Trastorno (el duodécimo capítulo)

De acuerdo. Tienes suficiente información para entender los eventos de mi salida del ejército de los Estados Unidos de América. Pues, ¿Dónde debo empezar? Supongo que con mi segundo año en Irak.

Yo era el entrenador de inteligencia en un “Equipo de Misión Transición” (M.T.T. o “Mit”). ¿Qué putas es esto?, te preguntarás, maestro. Pue bien, es un equipo de once personas: cinco capitanes, cinco sargentos y un mayor. El mayor era el comandante del equipo y cada capitán y cada sargento componían una pareja de funciones militares en varias áreas, por ejemplo, logística, inteligencia, operaciones, etc.

Manejábamos tres camionetas. Sí, maestro, era un capitán de inteligencia militar, un comandante de compañías de cien soldados, consejero de batallones de mil soldados, pero en este puesto, además de mis responsabilidades como entrenador de inteligencia, era conductor de una camioneta como un privado en equipos normales. A veces un ametrallador. Pero mi función primaria, como entrenador de inteligencia, era enseñar a los oficiales iraquíes de los en batallones de infantería cómo reunir y utilizar inteligencia.

No era un puesto típico. Siempre paseábamos en las bases de los equipos de los soldados iraquíes. A veces nos alojábamos en tales bases. Cada día salíamos de nuestra base y visitábamos a jefes de tribus y a equipos varios del ejército iraquí. El año me parecía un poco como Lawrence de Arabia. Es decir, fue un año impregnado de la cultura del Medio Oriente.

Y sí, maestro, experimenté el combate. Estuve en un tiroteo de mediana intensidad. Mi camioneta fue bombardeada dos veces. Y varias veces encontré las secuelas de las batallas: cadáveres explotados de niños, esposas y madres que gemían, destruidas emocionalmente. Aunque nada de esto me pareció especialmente traumatizante.

No significa que no tuviera empatía. Pero por mi fe siempre tuve la opinión de que la muerte no era una cosa muy difícil de aguantar. Todos van a Dios. Solo es cuestión de tiempo. Todos encuentran la verdad. De hecho, la muerte es el fin de la injusticia. Para mí, más intolerable que la muerte es la injusticia. Sí, las escenas de las batallas fueron tristes. Pero en general no por los que morían; por los supervivientes, por las esposas, por las madres. Durante mi año en Irak encontré tales sucesos solo algunas veces. Menos de diez. Tengo amigos del ejército que, en sus recorridos de combate de cada mes, experimentaban la misma cantidad de mierda que yo experimenté durante todo un año.

Esto saca un tema interesante. Conozco a soldados que sufrieron mucha más violencia de guerra que yo y que sin embargo no contrajeron TEPT. Asimismo, conozco a soldados que experimentaron menos violencia que yo y que también les dio TEPT. En todo caso, las experiencias después de la guerra influyen tanto como la manera en que los soldados procesan sus experiencias.

En mi caso, mis experiencias no es que hayan sido insignificantes, pero tampoco fueron absolutamente terribles. Sin embargo, el ambiente que había en mi segundo año en Irak fue tal, que una picadura de mosquito tenía el potencial de convertirse en todo un tema para el psiquiatra. El diagnóstico para mí fue “trastorno de adaptación”. No TEPT. Tuve que luchar cinco años después de mi salida del ejército para ganar el diagnóstico de TEPT. Durante mis tres años finales en el ejército insistieron en que solo tenía dificultad para adaptarme a mi vida después de la guerra y mi divorcio. Aunque el manual de diagnóstico mantiene que un trastorno de adaptación solo puede persistir seis meses. Después de seis meses, si alguien continúa con problemas mentales, tienen que buscar otro diagnóstico. Pero en mi caso, por tres años, dijeron que yo tenía un trastorno de adaptación.

En el ejército un trastorno de adaptación es la misma cosa que un trastorno de personalidad. Es decir, si tienes trastorno de personalidad o trastorno de adaptación, nadie hace nada por ti. Normalmente, si tienes trastorno de personalidad, simplemente te echan del ejército. Si tienes trastorno de adaptación, no hacen nada. Todo es lo mismo de siempre. Los dos diagnósticos son métodos para evitar proveer a los soldados de tratamiento. Uno de ellos, el trastorno de personalidad, dice: “es solo una persona mala e irreparable que necesitan remover del servicio”. El otro, el trastorno de adaptación: “solo tuvo un mal día. Mañana todo estará bien”.

Ahora puedo explicarte, maestro, cómo fue que agarré el trastorno de adaptación que me duró tres años. Como mencioné antes, la “segunda ronda” en Irak tuvo su dosis de violencia. No fue la gran dificultad del año. Te diré que la decepción y el agotamiento fueron el reto principal. Inicialmente los Mits daban mucho dinero a los equipos iraquíes que supuestamente estaban entrenando. Los iraquíes hacían básicamente todo lo que les pedían. El plan era dirigirlos como a una horda dorada de Gengis Khan. Pero en 2007 el gobierno de los Estados Unidos dejó de mandar dinero. Cuando los americanos se quedaron sin fondos, ya no tuvieron que ofrecer “nada nuevo bajo el sol”. Entonces todo se convirtió en una auténtica mierda.

Cuando la reducción de presupuesto llegó a los iraquíes puestos a su servicio, como es de esperar, estos ya no tuvieron razón para que les importara una verga lo que los Mits decían o les pedían hacer. Entonces descubrimos que los soldados estadounidenses no tenían idea sobre cómo entrenar a nadie sobre nada, y que los iraquíes a su vez en realidad no querían aprender nada.

Al final del año, mi equipo no había logrado mucho y me sentí como cuando los soldados que regresaban de Vietnam. ¿Por qué hubo una maldita guerra, en primer lugar? ¿Cuál era la necesidad de tanta muerte? Después, regresé a mi casa con una esposa que de verdad no quería mi retorno. Estaba muy feliz en su casa de Arizona sin su esposo y no quería mudarse a Monterey, California, según los órdenes del ejército. Imagina, maestro. ¡Monterey, California! Obviamente el Noveno Círculo del Infierno. La mayoría de los soldados del ejército matarían por la oportunidad vivir en tal paraíso, pero para mi esposa aquello fue una pesadilla.

De hecho, íbamos a Monterey porque tenía que estudiar ruso, como requerimiento de mi carrera como oficial de inteligencia militar. Originalmente mi idioma era el árabe, pero después de estudiarlo en la escuela militar, el ejército me mandó a Oklahoma para olvidar todo lo que había aprendido. Y después de muchos años, me mandaron a Irak, donde aprendí mucho otra vez. Pero después de un año me mandaron a Arizona para olvidar todo de nuevo. Y después a Irak. Eventualmente, se me ocurrió cambiar al ruso, porque mi esposa era rusa y así podría aprender un idioma que no olvidaría porque podía usarlo en casa.

Desafortunadamente, desde el jardín Edén, el propósito de la mujer es la destrucción del hombre. Si para el hombre es importante ir a cualquier paraíso para hacer algo muy significativo y difícil, como aprender el idioma de su mujer, ella por supuesto odiará la idea. Más importante para la mujer será llorar por no tener su galleta favorita para su café favorito o cualquier otra tontería por el estilo. Así actuaba mi esposa. Se quejaba constantemente.

Luego de nueve meses, mi esposa quiso regresar a Arizona, donde vivimos antes de que yo tuviera que irme a Irak, y donde ella vivió durante el tiempo en que yo estuve en la guerra. Yo tuve que regresar después de mi curso de ruso, antes de recibir más entrenamiento para mi próximo puesto en Washington, en Joint-Base Lewish-McCord. Aún tenía que completar algunas asignaturas en California. El tiempo que pasamos juntos en California durante mi curso de ruso fue una mierda. Yo estaba distante, irritable. Pasaba casi todo el tiempo en la computadora. Quería aprender bien el idioma y lo estaba haciendo. De hecho, era el mejor estudiante de mi clase. Pero el resto de las cosas, siempre las olvidaba. Mi comportamiento era demasiado informal para un oficial. Decía chistes y les llamaba por su nombre de pila, era rebelde.

Mi esposa nunca me llamaba, raramente recibía mis llamadas y nunca quería hablar conmigo. En aquel entonces, flirteé con una de mis maestras y ella se quejó en la dirección. No había sido gran cosa, nada cruel ni vulgar. Simplemente no estaba permitido que los estudiantes tuvieran conversaciones personales con las figuras de autoridad. Y te digo, maestro, no habría dicho nada, pero alguien descubrió la interacción y, por supuesto, como la chica electroquímica de Israel, para una mujer es simplemente más fácil decir que ha sido abordada por un hombre indeseable que aceptar que de verdad disfrutaba de la atención. No olvides, maestro: el propósito del universo es proteger a las mujeres.

Ese sería el primer eslabón de una cadena de pesadillas con mujeres, que eventualmente me conduciría a la locura. O sea, mi matrimonio no era el primero ni el único de mis calvarios.

Fui a ver a mi comandante. Me recomendó ir a la clínica de salud mental para recibir ayuda con mi matrimonio y que también me evaluaran para saber si tenía TEPT. Bien hubiera podido ordenarme saltar en una alberca llena de ácido y yo lo habría hecho sin chistar. Pero sí, maestro, esta clínica era el lugar que te he descrito antes. Dos de los tres terapeutas que allí trabajaban habían sido suspendidos por corruptos. Me atendió la que quedaba: una mujer. Doctor Heather Klempp. Aparentemente este era mi próximo regalo del cielo.

Ella me dio una prueba de personalidad, la MMPI (“Minnesota Multifase Personalidad Inventario”). Me preguntó acerca de mi situación y me pidió que regresara para escuchar sus opiniones. Durante la entrevista, le conté cómo me sentía por que mi esposa no estuviera feliz con mi regreso de Irak. Yo me sentía muy agotado. La guerra me perseguía en casa, quizás igual de terrible. Después de cuidar de todo en Irak, en los Estados Unidos tenía que cuidar de todo otra vez, y nadie ni nada cuidaba de mí. No mencioné ni una sola cosa sobre la violencia de los proyectiles, los cadáveres ni las bombas. Para mí el estrés era el arma más poderosa de la guerra.

Cuando regresé a la semana siguiente, la terapeuta me dijo que mi problema era que yo no entendía cuál era mi rol. Es decir, aparentemente mi vida era perfecta y mi principal obstáculo era que no quería reconocer mi monstruosidad. En otras palabras: yo no le caía bien a la terapeuta. Aprendí que un hombre nunca debe pedirle ayuda a una terapeuta, especialmente si tiene problemas maritales.

Al final de la cita me preguntó si quería que nos reuniéramos otra vez. Yo, haciendo un gran esfuerzo por no vomitar, tuve que decirle que no. Ella se ofreció a explicarme los resultados de mi MMPI.  Con lo poco que me quedaba de paciencia, tuve que decirle que solo necesitaba mi reporte y que yo mismo podía interpretarlo.

Sin embargo, al regresar a la clínica para recoger mi archivo médico, solo recibí una carpeta vacía. No había resultados de prueba psicológica ni siquiera otra nota. Tampoco había una valuación por TEPT. Solo un papel que decía: “Visita del Capitán Bailey”. Presenté en vano dos solicitudes para recibir mi crónica médica.

Me pareció muy raro porque sabía que había hecho mi examen y sabía que los médicos tienen la obligación de mostrarle a los pacientes sus reportes. Al final tuve que hablar con el gran pedazo de mierda e hijo de Satán, el coronel Daniel Jimenez, el comandante de la clínica. Yo de verdad estoy ansioso por encontrar a este hijo de puta en el noveno círculo del infierno para meármele en su cara. Este bastardo es la razón de que el infierno exista.

Cuando llegué a su despacho para preguntarle por qué mi archivo psicológico estaba vacío, entró en pánico. Ladró como un perro rabioso. Me sorprendió mucho esta reacción. Inicialmente, antes de la cita, me sentía molesto porque mi comandante estaba esperando una valuación de TEPT y no la recibió. Además, me sentía un poco indignado porque la clínica no quería darme las notas de la perra terapeuta. Pero con solo una mirada del coronel me pareció muy obvio que algo aquí no andaba bien.

No olvides, maestro, que aún no estaba al tanto de todos los problemas de la clínica. Esta bolsa de cagada del coronel tenía tres psicólogos que escupían diagnósticos de trastorno de personalidad a todos de los soldados estudiantes. Dos de sus ayudantes ya habían sido suspendidos por un abogado enojado que representaba a uno de los soldados jodidos.

En el ejército, maestro, un oficial es responsable por todo lo que sus soldados logran o no. Al final de un torno en la guerra, por ejemplo, un coronel recibiría como medalla una “estrella de plato”, mientras que un capitán una “estrella bronce” y un privado solo una “medalla de servicio”. Aunque normalmente son los soldados quienes riegan el campo de batalla con su sangre. La justificación es que los oficiales de rango alto tienen la responsabilidad por las vidas de muchos soldados.

También, maestro, si soy comandante de una compañía de cien soldados, y cualquier privado se emborracha el fin de semana y se mata a sí mismo en un choque automóvil, es mi culpa. El comandante del batallón, el teniente coronel, mi comandante, me preguntaría qué era lo que había hecho para evitar la situación. Si no resultaba ser suficiente, entonces podría tener problemas en mi carrera militar.

El ejército es una organización de burócratas que odian la burocracia. A los equipos de burócratas despistados que no les van bien en la guerra, los matan los soldados. Y este comandante de una maldita clínica de estudiantes de idiomas extranjeros solo se sentaba en su despacho a firmar formularios y hablar con su querida esposa sobre el sabor de su almuerzo, mientras sus psicóticos psicológicos arruinaban las vidas de los soldados del ejército de los Estados Unidos de América, sin importarle absolutamente nada lo que sucedía. Y cuando se asomó el perro de ataque abogado, el pendejo solo pensaba en su reputación.

Tengo una oración, maestro, que no está escrita en la Biblia. Es mía. Pero, no obstante, lo considero un escrito santo:

Nadie tiene un amor mayor que este: que un oficial militar dé la vida por sus propias nalgas.

Por eso, un capitán que se queja en su oficina de no poder conseguir su maldito archivo médico era ante sus ojos la amenaza del siglo. ¿Qué crees que un saco de vergas como este bastardo coronel haría si de verdad tuviera que enfrentarse a una verdadera amenaza, maestro? Te diré: mentirá, engañará y timará antes de comportarse como un verdadero hombre.

Eso fue mi fatalidad.

Puso muchas excusas, me hizo muchas preguntas de manera ruidosa y grosera. Al final me aseguró que me daría mi archivo. Salí desconcertado de mi trámite con el comandante espléndido. “¿Qué putas acabo de experimentar?” pensé. “Solo quiero mi archivo para leer lo que la loca psicóloga había visto en la maldita prueba”.

Y no recibí mi archivo y mi comandante no recibió ninguna valuación de TEPT por muchas semanas. Te diré otra cosa, maestro. Si estás esperando algo y necesitas resultados buenos, y no recibes lo que estás esperando en una cantidad de tiempo razonable, te prometo que los resultados serán espectacularmente malos.

Por ejemplo, imagina que entregas una tesis a tu profesor. Tienes treinta días para recibir tu resultado, pero la mayoría de los estudiantes ya sabe cuál es su calificación después de una semana. Entonces, si después de veintinueve días no tienes respuesta, te prometo, maestro, que recibirás tu tesis al día siguiente y que los resultados serán incluso peores que en tus más diabólicas pesadillas. A esto le llamo “la culpa del aniquilador”.

Mira, maestro, a la perra psicóloga Heather Klemmp yo no le caía bien, pero estoy seguro de que el pinche comandante coronel Daniel Jimenez le ordenó mi devastación total. Tanto, que incluso la culera se sentía avergonzada y culpable.

Cuando fui por mi valuación de TEPT, no recibí un diagnóstico. Sólo una notificación de que mi personalidad no tenía la inclinación de desarrollar TEPT. Era solo una página que explicaba que yo era el verde y apestoso pedazo de mierda de un perro infestado de gusanos. Ten en cuenta, maestro, que no había violado a esta psicóloga. No la había insultado tampoco. Sólo le dije que no quería regresar a mis sesiones y que vería los resultados de mi prueba por mí mismo. No hablé sobre un deseo matar a nadie ni de follar a bebés ni de devorar a pobres viudas viejas con cuchillo y cátsup.

Sólo le dije que me parecía que a mi esposa yo no le importaba una chingada. En Alemania estaba en el paraíso, mis profesores de judaísmo me trataban como a un prodigio. Pero tuve que dejar ese sueño de ser el alumno perfecto, para cuidar de mi esposa a base de ganar dinero en una carrera militar que me requería matar pueblerinos y bombardear pueblos. Nadie se daba cuenta de nada. Mi esposa tenía su ingreso y según la psicóloga todo era perfecto y yo simplemente me comportaba como un infantil y egoísta pendejo.

Sin embargo, ella lo dijo de una manera casi poética, como si intentara poner al lector en shock a causa de la magnificencia de mi abominación. La valuación profesional carecía absolutamente de elementos que avalaran su diagnóstico. Imagina a una niña de la primaria que declara sus opiniones sobre otra niña que detesta apasionadamente. Algo así era lo que la perra redactó.

Efectivamente, en ese momento terminó mi carrera en el ejército. No olvides, maestro, un comandante es responsable de todo lo que sucede en su equipo. Si yo el soy comandante de una compañía que tiene un soldado borracho; obviamente mi comandante, el comandante del batallón, me va a preguntar sobre lo que yo he hecho para evitar el vicio del soldado. Asimismo, si una fuente reputada le dice a un comandante que todos sus soldados serán asesinados por un dragón verde en un cielo de púrpura, el comandante requisara toneladas de pintura azul para cambiar el color del cielo. Sin lugar a duda.

Sin embargo, en mi caso, mi comandante no tuvo la misericordia de sencillamente dispararme en la cabeza. Como buen comandante, sólo mandó mi valuación al centro de autorizaciones de seguridad y me asignó a mi próximo equipo.

Después del curso de ruso, regresé a Arizona para recibir un entrenamiento avanzado de espionaje. Sí, maestro, mandaban a un oficial divorciando que estaba volviéndose loco y acababa de ser valuado como amenaza contra la humanidad, a aprender a ser el próximo James Bond.

Oye. Mi mamá está marcándome. Te escribo otro correo mañana.

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