su país después de estar un año en México. Me ha dicho que le gustaría volver pronto. Su nombre es Micaela y, por supuesto, lo tomé una oportunidad de recibir mensajes del arcángel Miguel. Sí, la psicosis me acompañaba. Ya te he dicho que a cada momento estaba creando conexiones entre lo que fuera. No siempre, pero a veces, el nombre de mi amiga me estimulaba mentalmente a hallar cosas santas en cualquier cosa que dijera. No recuerdo muchos detalles al respecto, pero hay una cosa interesante que todavía tengo muy presente en la memoria.

Por aquel tiempo había estado pensando mucho en la reencarnación, en el tipo de cosas que habría sucedo antes de esta vida. Ya que por entonces tenía la inclinación de pensar como Satán acerca de la realidad, no descartaba la posibilidad de que yo mismo hubiera sido Satán en una vida anterior.

Recuerdo haberle explicado esto a Micaela y ella me respondió con claridad y confianza que no era posible nada de lo que le planteaba. El tono de su respuesta fue muy reconfortante para mí. El recibí como una ansiada ayuda del cielo.

Es chistoso, pero este diálogo es un buen ejemplo de cómo era mi estado mental en aquel tiempo. Era un tipo funcional, pero mi mente siempre quería establecer conexiones entre lo que me ocurría y mi religión. A veces encontraba correspondencias muy interesantes, sin poder determinar si eran reales o no.

Ese primer mes en México, antes del COVID, fue absolutamente diferente a Israel. Allá estaba aislado y era considerado una amenaza para todos los jóvenes hermosos, a pesar de que yo era un hombre inofensivo, que sinceramente había hecho sus votos. En México, por el contrario, ser un tipo nervioso, loco y extraño eran atributos dignos de celebrarse. En Israel, todos siempre estaban ocupados. En México, todos salían a beber y todos los días tenían reuniones después del trabajo, sin importar que tuvieran que trabajar seis días a la semana. Cada lunes, en Chapultepec, había cientos de personas bailando en la calle. En un correo anterior te escribí que tenía la impresión de que nada era real, que no era más que un sueño. Uno que se escondía detrás de las cosas ordinarias de la vida y que me enloquecía con sus demasiadas coincidencias y sus indigestos temas morales y filosóficos. Según esta perspectiva, México era un sueño húmedo.

Recuerdo que un día caminando por la avenida Juárez me quedé mirando al océano de chicas espléndidas que había a mi alrededor. De pronto, sin un motivo en especial, mis ojos se fijaron en una maravillosa mujer de no más de 25 años. Era esbelta y su piel era suave y tersa como el huno de un incienso de canela, como un arroyo de caramelo vertido desde el cielo. Para mi sorpresa, ella paró de repente y me miró con asombro. Fue como si un espíritu estuviera poseyéndola y yo hubiera llamado su atención y casi por pura diversión ahora estuviera decidido a ofrecérmela.

Muy pronto, maestro, México me dio motivos para pensar que quería atraparme con una mujer. Creo que mi sentido de la fidelidad a la chica electroquímica combinaba con estas percepciones de mujeres ofreciéndose a mi para crear este efecto en mi mente.

Me inscribí en un curso de español en iMAC, que no es una computadora Apple sino una maldita escuela de idiomas que se llama así. Ahí conocí a Declan, otro estudiante que me introdujo a un amigo, Javier, un abogado que trabajaba en un puesto de tacos cerca de la escuela. Javier era gay y su mejor amiga se llamaba Betty. Era mexicana, pero su nombre era Betty. No me preguntas por qué. No sé nada. Yo salía con Javier a veces y opino que quería meterme la verga. En cuento a Betty, ella tenía veinticuatro años y había terminado una relación de varios años con un hombre de más que cincuenta años. Aparentemente estaba en búsqueda de otra relación de este tipo con el primero que se cruzara en su camino. Yo no estaba interesado.

Además, en la escuela había una estudiante mexicana de inglés, se llama Minerva. Era muy pequeña, flaca, de pelo corto y con los ojos de un ciervo. Solo tenía dieciocho años. Era una darketa. Yo estaba encantado. Su sensibilidad y vulnerabilidad eran increíbles. Te digo algo, maestro, si alguien hubiera podido distraerme de Noah e Israel, habría sido ella. Le dije que tenía un gran trauma con una muchacha de su edad en Israel. Ella no dijo mucho, pero me hizo sentir acompañado. Me pareció que tener una amistad con ella podría ser bueno para mí. Aparentemente, ser aceptado por una mujer joven aún era importante para mí.

Salí con ella una noche. Fuimos a un bar de karaoke con unos estudiantes de la escuela. Odio el karaoke, maestro. No canto para nada. Soy capaz de asesinar a las flores con mis alaridos. Es terrible. Absolutamente terrible. Entonces, cuando fue mi turno, decidí gritar una canción de Eminem. “The Way I Am”. Probablemente era el resultado de mi necesidad de expresar mi ansiedad y enojo sobre todo lo que había pasado en Israel y en los Estados Unidos.

Los volví locos. No lo vas a creer, maestro, pero la audiencia pedía que cantara más. Aplaudían, chiflaban, zapateaban. Los puse de pie. Fui el héroe del bar. La muchacha estaba muy impresionada. Todo parecía ir muy bien, pero, para mi sorpresa, no mucho tiempo después de mi acto, su novio apareció, aparentemente fastidiado por no saber dónde estaba, y se la llevó con él. Sí, maestro, la muchacha no me dijo que tenía un novio. Sin embargo, no me sorprendió. Era mi mundo. Cuando había una oportunidad para tener una conexión con alguien, un novio celoso o un repentino miedo al sexo de parte de la susodicha, asomaban la cabeza como un Kraken.

Le marqué al día siguiente y me trató con hostilidad. No sé por qué. Simplemente me dijo que todo era raro. No recuerdo más y tampoco importa. Maestro, mi vida es rara. Todo lo que tiene que ver conmigo es raro. Por lo tanto, toda persona que no tolere las cosas raras no debería estar conmigo. No volví a hablar con ella. De vez en cuando le mandaba mensajes. No me bloqueo, pero solo una vez me respondió. Solo para decirme que no quería problemas. Nunca tuvimos una sola conversación amistosa por teléfono. Hace mucho tiempo que no le escribo. No he sabido nada de ella desde entonces y tampoco importa.

A propósito de mis experiencias en México antes del COVID, quiero contarte sobre una anécdota que tengo con una mujer loca en el Parque Revolución. Ocurrió cuando vivía en el hostal de López Cotilla. Como las habitaciones allí eran inconcebiblemente pequeñas, por lo regular escribía en la azotea. El problema era que a veces había demasiada gente ahí, por lo que a menudo tenía que irme a un café cercano.

Me encanta el Parque Revolución. Para mí es un símbolo de la vitalidad y la energía de Guadalajara. Siempre estaba lleno de amigos y amantes sonrientes. Completamente diferente a la vida de reclusión en autos que tenemos en los Estados Unidos y muy diferente también a la vida de aislamiento que tuve en Israel.

Sentado en una mesa de ese café a un lado del parque, vi a la segunda persona loca que he visto en las calles de una ciudad. La primera fue un hombre negro en Mannheim, Alemania. Varias veces a la semana tomaba el S-Bahn para ir de mi casa en Mannheim a mi escuela en Heidelberg. A través de la ventana del tren veía ese güey en el andén hablando con nadie sobre nada. Por lo general sus oraciones no tenía ningún sentido. Solamente palabrería sin sentido.

No había vuelto a pensar en ese tipo hasta que aquí en México vi a otra persona como él. Esta vez era una mujer que también decía tonterías en la calle. Me puse a pensar en las personas que abusan de las drogas y no regresan nunca de sus viajes. Convine en que la cordura que había recobrado después de mi alojamiento en la institución psiquiátrica era un regalo de Dios.

Opino que debería estar muerto o por lo menos loco de remate en un manicomio, si no fuera porque Dios tiene otro propósito para mí. No sé exactamente cuál, pero haber sobrevivido a circunstancias como las mías requiere una explicación. Tiene que haber una razón que explique por qué no estoy en un parque hablando con los árboles sobre nada.

La última vez que vi a esa mujer loca, ella caminaba completamente desnuda. Sí, maestro. Era mediodía en el Parque Revolución. Ella iba sin una pizca de ropa puesta. Lo sé, es raro. Pero más raro fueron las reacciones de quienes la veíamos. De mi parte no hice nada, porque ella era mujer y no quería que Harold van Ouwerkerk surgiera de mi taza café con un bate de béisbol dispuesto a asesinarme por hablar con una mujer desnuda.

Además, mi español era terrible. Solo llevaba unos meses en México. Justo había empezado a aprender el idioma. Pero más interesante fue la reacción de los demás. La mitad de las personas en el parque eran mujeres. Por supuesto que hablaban español. Por lo tanto, al menos el 50% de las personas no tenía mis razones para no hacer algo, para no ayudarla. Pero absolutamente nadie hizo nada. Solo fingieron que la mujer no estaba ahí.

Hay muchos mensajes de Dios en ese evento, maestro. Imagino que la mujer intentaba decir algo importante y nadie le prestaba atención en absoluto. Por eso al final decidió quitarse la ropa. Pero incluso el acto de desnudarse no fue suficiente para que las personas quisieran escucharla. Este problema no es exclusivo de México o de los mexicanos. La mayor parte de la humanidad no quiere dedicarle tiempo a nada que no sea estúpidamente superficial.

El encuentro con esa mujer me hizo ver lo afortunado que soy, precisamente por no ser como ella. Entendí que luego de haber abusado de las drogas mi cordura era un regalo. Era muy probable que mi existencia tuviera un propósito después de todo. En algo sí me parezco a esa mujer, soy un tipo raro y nadie quiere reconocer nada de lo que hago o digo. Te lo voy a explicar mejor a continuación. El título de este correo menciona a una tal Carolina y tengo que contarte de ella. Pero antes de eso tenía que mencionarte a esta vagabunda loca, que fue una parte importante de mis experiencias en México a principios de 2020.

Como bien sabes, en marzo apareció el COVID. Ese mismo mes me mudé a mi departamento en Zapopan. Con mi propio espacio, hice algo que quería hacer desde mi llegada a México: llamé a unas prostitutas. Sí, maestro, soy cristiano. Pero te dije mil veces que no soy un moralista. Además, a pesar de todas mis aventuras con chicas y drogas, nunca tuve sexo con nadie. De hecho, no había tenido relaciones desde hacía ocho años. Dejé mis votos monásticos. No era joven. Tenía cuarenta y seis años y, francamente, tenía curiosidad de saber si mi verga todavía funcionaba.

Estuve con cuatro, creo. Pero solo me acuerdo de una con lujo de detalles. Me dijo que su nombre era Yamileth, y solo descubrí su nombre real por casualidad: Mayra Flores. Este dato será importante después.  Te recordaré su nombre más adelante cuando te cuente otra historia.

Aquí solo quiero decirte que aprendí que aún podía funcionar sexualmente, pero no tenía ningún interés en el sexo sin amor. Bajo circunstancias communes, no cojo con prostitutas. De hecho, tenía más interés en que Mayra fuera mi amiga a que me chupara la verga. Aunque con el COVID, no podía trabajar en su profesión. Por todo le di veinte mil pesos para que abandonara su trabajo en Guadalajara y pudiera regresar con su familia en otra ciudad. Creo que al final quería ser mi novia. Y podría haber sido el novio de una mujer así. No tengo problema con que mi pareja haya tenido sexo con cientos de hombres. Sin embargo, una vida con ella no era algo deseable para mí. Era bonita, pero yo estaba receloso de ponerle un ancla a mi vida. Las mujeres son anclas. No olvides que por entonces tenía muchos planes de viajar con George y no había olvidado Israel ni a la chica electroquímica.

Y ahí estaba yo, en mi departamento en Zapopan, solo, porque nadie quería hacer nada en los primeros días del COVID. Pasaba mucho tiempo solo. No era monje. No quería sexo sin significado con escorts, pero me sentía aislado y no tenía una solución al problema de la chica electroquímica. No tenía ninguna idea sobre si había algún futuro con ella, mucho menos uno romántico. Era el tiempo de probar si podía encontrar una chica en México. Me registré a Tinder.

Maestro, las personas con psicosis no deben meterse a Tinder. Es una pesadilla. No pude encontrar a una humana racional. De hecho, a veces sentía como si las chicas en la aplicación no fueran reales. Se comportaban como inteligencias artificiales malvadas que intentaban enloquecerme. Uno de mis primeros poemas en español describe este proceso:

Calíope
La chica que el viejo disfrute
¿Quieres una conversación conmigo?
Sería como una cena de fresas con trigo
O quizá como un dulce desayuno
Si hablamos hasta la imperiosa mañana
Nadando en los rayos de la madrugada

El título del poema es El algoritmo porque honestamente creí que la persona con quien me estaba comunicando, Calíope, era una forma de inteligencia artificial. No es posible que alguien real sea tan confuso. Y sí, maestro, yo sé que hay un error gramatical. En el primer verso debe decir “disfruta” en vez de “disfrute”. El error es intencional. La palabra “disfrutar” es la razón del subjuntivo. Esa forma de la palabra es una pista de que nada en el poema es real. El poema describe una interacción con una fantasía que no sucede en la realidad. Por eso escogí el subjuntivo. El significado del poema está escondido en un error gramatical.

Sí, maestro, estoy consciente de la ironía que hay aquí. Un hombre que tiene un amor inquebrantible por una muchacha que no conoce para nada excepto por sus canciones en Spotify, y al mismo tiempo se queja de que sus conversaciones con chicas del Tinder no son reales y no tienen sustancia. Sí, maestro, yo lo sé. Es difícil comprender la situación.

Solo te puedo decir que buscar chicas en Tinder no fue la solución a mi aislamiento. Más bien fue una locura infernal. Debía buscar contacto humano en la vida real y no en las aplicaciones de la red. A partir de aquí, maestro, desde mis relatos sobre Calíope y Micaela, puedes ver que yo era una persona funcional y en general racional y maduro, pero que todavía tenía rastros de locura, psicosis o esquizofrenia o por lo menos algo muy irracional. Sin embargo, las lecciones de mi locura o psicosis no me llevaban por mal camino. Lo que me dijo Micaela era muy cierto. Además, Tinder no es un buen lugar para buscar mujeres racionales.

Entonces dejé de usar Tinder. A veces llamé a Javier solo para hacer algo con alguien. Y en aquel entonces me presentó a Carolina Navarro. Era otra amiga de él. Una abogada de treinta y cuatro años. No era fea, pero sí un poco gorda. Sin embargo, su peso no era mi problema con ella. De hecho, mi problema con ella es una larga historia. Por ahora solo te diré que lo intenté.

Javier, Betty y Carolina fueron mis únicos amigos en ese tiempo. De hecho, yo solo quería tener amigos. No entendía nada sobre el asunto con la chica electroquímica: ¿era algo real?, ¿había algo romántico?

Empecé a darme cuenta de que mi vida con la locura estaba dándome lecciones de moral. En el centro de todo estaba la perspectiva de que no podía tener una vida normal sin antes saber que verga pasaba con la chica electroquímica. No había forma de que pudiera tener una novia sin antes hablar con ella.

Carolina no entendía nada de esto, maestro. Ella quería tener un novio gringo. Cualquier puto gringo. Deja te cuento. Javier siempre hablaba de sexo y Betty quería apasionadamente a su sugar daddy, por lo que yo pasaba la mayoría de mi tiempo con Carolina. Absolutamente nunca le expresé ni una gota de interés en tener sexo o algún tipo de romance con ella.

En lo que a Carolina respecta, el hecho de que yo le dirigiera la palabra era para ella suficiente evidencia de que yo quería quedarme a su lado para toda mi vida. Carolina era el tipo de mujer que se toma “selfies” mil veces al día y que comparte solo las fotos favorecedoras con sus amigos en redes sociales. Yo no tenía muchas opciones más para convivir con gente. Alguna vez me preguntó algo sobre mi vida, pero muy poco. Desde mi primer contacto con ella le hice saber que yo quería ser autor, que tenía docenas de poemas y cuentos cortos en mi blog. Nunca se interesó en leer ni una sola palabra de mis escritos. En pocas palabras, Carolina no tenía ningún interés en mí sino más bien en lo que yo pudiera darle.

Probablemente ahora estás confundido, maestro, de que tu estudiante se frustraba con Tinder (en donde es imposible conocer a una persona real) y, sin embargo, poco tiempo después salía con Carolina, quien me deseaba sin siquiera conocerme. Estoy consciente de que en algo soy como Carolina: así como ella no me conocía, yo tampoco conozco a la chica electroquímica. Lo único que tengo de Noah son sus canciones. Es como si Carolina solo se hubiera fijado en mí por mis poemas y cuentos y nunca hubiéramos cruzado palabra. Pero en algo sí somos muy diferentes Carolina y yo, a mí sí me importa conocer a Noah, mientras que ella, sin tener ningún interés en mi corazón, había decidido que yo fuera su novio porque daba la casualidad de que yo era gringo.

Las canciones de la chica electroquímica fueron la manera en que nuestras almas se comunicaron telepáticamente. Al menos así me lo parece. Otra cosa que debo aclarar es que no escogí a la chica electroquímica específicamente como amante, sobrina o amiga. Por sus canciones y por haberla visto en los ojos del paramédico camino al hospital, creo saber algo sobre su corazón y por eso mismo que la amo.

Espero que entiendas la diferencia, maestro. Fue otra lección de Dios. La gente no sabe nada sobre su prójimo. Y Carolina era una persona típica con una voluntad muy fuerte que simplemente quería un novio y punto. No necesitaba conocerlo en realidad. Era como la gran mayoría de la humanidad, simplemente habitan el mundo sin saber nada de nada. Para mí esta condición es una repugnancia.

Pero bueno, ahora quiero contarte otra de mis historias de esquizofrenia, esta vez relacionada con Carolina. Estábamos en junio de 2020, el COVID había llegado a Guadalajara hacía tres meses. Decidí tomar unas vacaciones con Carolina para conocer Ciudad Guzmán, donde ella tenía un despacho de abogados y un departamento. Además, no sé si por Telegram o WhatsApp, mi amigo George conoció a una amiga de Carolina, Azucena. Ella también vivía en Guzmán y George tenía interés en la región. A mí también me entusiasmaba la idea de explorar el lugar y salir por primera vez de Guadalajara.

Renté un coche y reservé una habitación en Ciudad Guzmán para mí solo. Maestro, ¿podía ser más obvio que no iba a Guzmán como su novio? UN HOTEL PARA UNO. SIN LA CHICA. Desafortunadamente, Carolina quería un novio gringo y su voluntad era fuerte. Además, le expliqué a ella muy explícitamente que quería conocer a amigos y pasar tiempo en grupos, y que el viaje no era precisamente para tener una velada romántica. No miento, Vidal, le dije esas cosas. Pero era como hablarle a una pared.

Renté un auto y Carolina apartó muchos días para acompañarme por el bellísimo campo jalisciense y sus pintorescos pueblos como Tapalpa, Sayula y Mazamitla. Casi todo estaba cerrado por la “plandemia”. Como puedes ver, Carolina ignoró totalmente mis demandas. De hecho, después supe que Azucena le había preguntado que por qué no pasábamos más tiempo con los demás en la ciudad y aparentemente Carolina respondió que ella solamente quería estar a solas conmigo. Era como si yo no existiera para nada.

Francamente yo estaba harto de la perra. Era como si fuera su esclavo psicológico. Obviamente, la violencia era la única manera que me quedaba para hacerla comprender. ¡Y lo hice! No recuerdo mucho del incidente, pero hay fotos. También había un mensaje de Satán.

Te explico. Después de quejarse mucho de mí, Carolina finalmente me llevó a un restaurante donde estaban Azucena y algunos amigos en común. Entre ellos estaba un güey que se llamaba Eddy, un personaje interesante, de unos 25 años. Empezamos a tomar mucho tequila, maestro. ¡Mucho! Y el tal Eddy insistía en presentarse como una especie de “chico malo”. Puedes imaginarlo, maestro. El lamentable producto de una subcultura que admira demasiado al Chapo. Quiso convencerme de que podía conseguirme chicas, drogas, amigos… en fin, todo lo que quisiera.

Me dio la sensación de que sus modales y sus palabras superaban a las de cualquier chico malo. Me dijo: “Puedo darte todo lo que quieras”. Señaló a una mesera, una chica muy hermosa según estándares mexicanos. Tenía unas tetas como melones e iba maquillada como si fuera una bailarina salida de Las mil y una noches. O probablemente será mejor describirla como la favorita de un faraón. No hace falta de decir que era una mesera espléndida. En ese momento ella estaba me estaba sirviendo mi bebida.

 —¿La quieres?, —preguntó Eddy.

Le respondí que “no”, a lo que la mesera reaccionó con una mirada de sorpresa.

Ahora Eddy señaló a Carolina, que estaba a mi lado:

—¿La quieres a ella?

“Definitivamente no”, fue me respuesta. Y todos en la mesa se rieron. Espero que le haya llegado el mensaje a Carolina.

Maestro, ¿cómo era posible que Eddy alardeara de ofrecerme a una mesera que parecía una modelo de pasarela o incluso a mi propia amiga? Para mí él era más que un chico malo que fanfarroneaba. Para ser honesto, me pareció como si un demonio me estuviera ofreciendo sus tentaciones. Sí, maestro, a seis meses de mi última inhalación de cristal me acompañaba una marcada tendencia maniqueísta.

Después me dijo: “pues, ¿qué quieres?”

Le respondí que cigarros.

De hecho, maestro, mi tiempo en México estaba convenciéndome de que no quería nada especial del mundo. A pesar de que México era un paraíso para mí, obviamente no lo era en realidad. Muchas veces me pasó que mientras estaba disfrutando de mi lujoso almuerzo, un niño demacrado me interrumpía para rogarme que le diera un peso o para ofrecerme un mazapán a cinco pesos. Una chocha o una tumbona en una playa bonita no hacen un paraíso, maestro. Ya lo sabes, un paraíso verdadero tiene que serlo para todos. Y toda la mierda con Eddy me cayó muy mal. Entonces, una respuesta sencilla como cigarros fue mi ruta de escape.

Cumpliendo con su palabra, Eddy ofreció llevarme a un Oxxo.

En el camino quiso presentarme a algunos de sus amigos. Trabajaban en un taller mecánico. No recuerdo exactamente. Pero todo indicaba que tener a un gringo como amigo era muy interesante para los habitantes de Guzmán. O tal vez Eddy simplemente tenía la característica hospitalidad de los mexicanos. No lo sé. Estaba borracho y me pareció buena idea conocer a amigos. Los dos tipos eran muy amables y me ofrecieron de su tequila. Maestro, tengo el talento de poder beber tequila como agua. Esto no significa que sea inmune a los efectos.

Con una sonrisa y un guiño tomé la botella de tequila y procedí a beber la mitad de su contenido. La devolví con un “gracias”. Después Eddy y yo fuimos al Oxxo por cigarros. Regresamos al restaurante con Azucena, Carolina y los otros, fui directamente a mi silla, me senté y acto seguido perdí la consciencia.

No recuerdo nada a partir de ese momento. Pero hay un video en el que aparezco desmayado en la mesa al lado de Carolina, que está a mi lado como una esposa, tomándome de la mano. Sí, maestro, media hora antes Eddy me preguntó si quería cogerme a Carolina y le dije que “definitivamente no”. Y ahora ella se aprovechaba de la situación para hacerle ver a los demás que era la chica ideal para mí. Es una puta locura, ¿verdad? ¿Quién está más loco, Vidal? ¿El güey que habla con demonios y ángeles durante sus episodios esquizofrénicos o la chica que toma la mano de un teporocho inconsciente para fingir ser su novia?

Y como te dije, no me acuerdo de nada en este punto, pero según dice Carolina, intentó despertarme para despedirse. Hecho un bulto alcé la mano para decir adiós y por casualidad la golpeé en la boca. George me dijo después que todos se dieron cuenta de que había sido un accidente, pero yo creo que una parte de mí se había tomado una pequeña revancha con ella. No tengo ninguna certeza sobre nada de lo que pasó. Me dicen que Eddy me llevó a mi hotel.

A la mañana siguiente le conté a George todo lo que había ocurrido entre Carolina y yo.  Entonces George habló con Azucena y después me llamó de nuevo diciendo: “Jonathan, solo vete a Guadalajara. Carolina nunca te afligirá otra vez”. Estaba en éxtasis. Me sentía como un niño que había sido salvado por su hermano mayor del tormento de los bravucones (o de la bravucona). Gracias a Dios, nunca más volveré a ver Carolina ni a saber nada de ella.

Maestro, este es el final de la historia de mis primeros meses en México. Todavía tengo que contarte algunas cosas más que me ocurrieron, pero por ahora ya sabes cuáles fueron mis primeras experiencias en México y cuál era mi estado mental en el año 2020.

En pocas palabras, vine a México con muchas inseguridades, no tenía confianza en mí mismo. No podía interpretar mis experiencias con Chaz, Haley y Melinda; y ningún Ouwerkerk me explicó nunca qué chingada había pasado con la chica electroquímica (pronto te escribiré más sobre esto).

Era tan funcional como un humano adulto normal, pero aún tenía ansiedad y ocasionales episodios esquizofrénicos con ángeles y demonios; mismos que encontraba ilustrativos y benéficos. No eran simplemente alucinaciones sin sentido. En pocas palabras, no tenía alucinaciones con elefantes rosas o chicas desnudas, sino con espíritus buenos y otros malos que me traían mensajes y lecciones relevantes para mi vida.

México se me presentaba como un paraíso amargo. Aquí tenía más dinero y era tratado por todos como un rey, pero de todas formas sufría con el dolor de los desamparados que veía por las calles. Más importante y significativo aún, a partir de los encuentros con Carolina —después de mi experiencia en Israel— mi vida en México me seducía como una tentación, como una trampa. Una en forma de mujer hermosa con voluntad de acero.

Este último punto no es solo una cosa referente a las mujeres. Es verdad, soy hombre y por lo tanto las mujeres son personas importantes en mi vida; pero no es lo único. La vida es como un río caudaloso, con muchas corrientes que son difíciles de navegar, de resistir.

No sabía si estaba flotando en dirección correcta. Todo era como un paraíso falso lleno de tentaciones diversas, islas con harpías de fuerte voluntad que me querían mantener cautivo en la autocomplacencia. Su objetivo era privarme del recuerdo de las cosas inconcebibles que trajeron consigo Israel, la chica electroquímica y el cristal.

Me sentía incómodo. Y con eso termino este correo descomunal. Siempre te prometo que voy a escribir correos más cortos. Espero que los próximos no sean como este. Los siguientes tendrán decepción y tristeza, pero serán cortos. El final, espero, vendrá con una nota de esperanza y sabiduría.

Hasta luego, maestro.

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