Las visiones (el decimoctavo capítulo)

Hola maestro. Pensando que había terminado mi correo anterior, decidí solo hacer clic en “mandar” mientras hablaba con mi mamá por teléfono. Básicamente terminé el correo y no creí que necesitara un fin típico. Asimismo, creo que simplemente puedo continuar mi cuento. No siento la necesidad de preguntarte sobre tu semana. De todas formas, nunca respondes a mis correos, hijo de la chingada. El miércoles en Anzuelitos puedo preguntarte cómo va tu vida. Ahora voy a contarte con mayor detalle la historia de cuando Haley me colocó en el piso de la sala de espera.

Te confieso, maestro, que es simplemente imposible describir lo que pasó. No me atrevo a prometerte que mi relato será muy preciso. Sin embargo, sé que, diez segundos después de que Haley me dijera adiós, mi cerebro explotó. Acto seguido, me pregunté: “¿Qué está pasando?”. Entonces escuché una voz dentro de mi cabeza, una muy similar a la mía, pero más sabia, que me dijo: “estás hecho pedazos, pero te voy componer”.

Maestro, no sé hasta ahora si esta voz fue la de Dios o la del diablo. Mi siguiente experiencia no fue como un episodio de sanación milagrosa.

Y, sin embargo, su impacto fue supremamente majestuoso. Cimbró por completo todo aquello que alguna vez consideré verdadero. En mi correo anterior te mencioné bastante sobre el diabólico ataque del que fui objeto. Maestro, esto fue como una carga de caballería.

Los procesos normales de mi manera de pensar se desintegraron completamente. Solo puedo describir lo que atestigüé como a una serie de visiones. Aunque, a decir verdad, eran más que visiones. Eran parte de una realidad diferente. Y, maestro, por más que lo intento, no puedo describirlas. Eran parte de un proceso de pensamiento y percepción enteramente diferente al de nuestro nivel de realidad. Pero hasta ahora no estoy seguro de que este “otro nivel de realidad” sean necesariamente más avanzado o igual de real a esta realidad; quiero decir, a la de antes de tener las visiones. Por supuesto, Chaz, o el demonio que lo inspiraba, habría dicho que mi miedo a lo desconocido era lo que me impedía acceder a diferentes y mejores realidades. No sé si lo diría en serio o si simplemente me estaría incitando a la locura una vez más.

Hace mucho tiempo escribí una lista con los títulos de las visiones, porque no quise olvidarlas. Te la escribo ahora:

  • El hechizo más extraño del mundo
  • Esconder lo inevitable debajo de una peca
  • El tipo más astuto del barrio
  • El lago de fuego es la última forma de entretenimiento
  • La ausencia de infinitud es un inferno
  • Los procesos van al revés y el tiempo va hacia adelante
  • Esto solo pasa una vez
  • Cuando la realidad material está bajo control
  • Asesinos paramédicos
  • El infinito y la infinitud conversan en el lenguaje de la inevitabilidad
  • Tres infinitudes cogiendo
  • Encontrar a un nuevo Dios después de que te han echado del anterior
  • Noah en los ojos del paramédico

Maestro, espero que te hayas dado cuenta de que estos títulos son parte de un contexto que involucra combinaciones de ideas que no son típicas. Sucedieron antes de y durante un 5150. La mayoría de los angloparlantes asocian esta cifra al título de un álbum de Van Halen, aunque el grupo de rock sacó el término del código de médicos de California cuando se presenta una situación que requiere ingresar a alguien a un pabellón psiquiátrico. Por ejemplo, un paramédico puede decirle a su colega por el radio:

—Tenemos aquí a un hombre viejo, aparentemente drogado, corriendo desnudo por la calle y gritando que es Napoleón Bonaparte. Lleva una gran espada en su mano. Se ve como un 5150. Necesitáremos una camisa de fuerza y pistolas paralizantes.

En mi caso, no fue exactamente un 5150 porque mi entrada a la instalación de recuperación fue voluntaria, pero el resultado fue básicamente el mismo. Te lo explicaré por este correo, pero antes quiero contarte un poco más sobre las visiones.

Como te intenté explicar antes, fue como irme de excursión. Era un Boy Scout que cruzaba las fronteras de su comprensión de la realidad sin brújula. No puedo relatarte mucho más al respecto; aunque hay algunas partes que fueron muy significativas, que tuvieron efectos en mí posteriormente, incluso ahora. Quiero escribirte algo sobre esto.

La visión que tiene por título: Esto solo pasa una vez, sigue siendo intrigante para mí. Mira, maestro, en este momento no sé si yo esté muerto o no. O, en otras palabras, no sé si haya nacido esta mañana. Tú tampoco lo sabes, en realidad, porque nadie entiende la conexión que hay entre un instante y otro. Posiblemente tu vida comenzó hace cinco minutos y todo lo que recuerdas de antes ha sido programado. Maestro, he tenido esta postura filosófica por muchos años. De hecho, desde la primaria. Pero en aquella sala de espera la idea se me mostró de manera particularmente memorable. Un negro que se parecía a Neil deGrasse Tyson, es decir: viejo, seguro y sabio me dijo que yo tenía que estar preparado, pero que no me preocupara porque la muerte sería fácil, que solo pasará una vez. Acepté sus palabras e hice los preparativos mentales necesarios para abrazar mi muerte imperiosa. Me dijo: “Felicidades. Lo lograste”. Pero no pasó nada después. Estuve todavía ahí en el hospital. No obstante, aparentemente había muerto con éxito. Había entrado en mi segunda vida en la eternidad.

Es un punto importante, Vidal. Porque me doy cuenta de que ahora las cosas no son como antes. Ahora mi percepción fundamental es un poco diferente. La semana pasada hablábamos sobre las canciones de Anzuelitos y cómo se relacionaban con nuestras pláticas. Todo el tiempo encuentro este tipo de conexiones. Y no olvides, maestro, que toda esta mierda empezó cuando vi la lista de canciones de una adolescente holandesa que vivía en Israel, muchos meses antes de que fumara mi primera bola de cristal.

Las otras visiones fueron al mismo tiempo coincidencias e inesperadas conexiones de acontecimientos aleatorios. Puedes ver en mis títulos las palabras infinito e infinitud recurrentemente, y además la idea de una infinitud cogiendo o charlando con algo parecido, algo que es lógicamente imposible. Un absurdo. Déjame te cuento que filosofar sobre esto es muy importante para mí, puesto que infinitud es una palabra que normalmente uso para describir a Dios. Ahora bien, no es posible tener dos “Dioses” de la misma manera que no es posible tener dos infinitudes. Sin embargo, según Leibnitz, existe la idea de que hay realidades múltiples y de que cada una tiene su propio devenir. Estadísticamente, la misma cosa tendrá que ocurrir al mismo tiempo en más de una realidad y cuando esto pase se establecerá una convergencia. Maestro, puedes ver que para mí encontrar a la chica electroquímica fue como cuando la máquina tragamonedas muestra el bote grande. Ver su pelo por primera vez significó lo que para un ludópata de Las Vegas representa ganar en el casino. Este encuentro de dos personas que ordinariamente no se cruzarían, para mi corazón fue un hallazgo de índole cuántico. La confirmación de que vivimos en el mejor mundo posible.

Creo que con esto ahora puedes tener una mejor idea sobre la naturaleza de mis pensamientos. Solo queda un detalle sobre el que te relataré más adelante. Antes, debo reconocer que mi estado mental se deterioró hasta llegar al sótano de la locura. Fui asaltado con ideas increíbles y hasta cierto punto sofisticadas, pero absolutamente dementes desde la perspectiva de una persona común y corriente; es decir, que no ha consumido un potente coctel de metanfetaminas y filosofía.

Alcancé tal punto de delirio que mi comprensión de la realidad se iba desvaneciendo por completo. Entonces, caí en cuenta de que la única manera en la que podría conservar mi cordura era gritar, gritar con una furia proveniente de otro mundo:

 ¡¡¡¡¡¡¡JESUCRISTO ES EL HIJO DE DIOS!!!!!!!

Esta necesidad me urgía a gritarlo de nuevo cada dos o tres minutos. Este fue mi mantra de salvación.

Sí, maestro, supongo que la voz de sabiduría que en aquel momento prometió recomponerme no cumplió con mis expectativas. No fue como tocar las puertas del cielo. Pero, al observar el estado de mis reflexiones, cada vez más maltrechas, llegué a la conclusión de que las omnipresentes fuerzas del infierno estaban asaltándome una vez más. Como un desesperado exorcista que ha olvidado su agua bendita en la iglesia, mi única arma, pero la más potente, era el pregonar el nombre del Salvador.

Maestro, imagina que hay treinta personas que esperan pacientemente su turno en la sala de un hospital y yo soy la persona número treinta y uno en la fila. Puedes estar seguro de que sin importar que fluyan ríos de sangre por mi yugular a causa de la herida mortal de un hacha o por el ataque de un oso, es muy probable que muera desangrado en el piso. Es casi imposible que los burócratas se desvíen de sus procesos y con indiferencia repartirán la aspirina infantil a los niños que tienen dolor de cabeza, puesto que están en los lugares del uno al treinta. Antes, debo reconocerles su humanismo, me arrojarán una servilleta para que cubra el tajo en mi garganta. Si alguna vez te encuentras en esta situación, tengo un consejo para ti: grita ¡¡¡¡¡¡JESUCRISTO ES EL HIJO DE DIOS!!!!!!, cada tanto. A esto yo le llamo tener fe como un granito de mostaza. Verás que muy pronto serás el próximo en la fila.

Recuerdo haberme sentado en el despacho de la enfermera y que ella me preguntó si quería registrarme voluntariamente en una instalación de recuperación. Durante el interrogatorio no pude evitar bramar mi mantra de salvación. Con un rostro de resignación me dijo:

—Sí, señor Bailey, sabemos que Jesucristo es el hijo de Dios, ya lo dijo muchas veces.

 A lo que respondí:

—Discúlpeme. Si no lo digo, me vuelvo demente.

Imagino lo que pensó en ese momento: “Amigo, usted ya se ha vuelto demente”. Pero la dama se limitó a darme los formularios que tenía que llenar. Ya te imaginarás que no puedo describir todo lo que pasó ni tampoco detallar cuál fue exactamente mi comportamiento. Solo te digo que corrí por los pasillos del hospital mientras hacía y decía muchas cosas. La visión de El hechizo más raro del mundo tiene su título por una muy buena razón. Fue, de hecho, el hechizo más raro de este puto mundo, compa (¿está bien si te llamo así, maestro? Lo siento, solo estoy un poco borracho).

Después de firmar los documentos, me pusieron en una camilla de paramédico en la que me amarraron como a Aníbal Lecter. Esperé así a que me transfirieron. Vino un enfermero a tomar mis signos vitales. Tenía muchos tatuajes, pero el más grande y visible de ellos era una famosa frase en inglés: “Señor, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, la valentía para cambiar las cosas que sí puedo y la sabiduría para reconocer la diferencia”. No me dijo ni una sola palabra.    

Maestro, ahí en esa cama me dio la sensación de poder alterar la realidad. Se me ocurrió que el tiempo podía detenerse como sucede en las películas de Flash, ¿las has visto? No era en verdad que quisiera que todo se congelara; pero, mientras visualizaba esto —para mi sorpresa— toda la escena frente a mí se había quedado contenida en un instante. La enfermera tomando la presión, el enfermo en mitad de su quejido, la otra enfermera preparando una inyección, un bostezo en la sala de espera, etcétera… ¿Puedes imaginarlo? Hubiera podido tomarme un té mientras todo aquello permanecía estático, como la escenografía del instante que era.

Me quedé observando todo aquello por un breve momento. No tengo ni idea de cuánto; pero justo cuando pensé que el tiempo había vuelto a correr, las personas recobraron el movimiento. Todos parecían muy aliviados de repente, sin saber por qué. Supongo que para ellos la experiencia no fue como haber tenido un fuerte escalofrío. Por favor, no me pidas más detalles. No recuerdo mucho más. Solo quiero decirte que en el estado en que estaba, más allá de los límites de la cordura, experimenté propiedades de la realidad absolutamente diferentes a las que se pueden apreciar en nuestra ordinaria experiencia humana.

Tuve que ser transportado en una ambulancia para ser llevado a otra instalación especializada en drogadictos locos que tenía toda la apariencia de una maldita prisión. Para ello, un equipo de empleados del hospital de seguridad llegó para desatarme de mi cama y posteriormente atarme en la camilla donde viajaría. Me colocaron cinturones que me impedían todo movimiento, a mí, que “era capaz de detener el tiempo”. Al salir del hospital, a bordo de la ambulancia, me di cuenta de que los vehículos del hospital en el estacionamiento se veían diferentes. Más pequeños, del tipo europeo. Pude escuchar a algunas personas hablando en la distancia, y su me parecía que sonaba como holandés. No pude leer las letras escritas en los vehículos y edificios. Las palabras eran similares, pero incomprensibles, como cualquier idioma muy similar al inglés, pero diferente. Me pareció que pudo haber sido el pinche holandés. Pongamos que fue eso o una mierda flamenca, un dialecto neerlandés. O tal vez escocés. Pero créeme que no sonaba al inglés de Arizona.

Entonces, experimenté la visión de La ausencia de infinitud es un inferno. Aquí me asaltó el dilema de un ser inmortal. Llegué a la determinación de que —con suficiente tiempo— todo lo que ha de ser, será. Asimismo, tarde o temprano, todo termina por volverse aburrido. Y, finalmente, después de que alguien ha experimentado todos los placeres posibles, las únicas cosas interesantes son las que producen miseria. Todo ser inmortal sabe que llega un momento en el que la única experiencia apetecible es la de tomar un baño de fuego. Ahora sé que la visión no es correcta, pero en otro momento te explicaré lo que pienso al respecto.

Lo que sí te relataré fue que entrar en la ambulancia fue como ingresar en un crematorio. Mi camilla era como la parrilla sobre la que freirían mi carne hasta las cenizas. De manera fulminante, todo se tornó naranja como en una hoguera. En un segundo experimenté un terror indescriptible. ¡Quise gritar! Pero después todo volvió a la normalidad. A partir de ese momento el tema del fuego fue recurrente durante las visiones. Muchas veces fui atacado por el pánico, e incluso presentí que mi destino final sería el inferno. Sin embargo, en cada ocasión me las ingenié para evitar la ardiente aniquilación de mi alma y mis pecados

Pude ver que aquello fue un mensaje de Dios. Interpreto que quiso comunicarme que, a pesar de todos mis presentimientos, mi destino final no era el infierno. Sin importar todos mis fracasos y debilidades, yo era una oveja de Dios y de su Mesías.

Respiré con alivio. A mi lado había un paramédico, y me quedé mirando directamente en sus ojos. Reaccionó como alguien que sabe que están observando su alma. Y allí dentro pude ver a la chica electroquímica, tal como si Noah van Ouwerkerk habitara en su cuerpo. Es posible que hubiera estado experimentando conexiones en realidades diferentes; o infinitudes, o Dioses diferentes, o como quieras llamarle. ¿Qué piensas tú, maestro?

En pocos segundos mi concentración se enfocó en otras cosas. Puedes ver que el hilo de mi pensamiento estaba muy enredado. Aunque sentí que estaba frente a Noah, no intenté hablarle. Supongo que no quería que escuchara el paramédico. Pero puedes ver que ella había cavado muy profundo dentro de mi corazón.

Mi entrada a la institución de recuperación fue como ingresar en una cárcel. Me dieron ropa y me quitaron el teléfono. Me explicaron las reglas. Podía pedir comida y bebidas en todo momento; también cobijas. La habitación central era como un cine. Había tal vez veinte sillas reclinables dispuestas en tres filas frente a una gran televisión. Intenté evitar ver la televisión porque no quería ver su contento. No necesitaba recibir el mensaje de un evangelio satánico al que algunos demonios extraterrestres quisieran someterme. Mi objetivo era regresar a un estado mental al menos relativamente funcional.

También tenía permitido bañarme en cualquier momento. ¡Gracias a Dios!, porque la temperatura me parecía como que estuviera en Niflheim, el reino sobrenatural de frío en la mitología nórdica (su versión del Inferno). Tomé al menos tres duchas calientes.

Llevé cuenta, con precisión milimétrica, de cuál era mi horario de dormir, comer, hacer mis deposiciones y tomar mis baños. Fue muy interesante que antes de mi escrutinio, no tenía ninguna noción de haber defecado en muchos días. Comprensiblemente, estaba muy preocupado por mi estado físico.

Los otros pacientes eran apasionantes. Especialmente de una chica cerca de mí que hablaba con el aire. Aparentemente tenía una voz interna que estaba acusándola de varias cosas y ella se defendía sus acciones y perspectivas de una manera muy frenética. En mi opinión, ella estaba sufriendo de ataques satánicos. Mi corazón estuvo con ella y quise consolarla o ayudarle, pero no le dije nada porque era una mujer y no podía aguantar más problemas con mujeres en ninguna institución.

En realidad, todo lo que necesitaba era a mi propia madre. Más que ansiolíticos y atención profesional, para mí lo mejor habría sido sentarme en la gran tina de su casa y aceptar la celestial comida de la mujer más pura que había conocido en mi vida. Tenía hambre de su amor, apoyo y aceptación divina. Lo que más que necesitaba mi miserable vida era volver al útero materno.

Me quedó claro que para recobrar la cordura tendría que pasar más de un día allí. Pero, para ser sincero, no tenía ninguna prisa. Todas estas experiencias me resultaban únicas y valerosas; aunque, al mismo tiempo, para mí era muy evidente que un ser humano de este planeta —de verdad— debe ser capaz de tener una conversación banal, pagar sus gastos o manejar un coche; si lo que quiere es tener “éxito” en el mundo moderno, claro. Al parecer mi recuperación —si es que había alguna— requeriría de días, semanas o tal vez meses.

Ese lugar no era el mejor para mí. La falta de mi teléfono era la confirmación constante de ello. No podía comunicarme con nadie, no podía leer. Aparte de estar allí, no podía hacer nada más.

Estaba permitido usar el teléfono de la institución, pero era un teléfono fijo común y corriente, por lo que tenías que recordar el número de la persona con quien querías hablar. Maestro, ¡es el siglo veintiuno! No sé tu número. No sé el número ni de mi mamá. Por cierto, al entrar de la instalación escribí su número y el de George en un pedazo de papel, pero el de mi mamá lo escribí incorrectamente. A George le llamé muchas veces, pero nunca contestó.

Tuve que rogarle a uno de los trabajadores para que me dejara usar mi teléfono al menos una vez. Necesitaba hablar con alguien. Lo que me dijo fue demencial. Dijo que podía ver mi teléfono, pero que —según las reglas— no podía sacarlo de la bolsa de plástico en la que estaba. Para mí este razonamiento era demasiado estrambótico para ser real, para ser sano. Ahora recuerda mi visión de Esto solo pasa una vez. Posiblemente había muerto en el piso de la sala de espera del hospital, y todo lo que pasó después fue una ilusión; de manera que ahora estaba viviendo en un mundo imaginario regido por una estupidez inconcebible. Es un problema que tengo hasta ahora, maestro. Si leo algo en la red o experimento algo en la vida real que me resulte demasiado ridículo, puede ser que incluso dude que sea real. “Puedes usar tu teléfono, pero no puedes sacarlo de su bolsa de plástico”. Esta era la evidencia irrefutable de que yo estaba en una pesadilla de infinita imbecilidad. Sí, maestro, no podía escribir un número telefónico correctamente, pero sí podía criticar al mundo. Ese dice algo sobre mí, pero también dice algo sobre el mundo.

Por supuesto que el plástico de la bolsa fue demasiado escurridizo como para que yo pudiera conseguir más números. En un momento de desesperación rasgué la bolsa, y el empleado me la quitó como si fuera Flash. ¿Has visto sus películas, maestro? Ya te he preguntado eso antes. Ese güey es la verga más rápida que hay. Más rápida que los putos fotones de la maldita luz.

Regresé a mi silla reclinable solamente para esperar. No tenía ni la más remota idea sobre si alguna vez pudiera salir de la institución. Pensé mucho en el consejo de Chaz; ese de evitar los remedios que me quitaran libertad.

Al día siguiente por la mañana, tuve una junta con una psiquiatra para evaluarme; es decir, para determinar mi fatalidad. Mentí sin parar, maestro. Le dije que me había puesto como loco porque había tomado demasiadas drogas, pero que ahora que había dormido y comido estaba de maravilla. Le dije que me sentía ¡excelente!, que solo quería irme a casa. Como era de esperarse en aquel reino de indescriptible estulticia, gané mi libertad.

Después de un tiempo increíblemente largo, me dieron mis cosas y una empleada de allí me llevó a casa. El viaje fue muy largo. La cárcel psiquiátrica se encontraba en un recóndito pedazo de desierto en las afueras de la ciudad.

Como era de suponerse, ella sólo podía dejarme en la dirección que aparecía como mi residencia oficial: la de mis padres, al otro lado de la ciudad en Scottsdale del Norte. Una casa, por supuesto, de la que no tenía llave. Le pedí que me dejara en un Seven Eleven para recargar mi teléfono. No quiso. Me dijo que su responsabilidad era dejarme en la dirección oficial y que si algo me pasaba se metería en problemas. Intenté explicarle que dejarme afuera de una casa cerrada a kilómetros de una tienda abierta sería más peligroso que simplemente romper la regla y dejarme en un lugar donde pudiera encontrar una verga en forma de cargador. Otra vez me enfrentaba a una situación en la que la estupidez era formidable.

Como no tuve suerte al intentar establecer el menor entendimiento, apelé a la compasión.  Entonces le dije a mi adorable chofer que tenía que salirme del vehículo. Sonriendo, me preguntó si lo decía serio. Sin recibir una respuesta de mi parte, y todavía sonriendo, me dijo que claro que sí. Al siguiente semáforo en rojo salí del vehículo y continué a pie.

Creo que ahora es buen momento para terminar este correo y completar el relato la próxima semana. Tal vez esto sea lo más raro que haya escrito en mi vida. Maestro, es bastante común escuchar historias sobre drogas o experiencias espirituales donde se ven cosas increíbles, pero que al final no logra transmitirse la vivencia. Me parece que este el caso. En este correo intenté describirte a detalle lo que vi. Muchas veces te dije que no podría describirlo con exactitud. Y, de hecho, no lo hice. Fracasé. No mencioné muchas cosas que pasaron y las que mencioné no fueron descritas con exactitud. Hice lo que pude. Lo siento.

Al final de cuentas, lo importante es que ahora puedes entender un poco mejor que experimenté cosas incomprensibles, que no son fáciles de acomodar en una vida ni mucho menos en doce días. Algo que encontré revelador en medio de todo este fango fue la visión de esta persona con quien nunca había tenido una conversación en forma y que sin embargo ocupaba un lugar central en el fondo de mi consciencia: la chica electroquímica. No había absolutamente nada convencional en toda esta historia. Para nada era el caso de un vulgar viejo verde que solo busca tener sexo con una muchachita. Algo se había insertado en mi alma. Algo que tenía que ver con acontecimientos muy profundos acaecidos en mi psique. Desde mi divorcio y mi relación con mi hija a mi salida del ejército, y mucho más. Esto es lo que tienes que recordar.

Hasta el lunes, maestro. Que tengas un buen fin de semana.

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