La agente (el decimoséptimo capítulo)

Hola, maestro. Intento escribirte este correo mientras estoy de vacaciones en Puerto Vallarta con Mayra y sus hijos. Perece que últimamente el universo no quiere que escriba estos correos. Todos los días estoy aquí entre palmeras, el oleaje del mar y la belleza de alguien que me ama, pero solo quiero escribir estos malditos correos y contar esta historia. Mi entorno entero se me presenta como una muy agradable distracción que me impide hacer cosas que son importantes en mi vida, una que siento más real que esta que tengo aquí en los balnearios turísticos de México. Por ahora solo tengo unos minutos en este Airbnb para escribirte este correo. Lo siento por no escribirte al día siguiente como te había prometido. Veremos lo que puedo alcanzar a contarte en este momento de soledad.

Entonces. Recuerdo que te dije que te contaría de mis experiencias con Haley en el Motel Six. Ten en mente que hubo miles de detalles sobre Chaz que no te mencioné. Sin embargo, creo que he dado una idea consistente y relativamente completa. Debo aclarar ahora que Haley estuvo presente en todo momento y que ahora te relataré cuál fue su parte.

Haley era completamente diferente a Chaz. Era wiccana, como les decimos en Estados Unidos a los hippies que fingen ser chamanes. De hecho, Chaz lo dijo específicamente: “ella es una bruja”. Como sabía que yo soy cristiano, quiso motivarme a odiarla como si estuviéramos en Massachusetts hace cuatrocientos años. Luego te diré por qué. Al preguntarle a Haley sobre su espiritualidad, descubrí que su identificación como wiccana no era exactamente sustancial. Ella básicamente quería fumar mariguana, amaba a la naturaleza y era feminista. Aunque, igual como ocurre con wiccanos, no dominaba dogmas complicados o conceptos filosóficos profundos sobre espiritualidad. El Wicca es más una subcultura que otra cosa, tiene tanto de religión como lo tienen los darquetos y los góticos.

Esto no significaba que no tuviera un aporte significativo en los planes de Chaz. Ella también quiso tentarme, pero por medios más comunes e inocentes. Se propuso liberarme de “las cadenas de mi moralidad”, pues suponía que yo era un cristiano típico, lleno de miedo y de vergüenza, que necesitaba de su ayuda para aceptarse a sí mismo. Al menos inicialmente. Las cosas se pusieron muy raras con Haley.

Sin embargo, la primera cosa digna de atención, y, al mismo tiempo, la primera dificultad, tuvo que ver con su género. Por supuesto, dos hombres y una mujer en un cuarto del Motel Six, provistos de muchas anfetaminas, puede dar ocasión a más de un problema. No estoy seguro exactamente de cómo todo empezó. Chaz y yo tuvimos una discusión filosófica en la que le señalé varios puntos, razonablemente. Después, Haley se echó en la cama a los brazos de Chaz. Yo estaba en la otra cama, pero cuando todos estuvimos cómodos y relajados, pude escuchar que le dijo a Chaz, con voz dulce como de niña: “Él sabe algo”. Despertó mi curiosidad. ¿Qué podía significar eso?

Para mí puede significar tres cosas. Primero, Chaz y Haley podían ser estafadores intentando robar mi dinero, y Haley temía que yo me hubiera dado cuenta de algo. Segundo, Haley y Chaz eran cualquier tipo de Illuminatis o demonios o personas poseídos por demonios o algo similares, y Haley había notado que yo ya sospechaba cuáles eran los infernales y sobrenaturales hilos que los movían. Finalmente, durante las discusiones entre Chaz y yo, posiblemente la había convencido de mis perspectivas espirituales.

Inicialmente, Haley dijo muchas cosas similares a las de Chaz. El sabor de sus argumentos fue diferente: “¡Puedes ser libre!” “¡Dios solo quiere que seas feliz!”

Y sí, maestro, el hecho de que Haley no fuera atea como Chaz, y que además fuera mujer, me motivaba a confiar en ella. No me olvido de que las mujeres pueden ser los enemigos más salvajes. Pero en el caso de Haley, aunque no era una blanca paloma, tampoco era un lobo rapaz que fuera vestido como oveja.

Así se ganó mi confianza. Contrarrestaba la influencia de Chaz. Cuando le dijo a Chaz: “él sabe algo”. Interpreté el mensaje de manera religiosa. Ella quiso decirle que “la estaba convenciendo de mi fe”.

Me emocionó saber eso. En este mundo moderno, la religión es un asunto de nacimiento y cultura. En toda mi vida, no he sabido de más de cinco personas que se convierten al cristianismo por razones intelectuales. Normalmente lo hacen por cuestiones de cultura. Por ejemplo, cuando se casan con cristianos. Otros adoptan la religión por circunstancias de desesperanza. Por ejemplo, a causa de problemas con drogas o alcohol, pérdidas familiares, divorcios o catástrofes financieras. Hablarle a alguien sobre Dios o Jesús nunca tiene efecto si quien escucha no tiene una fuerte necesidad para hacerlo. La gente normal admite sin reparo que no sabe nada sobre la mecánica cuántica o que no sabe cómo manejar un coche manual. Pero, absolutamente todos creen que saben algo fundamental sobre Dios y el propósito de la existencia.

Por eso, cuando Haley dijo que yo sabía algo, quise hacer algo para ayudarla a saber más y posiblemente hacer cambios en sus perspectivas. Entonces le dije que yo y Chaz teníamos perspectivas opuestas; que, si ella quería salir de su vida y tomar un camino diferente, yo podría ayudarla, incluso económicamente.

Estos dichos agregaron un aspecto miserable al evento: celos. Por supuesto, en nuestra cultura un hombre no puede amar a una mujer sin el tema del sexo y las relaciones románticas de por medio. No olvides, maestro, uso la palabra “amar” en su sentido original: cuando el otro es más importante que uno mismo. “Enamorarse” significa tener deseo por alguien. Es algo completamente diferente. Pero cuando quise demostrarle mi amor a Haley y le ofrecí ayuda, los dos, tanto Chaz como Haley, creyeron que quería quedarme con la panocha de mi conocido intelectual. Y no olvides la situación con Frank y Carolina en la primera excursión al mundo de las metanfetaminas. De modo que Chaz ahora creía que yo era una mujer en el cuerpo de un hombre que tenía adicción hacia las novias de los otros.

En lo que a mí respecta, yo aún estaba confundido por el asunto de Noah van Ouwerkerk. De hecho, maestro, todavía estoy confundido por la chica electroquímica y vendrán muchos correos más sobre este tema. No sé si en el próximo correo pueda caber todo lo que deseo contarte sobre Noah. Solo te digo que por aquel entonces absolutamente no estaba buscando una novia. Aunque, es verdad que mi mente resolvió que Haley podía eventualmente ser algo así como una novia, si el destino así lo disponía. Pero en aquel entonces, te prometo, solo quería ayudarla a escapar de su vida de hoteles. Yo quería ser su amigo, nada más ni nada menos.

Gran parte del problema fue que le dije de manera demasiado franca que, en mi opinión, su relación con Chaz haría que su vida fuera muy difícil. Lo dije en frente de Chaz, muy claro y directo. Sí, estaba drogado, maestro. No olvides que este es el recuento de las conversaciones entre un servidor de Dios y un demonio. Ya había habido instancias de animosidad entre Chaz y yo, aunque dentro del contexto de debates y discusiones existenciales. Ahora el conflicto no era esotérico, sino algo más íntimo y genital.

Maestro, detesto esa actitud. De hecho, el hecho de que yo fuera un hijo de la luz y Chaz un hijo de las tinieblas no cambiaba nada. Solo el hecho de que yo era hombre y Haley era mujer. Imagina la ironía, maestro. Harold van Ouwerkerk es un súper moral cristiano que cree que las mujeres no deben hablar con los hombres. Asimismo, Chaz era el traficante de heroína que creía que las mujeres no debían hablar con los hombres. Harold y Chaz estaban de acuerdo en que era más importante apartar a hombres y mujeres, que ayudar a otra persona. Aprender hebreo o hablar filosóficamente sobre Dios pasaba a segundo término.

Maestro, para mí es más que obvio: el diablo no quiere que nadie hable conmigo. Aunque aquí, además, quiero marcar la tendencia general de la humanidad a no comprender el concepto fundamental del amor. Lo explicaré.

Acuérdate, la diferencia principal entre Chaz y Haley era que Chaz y yo teníamos conversaciones adversas. De perspectivas opuestas. Mientras que Haley le dijo: “él sabe algo”.

Maestro, es muy, muy, muy raro escuchar en esta época que Jonathan Bailey sabe algo. Porque nadie quiere saber nada. Todos están ocupados y distraídos. Nadie tiene ningún interés en nadie que diga que sabe algo. Por eso, para mí, cuando alguien quiere escuchar lo que tengo decir, entonces me dan ganas de hablar. Creo que es algo positivo. Creo que puedo ayudar a las personas que desean conocer, y ¡quiero ayudarles!

El concepto de acercarse a alguien tan solo para ayudar es completamente incomprensible para la gente común y corriente. Debes tener un rol: si eres el novio, puedes. Si eres el terapeuta, con actas, certificados y títulos, entonces puedes hablar con alguien. Si eres el conocido, amigo, pariente o esposo, también. Pero el extranjero, ¡no! La idea de que alguien hable con otra persona de manera desinteresada es inconcebible. Un hombre que quiere hablar con una mujer solo puede querer sexo.

Tengo otra historia para ti. En Facebook hay una sección: “personas que quizá conozcas”. Alguien con apellido “Arroyo”, una mujer, apareció de repente. Es el mismo nombre de mi novia, Mayra Arroyo. De hecho, la persona y yo teníamos a Mayra como amigo en común. Así que le mandé una solicitud de amistad por Facebook. Después, le pregunté a Mayra que quién era la mujer con su mismo apellido. Mayra me dijo que era su prima. Le dije que le había mandado una solicitud de amistad y ella me dijo que, para las personas de su familia, cuando un hombre le manda una solicitud de amistad a una mujer, es solo para coquetear. Su prima no aceptó, naturalmente y retiré la solicitud. Mayra me dijo que no quería que tuviera contacto con mujeres de su familia.

Para mí esa locura es increíble. Es algo perverso y satánico. Ya te he dicho que creo que este fenómeno es una herramienta del diablo para evitar que las personas hablen conmigo. Te escribiré sobre este tema después. Por ahora solo importa dar cuenta de que el “santo cristiano” Harold y el narcotraficante Chaz obraban exactamente de la misma manera. Y ahí se va la libertad de los progresistas en sus vidas sin Dios. Y ahí se va el amor del prójimo, el gran mandamiento de la fe. Mis amigos son mis amigos. A la chingada con el resto. En ese momento, Chaz y Haley no podían ofrecerme más libertad que la que brindan las iglesias o las sinagogas de Israel. Tampoco podían darme auténtico amor. Pero bueno, no quiero que estos comentarios sean como una queja contra Harold o Chaz. Lo que quiero es expresar mi decepción con el mundo en general, ya que parece que el simple hecho de ayudar a un extranjero es algo que parece pertenecer a otra realidad. El mundo no funciona así. Como hombre, si se te ocurre ayudar a alguien, absolutamente nadie va a creer que de veras quieres ayudar. Sin duda, un hombre no puede tener otras intenciones que tener sexo, y para ello, para conseguirlo, naturalmente estará dispuesto a robar hijas o novias. Así es como el mundo funciona.

No hace falta decir que la interacción con Chaz asumió nuevos acentos y sabores. Había un aspecto de concurrencia nueva. Ello contribuyó notablemente a reforzar mi concepto de servidor de Dios contra servidor del diablo. Por supuesto, no nos faltó la animosidad.

Sin embargo, ahora deseo contarte un poco más sobre mis experiencias con Haley. Como te escribí arriba, ella y yo nos llevábamos bien. Aunque, con el tiempo, las cosas se volvieron más y más extrañas entre nosotros. De repente me dijo que su nombre no era Haley, sino Helen. Entonces no supe si creerle, ni entendí por qué quiso hacer algo así, pero me imaginé que todo era parte del plan de Chaz para confundirme. Tampoco quise saber por qué me decía estas cosas. En mi mente, el nombre “Helen” siempre ha estado relacionado con Helena de Troya. No le mencioné nada de esto, de modo que Haley nunca supo que su verdadero nombre me hacía pensar en desgracias épicas, acarreadas por la belleza de una encantadora mujer.

Este dato será muy importante después. Más adelante lo explico. Primero quiero aclarar que ella estaba diciendo cosas similares a las que Chaz decía: que la realidad es una percepción y que es posible modificarla por medio del poder de la mente. Creo haberle entendido que para cambiar la forma del cuerpo es necesario practicar un tiempo, al menos al principio. Antes de conseguir transformarse en otra persona, por ejemplo, es necesario comprender cómo se siente y funciona el cuerpo que se desea tener. Cambiarse de varón a fémina sería especialmente complicado, claro está, pero sería posible porque hombres y mujeres son formaciones diferentes de las mismas estructuras biológicas.

Intenté trasmutar mi cuerpo con ella y con Chaz, pero, como te dije en mi correo anterior, no tuve ningún éxito. Asumí que Dios no estaba de acuerdo en que yo experimentara este poder, ya que para él todo era una burda hechicería. Nunca sentí su apoyo divino, es decir, su consentimiento. Haley me dijo que mi miedo de desobedecer a Dios era mi debilidad. Me dijo que el miedo y el entusiasmo generan una química muy similar en el cerebro. Uno sirve para protegerse y el otro para generar. Para producir el efecto deseado, entonces, tenía que dejar las dudas y llenarme con la energía creativa que otorga la certidumbre: Creer es crear. Irónicamente, ella y Chaz no hacían otra cosa que sembrar la duda, especialmente en aquellos conectado a Dios. O, al menos, a lo que yo entiendo por Dios: el padre de Jesucristo, el rey todopoderoso que está en el cielo y que demanda mi obedecía.

Poco tiempo después de que todas estas conversaciones tuvieran lugar, pero después de haberle ofrecido ayuda a Haley, los tres decidimos irnos a comer. Cerca del hotel había un restaurante tailandés. En el camino, Chaz iba diciendo cosas incomprensibles, números arbitrarios y fórmulas matemáticas que no tenían ningún sentido para mí. No sé si estaba tratando de impresionarnos a Haley o a mí con un desplante de falsa genialidad, o si yo, simplemente, estaba perdiendo la razón.

Haley me dijo que los dos, ella y Chaz, tenían muchos años y que podían ser cualquier persona que quisieran. Esperaban que yo pudiera ser un miembro de su grupo. Intenté preguntarle sobre las cosas que me decía. Se me veían a la mente personajes como los Anunnaki y otros seres sobrenaturales. Lo que Haley decía superaba ampliamente las expectativas que uno podría tener en una hippie mariguana. ¿Recuerdas que te mencioné que los nombres de Haley y Helen iban a ser importantes después? Creo que mi percepción de ellos como seres antiguos ya había comenzado antes, pero específicamente cuando ella me dijo que su nombre era Helena, lo que me remitió a Troya, esta sensación cobró mayor fuerza. Sin posibilidad de saber que al revelarme su nombre le impondría a mi mente el arquetipo de mujer de la Grecia Clásica, Haley me fue preparando para recibir su mensaje.

En el restaurante, Chaz se comportó de manera hostil conmigo. No dormí en algunos días; tampoco comí. No tenía hambre, pero comí porque ellos querían comer. De repente, Chaz se presentó como un “experto” en gastronomía. Normalmente puedo hacer estas cosas también. Soy analista. Puedo describir el mundo entero de maneras interesantes. Atino al encontrar los detalles más relevantes de los fenómenos que observo. Pero en aquel momento todo lo que probé me supo a papel. Esa vez comí pollo al curry y una sopa Tom Kha Kai. Por lo regular son platillos suculentos, pero en aquel momento me supo tan insípido como si ahora mismo me metiera una servilleta en la boca. Chaz no desaprovechó la oportunidad de ridiculizarme y me trató como a un idiota que es incapaz de disfrutar su cena.

Me estaba volviendo loco. Sí, maestro, mis conversaciones con los Illuminatis durante mi segundo lapso de anfetaminas con Melinda; o mi carrera alrededor del estacionamiento del Fashion Square Mall en Scottsdale, Arizona, persiguiendo al fantasma de una adolescente holandesa, después del primer lapso de drogas; debe ser más que suficiente evidencia de que había estado perdiendo mi cordura desde ya hacía muchos meses. Pero en esta ocasión era diferente. Conforme transcurría el tiempo, mis capacidades iban disminuyendo.

De vuelta en el hotel, las conversaciones se pusieron un poco raras. Haley y yo continuamos con nuestra cordialidad. Quizá demasiada. De hecho, creo que a ella le agradó mucho la idea de abandonar a Chaz y no se daba cuenta de que mis intenciones eran netamente espirituales y amigables. El malentendido llegó incluso a generar una discusión con Chaz en la que él le dijo que tenía que escoger entre uno de los dos.

Mi realidad se volvía más y más un asunto de celos entre hombres y mujeres que no buscaban otra cosa que sexo y egocentrismo proyectado en el otro. Después de hablar con Chaz, Haley salió del baño y me dijo: “somos agentes”.

En shock, pregunté: “¿agentes de quién?”

En el hilo de un susurro, contestó: “Si te digo, me matarán”.

Al parecer Chaz escuchó algo, porque quiso saber lo que me había dicho Haley. Estaba como confundido. No recuerdo qué le respondió ella, porque en aquel momento mi mente estaba en llamas. No te olvides de mis experiencias con Melinda, Marcus y el negro de mi segundo evento con metanfetaminas, en el que Marcus se comportó como una especie de mago o alguien con superpoderes que podía leer mi mente, y decía que las personas podían alterar la realidad e incluso podían alargar sus vidas.

Durante esta visita había estado hablando con Chaz como si él fuera un demonio que pretendía enseñarme hechicería negra. ¿Podría ser que Chaz y Haley fueran agentes de la misma organización de Illuminatis? ¿Es posible que su único propósito fuera el de confundirme y cambiar mi perspectiva de teísta al servicio del Único, a la de un ateísta a las órdenes del Príncipe?

Parece que mi mundo exterior era una reflejo de mi condición psicológica fundamental. Todo era una guerra entre el bien y mal, Dios y Satán, los Illuminatis y los Caballeros de la Luz. Aunque también estaban involucrados el amor verdadero y las relaciones sexuales, sin olvidar la criminalidad sexual que suele acompañar la interacción entre hombres y mujeres.

No sabía qué hacer. Simplemente sentí que no podía preguntar más hasta no estar a solas con Haley, cosa que, por supuesto, Chaz no permitiría. Además, estaba tan drogado, que no habría sabido cómo conseguir estar a solas un momento con Haley. En aquel estado, francamente, las pendejadas entre ellos no me importaban en absoluto. Lo que yo quería saber era cuál era el sustento de la realidad. Estaba saliendo de un mundo conocido y racional para entrar en uno de pesadillas subconscientes y fundamentales. Estaba en la habitación de un Motel Six con Iluminatis, agentes de otras dimensiones y demonios, obstinado en defender la idea de que la realidad existe y que es producto de una inteligencia infinita.

Días después decidimos ir a comer de nuevo. Esta vez a un restaurante especializado en desayunos. No supe si estaba en este planeta o en una dimensión entre la tierra y cualquier otro mundo similar. En mi opinión, no estaba hablando con Chaz y Haley, sino con espíritus infernales o agentes de los Illuminatis. No me acuerdo mucho sobre las conversaciones. Había alcanzado mi limite. Chaz me explicaba cómo salir de mi cuerpo y flotar como espíritu incorpóreo para observar todo.

En algún momento le dije que quería salir por un cigarro y los tres salimos a fumar frente al restaurante. Entonces Haley señaló al edificio contiguo. No lo vas a creer, maestro, pero seguro no era una iglesia ni el despacho de un abogado o el consultorio de un dentista. ¡Era el maldito negocio de un psíquico!  Y no solo eso, era la tienda de una pitonisa. El letrero decía: “Alcance su potencial a través de nuevos niveles de consciencia”.

Haley me dijo: “Ven. Quiero mostrarte algo”. Cruzamos el estacionamiento para acercarnos. En el suelo había unos calzones de una mujer, muy viejos y sucios. Parecía que habían estado ahí mucho tiempo. “Lee”, me dijo.

Miré los calzones y me fijé en la etiqueta. A veces las personas escriben sus nombres ahí. Pude leer que decía “King”, tal vez el apellido de la dueña. Pero en ese contexto el hallazgo no podía ser simplemente eso. El mensaje era muy claro: podía alcanzar todo mi potencial a través del desarrollo de mi consciencia. Los calzones de la mujer eran el mensajero que me comunicaba que, lo reconociera o no, yo era el rey de la realidad.

De inmediato rechacé el mensaje. Les dije que yo no era un rey, que no había otro que Cristo. Que yo era uno más de sus servidores. También les dije que no podía continuar en este mundo y que era hora de irme. Me dijeron que estaban de acuerdo. Haley me dijo que tipos como yo no regresaban a este mundo. “De acuerdo”, fue mi respuesta. Les pregunté hacia dónde debía partir. Haley me dijo que no sabía, que el lugar no era importante. Les dije: “De acuerdo. Adiós”

Me alejé caminando unos quince metros, hasta el autoservicio del restaurante. Te juro que sentí que desaparecería en cualquier momento. Pero no pasó nada. Muchos pensamientos fluyeron en mi mente. Vi a Chaz y a Haley en la distancia. Le tuve miedo a lo desconocido. Pensé en mi hija y en Chloe. Y también en Noah. Decepcionado, llegué a la conclusión de que no podía ayudar a nadie. Tampoco habría nadie que pudiera entender mis experiencias. Yo mismo no las entendía. Pero, aunque pudieran, no tendrían tiempo para escucharme. La gente se la pasa tratando de sobrevivir, de escapar de sus problemas. No tienen espacio para nada más en su agenda. Siempre están ocupados en el trabajo o en la escuela, o tal vez comprometidos con la familia o en otras cosas sin la mayor trascendencia espiritual. Además, me tenían miedo. Le rehuían al viejo que soy. Al peligroso y loco de Jonathan Bailey. A ese pastor delirante, cuyas palabras hacían sentir a quien las escuchaba el desasosiego de estar parado frente a un precipicio en medio de la oscuridad.

Aunque tuve dudas y miedo. No pasó nada. Aparentemente, Dios no quería llevarme a casa ese día.

Inmerso en mis pensamientos, caminé hacia donde estaban Haley y Chaz. Con su habitual y exquisito cinismo, Chaz me dijo: “Ey, todavía estamos aquí. ¿Qué hacemos? ¿Vamos al Motel Six?”

Entonces regresamos.

De vuelta en la habitación, los tres continuamos con nuestras conversaciones. Estaban decepcionados de mí porque no me daba cuenta de que podía alterar la realidad. Haley le preguntó a Chaz si debían darme lentes. No recuerdo cuál fue su respuesta. Tampoco entendí la pregunta. No me di cuenta de casi nada. Me era muy difícil comprender cualquier cosa.

Haley se puso su piyama y se sentó frente al espejo a maquillarse. Yo estaba de pie mirándola mientras hablaba con ella. Me dijo que me iba a dar unos lentes, que se los trajera. Sin saber nada más, fui directo hacia ellos. No tenía problemas de visión, pero accedí a su pedido sin chistar. Los encontré de inmediato y al instante me los puse. Lo primero que vi fue a Haley, quien seguía siendo vieja, pero ahora tenía la estatura de una niña de ocho años. Era algo más que increíble. ¡Era espeluznante! No era como un enano normal, de brazos y piernas cortos. Era un humano en miniatura, maquillándose en piyama.

Le pregunté a Haley por qué era tan pequeña. Con voz de niña mimada, me dijo que simplemente quería ser pequeña.

Tuve que tocarla para saber si lo que veían mis ojos era de verdad. Para mi sorpresa, mi mano me confirmó la visión. Toqué su hombro y su cintura y por último una de sus rodillas. Cada vez me decía “no me toques”. Al principio lo decía suavemente, pero al final gritó: “¡Basta!”. Como si ella fuera mi sobrina y yo su tío voraz de sexo.

Por supuesto que yo estaba muy asombrado con todo aquello. Quería comprender. ¿La visión que tuve era una realidad objetiva o era una fantasía de mi mente? Sin embargo, puedo entender que afuera de mí era evidente que yo era un viejo pervertido que trataba de tocar a una niña en piyama. Pero ¿qué hacía una niña en piyamas maquillándose frente a un viejo en el Motel Six? Todo era muy confuso.

No la toqué más y me quité las lentes. Al menos estaba claro que me producían alucinaciones. Sin embargo, el trance narcótico me reveló que en lo profundo de mi alma había una caótica danza de demonios que me incitaban a la perversidad sexual. En medio de todos ellos, estaba Dios: impasible, sereno y absoluto.

Aunque realmente estaba muy drogado cuando atravesé por todo esto, me resultaba difícil de creer que todo fuera exclusivamente por el efecto de las metanfetaminas. Me parecía que yo y el mundo entero nos habíamos convertido en una profunda escena psicotrópica. La caída en espiral de un mandala que se va desintegrando en la nada, como un cometa. En el fondo, ahora sabía que mi concepción de la realidad tenía que ver con la fornicación y con Dios, aunque nunca hubiera tenido problemas con el sexo. Mi vida sexual había sido bastante normal, creo. El recato nunca fue una característica de mi actividad sexual, debo admitir. Sí creo en la Biblia y en que la intención de Dios fue que un hombre se uniera a una mujer para siempre. Pero no vivimos en el jardín de Edén, y cumplir con el estándar original no siempre es la mejor idea. Además, el incumplimiento de aquel designio en específico no es precisamente el mayor pecado que puede cometer un hombre.

Perdí mi virginidad a los quince años con una chica que me dio permiso de cogérmela. Tuve algunas novias en la preparatoria. Era eyaculador precoz. Cuando era un veinteañero tuve más confianza en mí mismo. Tuve más novias y encuentros sexuales, algunos bastante exóticos. Algunas mujeres me dijeron que yo había sido el mejor amante sexual que habían tenido en su vida. Después me convertí al cristianismo, y en esta fase inicial de mi fe, fui célibe dos años hasta que me casé con mi esposa. Me casé con la mujer equivocada. En mi mente, la cultura de la Iglesia fue la culpable. Hace demasiado hincapié en la virginidad, el matrimonio y la perfección cultural. Pero no les importa nada el amor, el respeto ni la bondad. Por eso, después de mi divorcio tuve más experiencias exóticas sexuales, y después me volví a monje. No por ninguna neurosis, sino porque estaba harto de las mujeres y en mis años cuarenta el sexo había dejado de ser importante en mi vida.

En pocas palabras, como te digo siempre, no soy un moralista y no tengo problema con el sexo, como sí lo tienen los religiosos mojigatos. Pero, según la revelación de estas experiencias con drogas, tal parecía que el sexo era un tema fundamental para mi psique. Algo que ensuciaba mi alma.

Pero ahí estaba yo, en medio de esta pinche pesadilla de drogas, demonios y enredos psicológicos de géneros sexuales e incluso pedofilia. Lo más interesante fue que los narcotraficantes me brindaron exactamente la misma mierda que el santo Harold van Ouwerkerk me ofreció: celos, vergüenza y enjuiciamientos injustos.

Pero esta lección no fue el final de la experiencia. Mi descenso a la locura continuó a tal grado de no poderle asignar, incluso ahora, un significado concluyente.

Haley le pidió a Chaz que la ayudara con algo de su cabeza. No sé exactamente en qué. Creo que Haley tenía llagas. O posiblemente había gusanos en su pelo. Honestamente no sé. Estaba tan drogado que no sabía ni dónde estaba mi propia cabeza. Chaz puso una silla en el baño y se sentó a espulgar el cabello de Haley, que estaba sentada en el piso. Eran como una pareja de simios reforzando sus vínculos sociales.

La escena me horrorizó. Entré en pánico. Me pareció ver que los dedos de Chaz eran puro hueso. Fue un poco violento. Haley insistió en que Chaz le ayudara, pero para mí era como si estuviera matándola. Gritando, tuve que pedirle que dejara de hacerlo. Los dos me dijeron que estaba loco.

Haley se decepcionó mucho de mi miedo y mis límites. Entonces, me sugirió que tomara dimetiltriptamina, el psicotrópico más poderoso del mundo. Es el ingrediente activo de la ayahuasca, una droga de los chamanes en México y América del Sur. Dicen que produce sueños lúcidos y que el cerebro la misma experiencia de nacer y morir.

Después leí sobre esta droga. La dimetiltriptamina está presente en nuestro cuerpo y en el medio ambiente. Es la sustancia que produce el cerebro cuando tenemos sueños, pero en altas concentraciones es tan tóxica que el cuerpo la elimina rápidamente, antes de que afecte al sistema nervioso central. Por esto los chamanes la mezclan con otras drogas como la ayahuasca, que puede producir alucinaciones menos extremas por algunas horas. También es posible fumar dimetiltriptamina o DMT pura, con un poderoso efecto que dura diez minutos con alucinaciones muy intensas.

Haley intentó explicarme sobre la droga. Incluso me leyó un artículo que hacía referencia a seres de otras dimensiones y niveles de consciencia.

Maestro, te prometo que, si hubiera tomado esa droga, no estaría aquí escribiéndote nada. Seguramente estaría en alguna institución mental en un estado de absoluta demencia. En verdad Haley era más estúpida de lo que imaginaba. ¿De dónde le había venido esta idea?

El propio Chaz me lo propuso también, quizá para divertirse con el espectáculo de deshacerse de un Jonathan que persistía en su fe. Hablamos del tema varias veces. De hecho, es chistoso, pero muchas veces olvidé el acrónimo y me refería al DMT como “DMS”. Cuando le pregunté a Chaz cuál era el significado de “DMT”, de manera socarrona me dijo: “Dangerous Meth Substitute” (“Sustituto Peligroso de la Metanfetamina”).

Según Chaz, yo no necesitaba drogas. Me recordó que no había tomado drogas desde hacía muchos días y sin embargo nuestras pláticas no diferían en lo esencial. Para él, toda la discusión sobre el DMT o las diferentes drogas para alcanzar cierto nivel de conciencia era solo un chiste. Las drogas eran solo un medio para a acceder a la comprensión de fenómenos más trascendentales. Al menos esa fue mi interpretación de su perspectiva.

Cuando rechacé su invitación de tomar DMT, Haley se frustró mucho. Después de todo, Chaz tenía algo de razón: no necesitaba drogarme para comprender mejor la realidad.

Las cosas continuaron poniéndose más y más raras. Mi mundo exterior era un espejo de mi mundo interior, lleno de la presencia de Dios, el diablo y el sexo ilícito. Por una semana no dormí ni comí nada. No podía pensar.

La siguiente cosa que recuerdo es estar hablando con Haley otra vez frente el espejo, diciéndole que todo era muy raro y que yo estaba tan loco que no podía imaginar volver a mi vida de antes después de haber experimentado todas esas cosas. Yo no sabía si estaba en un sueño o en otro planeta, si estaba en mis cinco sentidos o si todavía estaba drogado. Le pregunté a Haley cómo podría regresar a mi mundo racional. Si ya estaba sobrio y Chaz tenía razón, y aparentemente todo eso no era simplemente un asunto de drogas, ¿cómo podría volver a ser Jonathan Bailey? Me respondió que no estaba segura, que posiblemente tendrían que ponerme otro injerto.

Maestro, según mi experiencia, las únicas personas que hablan de injertos son los seguidores de la Cienciología o las personas que han tenido experiencias con extraterrestres. De hecho, desde hace muchos años, yo tenía una teoría de que el anticristo en algún momento se haría pasar por un ser extraterrestre que vendría para proteger a la raza humana contra la invasión extraterrestre de Jesucristo y los ángeles. Francamente, si el Mesías, sus ángeles y sus santos aparecieran sobre nubes como describe el Nuevo Testamento, no se vería muy diferente a las imágenes que nos han mostrado las películas desde hace décadas.

A propósito de esto, recuerdo haber visto un documental en HBO sobre la Cienciología, en el que se contaba que en las versiones tempranas de los cursos más avanzados de Cienciología, el fundador del movimiento, L. Ron Hubbard, decía que él era el anticristo. Ante la decepción y el escándalo entre los seguidores, los jefes de la Cienciología tuvieron que cambiar el contenido de estos cursos.

La Cienciología mantiene que las almas humanas son una raza de extraterrestres llamados Thetanes, quienes fueron encarcelados en cuerpos humanos sin posibilidad de recordar sus vidas originales. En cada uno fue colocado el “Injerto R6”, cuya función era la de borrar sus experiencias pasadas, incluido el trauma de haber perdido sus cuerpos materiales hace 75 millones de años.

Y ahí estaba yo, Jonathan Bailey, hablando con la wiccana Haley y el narcotraficante Chaz, dos demonios que, para enseñarme a alterar la realidad por medio de mi mente, usaron una braga sucia. Antes, frente una tienda psíquica, me habían dicho que yo era la fuente y el rey de la realidad, y ahora Haley me proponía ponerme un injerto para reingresar al mundo de cordura.

Dios. Satán. El enamorado de una adolescente holandesa. El anticristo. Injertos espirituales. La realidad como la creación de la mente. La perversión. El odio de la masculinidad. Extraterrestres. Pedofilia. Demonios.

Maestro, no puedo imaginarme una autodestrucción más perfecta para un ser humano. De hecho, no podía ser casualidad. Tenía que ser un ataque. Piensa en esto. Un ser humano es primero una conciencia. Después es varón o hembra. Después, su deseo es conectar con otros. Como si la interacción con mujeres fuera un pecado o crimen, yo al principio experimentaba la destrucción de mí mismo como un varón que quería conectar con el otro.

Después, mi sentido fundamental de mí mismo como un ser distinto fue atacado por el concepto de que toda la realidad era solo mi imaginación. Por cierto, ello involucraría mucha responsabilidad de mi parte, porque significaría que todas las formas de sufrimiento como la guerra, la muerte, la violación y la traición eran parte de mi imaginación y, por lo tanto, mi culpa.

Me sentía como una víctima. Como el desdichado objetivo de un asalto orquestado por fuerzas infernales que, valiéndose de conceptos extraterrestres y filosofía diabólica, le infligían a mi alma terror y confusión. Sí, maestro, entiendo que tomé drogas y asumo la responsabilidad de las consecuencias, pero esto distaba mucho de ser una simple noche de borrachera con vómitos y orines en los pantalones o una más fatídica incluso, que tuviera un accidente vial como colofón. Tengo suerte de que nada de esto hubiera pasado. Nada que tuviera que ver con autos en llamas. Las consecuencias habrían sido mucho más graves: la muerte o una vida sin brazos ni piernas. Pero esto, maestro, esto era algo que absolutamente no podía comprender.

Le dije a Haley: “Tengo que ir a un hospital. Llévame a un hospital inmediatamente”.

Al principio, ella y Chaz intentaron convencerme de no ir. Chaz me advirtió que tuviera cuidado de quienes resuelven los problemas de las personas privándolas de su libertad. Era como si quisiera decirme que estaba pidiendo a gritos que me encerraran en un manicomio y que me metieran en una camisa de fuerza. Pero para mí era obvio que sin la ayuda de los profesionales mi cordura se desvanecería irremediablemente.

Me preguntaron a cuál hospital quería ir. Les dije que al hospital de los veteranos. Y de nuevo Chaz estaba al volante de mi coche. O, mejor dicho, al volante del coche que la compañía de seguros me había prestado mientras arreglaban el otro, que el mismo Chaz había abandonado en la carretera dejándolo casi inservible.

Durante el trayecto en el coche los colores a mi alrededor eran exagerados y cambiantes. Los botones de la cabina, el cielo, las nubes, todo eran muy colorido y hermoso. Al entrar al carro mi teléfono se conectó al audio y el estéreo empezó a tocar las canciones de mi Spotify. Haley me pidió que hiciera algo, porque aparentemente la misma canción sonaba una y otra vez: Let it Happen de Tame Impala.

Pude escuchar que Chaz, bastante contrariado, se preguntó en voz alta que ¿por qué no me moría?”.

Esta pregunta y la letra de la canción me confirmaron que realmente estaba muriéndome. De todas formas, se lo pregunté a Chaz. Antes de morir quise saber cuál sería su respuesta.

Pero respondió con otra pregunta: “¿tienes idea de toda la mierda que te hemos dado?”.

No dije nada más. Todo para mí era absolutamente psicodélico. Chaz todavía quería sembrar duda y confusión, y las cosa que decía eran increíbles.

No me llevaron al hospital de los veteranos. No sé por qué. Me llevaron a un hospital llamado Aurora Centro. Chaz se quedó en el coche mientras Haley me acompañaba en la recepción. Por supuesto, había mucha gente y el fascinante sistema de salud de los Estados Unidos determinó que yo no era una prioridad, por lo que tuve que esperar, absolutamente drogado, bastante tiempo en la sala con otros pacientes que no eran urgentes. Después hicieron mucho por mí, pero por ahora creo que tengo que contar en otro correo la historia de mis experiencias en el hospital.

Aquí solo diré que, al entrar en la sala de espera, después de mi registrarme, ya no podía caminar. Por consiguiente, Haley, maternalmente tuvo que abandonarme en el suelo. Antes de partir me sonrió y quiso saber si estaría bien. Infantilmente, le dije sí. Me abrazó y salió. Era como su bebé expósito.

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